jueves, 22 de marzo de 2012

MADRE

            Permitidme que lo de hoy no sea un cuento, sino una realidad. No puedo dejar de pensar en unas palabras que he oído esta mañana, y por esas palabras escribo hoy, porque resumen, sintetizan y muestran claramente por qué el ser humano es como es.


            Cuando una persona se ve en un apuro, tenga la edad que tenga, ¿a quién llama primero? ¿Quién es la primera persona en la que piensa? No hace falta que os calentéis la cabeza mucho para encontrar la respuesta a esa pregunta. Es “mamá”. Mamá, la que te prestó su cuerpo, la que puso su vida en peligro para darte a luz, la que te enseñó a andar, a hablar, a ser. La que te lavó, vistió, corrigió, peinó y puso colonia, la que te quitó tantas veces los piojos que traías del colegio, la que curaba tus heridas cuando te caías en el patio, la que se sentaba contigo para hacer los deberes. Mamá, la que no dormía si tenías fiebre, la que iba y venía veinte veces para que tú fueras al cole, al fútbol, a kárate, a música. La que en tantas ocasiones te reñía porque eras un desordenado y un desastre, con la única intención de que supieras valerte por ti mismo cuando ella no estuviera. Mamá, siempre mamá.


            Muchas veces echamos a volar, comenzamos a hacer nuestra vida y nos creemos independientes, autosuficientes, pero es mentira. Cuando las cosas se ponen realmente cuesta arriba, ¿en quién pensamos? En mamá. ¿Qué haría? ¿Cómo lo solucionaría? La mía me enseñó muchas cosas. Una de ellas fue a ponerme ajo en las heridas feas, vinagre y sal en los golpes, aceite y vino en las llagas, limón y sal en la garganta para poder cantar aunque duela. También me enseñó a entregar tiempo a los demás sin pedir nada a cambio, y lo hizo con su ejemplo, dejándose los huesos cuidando enfermos como voluntaria. De ella aprendí la piedad y la compasión, a ver los pequeños milagros que se producen cada día ante nuestros ojos, como que un anciano con demencia senil te mire y vea en ti a la nieta que nunca le visita, y a ser capaz de abrazarle y decirle “ya estoy aquí, abuelito, no llores que ya estoy aquí” aunque no sepas ni siquiera cómo se llama. Son cosas que no se aprenden en la escuela, pero que resultan importantes para la vida. Son esas cosas que nos enseñan las madres, y que hacen que seamos lo que somos y que enfrentemos la vida de la manera en que lo hacemos.


            Hoy he visto cómo ponían en libertad a un hombre encarcelado por error, después de pasar casi dos años en un penal extranjero. Un hombre mayor que yo, pero con una edad mental de quince años, y que ha sufrido en prisión como el niño intelectual y emocional que es los abusos y malos tratos carcelarios que muchos adultos no soportan. Un hombre que veía aún dibujos animados mezclado con asesinos, ladrones, violadores, narcotraficantes, pederastas, proxenetas y estafadores. Y cuando le preguntan qué es lo primero que quiere hacer cuando llegue a casa, baja la cabeza y dice: “quiero ir al cementerio a ver a mi madre, yo la oí llamarme, la oí llamarme de noche”. El hombre-niño entierra la cara entre las manos y llora. Y yo pienso en lo que acabo de oír y lloro también. No encontró más consuelo, en sus dos años de calvario, que invocar la memoria de ella, sabiendo que de algún modo nunca le abandonaría.


            Tengo la suerte de poder contar aún con mi madre, y sigo acudiendo a ella como referente. Sé que soy afortunada, y aunque hoy no es el primer domingo de mayo ni se celebra el día de la madre, yo celebro cada instante el tenerla, el poder verla. Sé que llegará un momento, cuando ya no esté, en que soñaré con su voz, como el hombre inocente del que os he hablado, y también sé que si soy como soy, en gran medida, es porque ella hizo muy bien su trabajo. Si el día de mañana mis hijas llegan a hablar de mí como yo os estoy hablando de la que me dio el ser, será porque yo también habré hecho bien mis deberes.

1 comentario:

  1. Me has hecho llorar bandida. Aunque estamos pasando una época dura, y es fácil ahora ponerme la lágrima en la cara. Pero en este caso, ha sido de pura emoción. Precioso y totalmente cierto. Ahora mismo, por la etapa dura que estamos pasando, estoy viendo a mi madre llorar demasiado, y como duele eso. Y lo peor es que lo que está por pasar, va a pasar, y lo único que puedo hacer es estar a su lado y hacerme la fuerte, para animarla a ella. Las madres son lo más grande, también los padres, pero una madre...
    Estoy segura que tus hijas, ya piensan así de tí, a pesar de su corta edad. Lo pienso hasta yo y no eres mi madre, jeje, no podrías, como mucho hermana mayor.
    Muchos besos y gracias por hacernos también llorar de emoción.

    ResponderEliminar