lunes, 26 de marzo de 2012

PALABRAS MÁGICAS

            Elisa supo temprano del efecto de las palabras. Esos sonidos articulados emitidos por nuestras bocas o escritos por nuestras manos tenían un poder tremendo, un potencial inmenso, y era cuestión de ponerse manos a la obra para conseguir dominarlas, para ponerlas al servicio de uno. Aprender a hablar, a leer y a escribir era solamente el principio de un largo camino.


            Con el paso de los años, el estudio, la lectura y la práctica en el uso de las palabras fueron convirtiendo a Elisa en una experta en el arte de combinar las justas y precisas para cambiar el parecer de los demás. Mediante una serie de buenos discursos escritos con maestría fue capaz de aupar a un patán al puesto de ministro. El político sabía que dependía de ella para todo, y a Elisa le pagaban muy bien para que continuase poniendo en su boca palabras que jamás salieron de su mente, sino de quienes le manejaban. Las ideas no partían de ella, su trabajo consistía en coger esas premisas que le comunicaban, darles forma y apariencia de tal modo que consiguiesen convencer al común de los mortales de que eran verdades universales y necesarias, y ponérselas delante al ministro. Ni siquiera le parecía un empleo poco ético. Al fin y al cabo, ella solamente redactaba para alguien por orden de otro alguien, cobraba y se iba a su casa.


            Mantuvo ocho largos años esa actividad, hasta que a quienes de verdad manejaban el cotarro dejó de convenirles tener al patán pululando por los ministerios. Entonces ordenaron a Elisa cambiar el discurso, y la gente despertó del encantamiento, reivindicó su destitución, y el títere desapareció de escena. Ella se quedó sin trabajo, pero no le importó demasiado: tenía ofertas de sobra en el cajón. A esas alturas, en los estrechos círculos de la política ya todos conocían su dominio de las palabras y su capacidad para conducir a la gente con ellas. Al saberla libre, varios altos cargos de la política se pusieron en contacto discretamente con ella para hacerse con sus servicios: tenerla cerca podía ser lo que inclinase la balanza del poder a un lado o a otro. Elisa pidió entonces, ante las ofertas económicas y los férreos contratos de confidencialidad y obediencia ciega que le pusieron delante, tiempo para pensar.


            Durante esos días de reflexión paseó mucho y no escribió nada. Se limitó a mirar a su alrededor, a observar, a escuchar. Trató de encontrar qué era lo que el mundo que la rodeaba podía ofrecerle antes de decidir nada. Una mañana, mientras caminaba por un parque, vio a una anciana sentada en un banco. Tenía en sus manos un diario, pero estaba al revés. Por más que la pobre mujer se esforzaba en leer, le era imposible. Elisa se paró junto a ella y le preguntó si necesitaba algo. “Intento leer esto, pero no puedo. Antes de que me diera ESO a la cabeza podía leer, y caminaba ligera. Desde que me dio ESO he olvidado muchas cosas, arrastro una pierna y esta mano se me ha vuelto perezosa. No quiere obedecerme. A veces la lengua tampoco me hace caso, y yo hablo, pero los demás no me entienden”.  Elisa entendió que ESO debió ser un ictus, o algo similar. “¿Y la rehabilitación no la ha ayudado a recuperar la capacidad de leer? ¿No mejoran su pierna y su mano con la gimnasia?”. La anciana miró a Elisa como si estuviera viendo a un extraterrestre. “¿Gimnasia? ¿Rehabilitación? Con mi pensión no me las puedo permitir, y desde que el anterior ministro eliminó la ley que nos ayudaba con esas cosas casi ningún anciano recibe la atención que necesita. Le votamos y nos abandonó. Decía unas cosas muy bonitas, pero luego hizo otras muy distintas. Canalla”.


            A Elisa le resultó imposible continuar entendiendo a la anciana, cuya lengua comenzó a enredarse por la lesión de su cerebro. Pero aquella breve conversación fue un verdadero mazazo para ella. Su arte, su dominio de las palabras ya no era “alguien me hace un encargo, lo escribo, cobro y listo”. Sus textos habían servido para engañar a gente que ahora pagaba las consecuencias del gran timo político del que ella era cómplice.


            Rechazó todas las ofertas que le hicieron. Entonces comenzaron las amenazas. La seguían, la espiaban. Si no estaba al servicio de aquellas mentes oscuras, pasaba de ser aliada a constituir un peligro. Se vio obligada a marcharse de su país para poder vivir tranquila. Desde entonces, Elisa se llama Aline y escribe solamente cuentos infantiles. Las palabras son algo mágico, pero la magia mal empleada puede ser muy, pero que muy peligrosa.

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