miércoles, 7 de marzo de 2012

PREJUICIOS

            Ruth se subió al tren arrastrando su maleta tras de sí. No era muy grande, solamente iba a pasar una noche fuera de casa. Buscó su asiento mientras avanzaba por el estrecho pasillo, y al llegar a la butaca indicada en su billete se dio cuenta de que ya estaba ocupada. En ella había un hombre más o menos de su edad, alto y moreno, que estaba literalmente derrumbado sobre la tapicería. Ruth no sabía si estaba dormido o no, él llevaba puestas unas gafas de sol y no le veía los ojos. “Por favor, disculpe. Creo que se ha equivocado de asiento, ese es el mío”, le dijo. Él le contestó sin moverse. “¿Le importa ocupar el mío? Es que necesito estar cerca del pasillo, no me encuentro bien. Por si tengo que ir al baño, digo. Así no tendré que molestarla para que me deje pasar”.


            Ruth ocupó el asiento junto a la ventanilla del tren, sorteando para llegar a su hueco las largas piernas del hombre que continuaba derrumbado en su butaca. “Vaya viajecito me espera”, pensó. Miró a su accidental compañero de viaje de reojo. Se había tapado con una cazadora de cuero, de esas rockeras que están llenas de cremalleras plateadas. El olor de la piel curtida le llenó la nariz. Él continuaba inmóvil, con las gafas de sol puestas. Tenía una melena oscura, revuelta y descuidada, barba de varios días, los vaqueros gastados, y un color de cara tirando a cadavérico. “Creo que es gastroenteritis o algo así”, murmuró el hombre. Ruth le miró de nuevo. Su ropa, su pelo… y prejuzgó. “Irá bebido. O vete tú a saber qué se habrá tomado”. Decidió sacar un libro para que el viaje se le hiciese más corto.


            Unos minutos después de que el tren arrancara, el rockero se levantó con dificultad, y, tambaleándose, avanzó hacia el aseo, que estaba en el descansillo entre su vagón y el siguiente. Ruth veía la puerta cerrada del servicio, que estaba ocupado, y oyó un golpe. Los pasajeros más próximos dijeron: “vaya tortazo”, y Ruth tiró el libro que leía y salió corriendo. El hombre, inconsciente en el suelo, había caído contra una de las paredes, quedando medio incorporado, con los ojos abiertos y en blanco. Su tono de piel había cambiado del blanco al verdoso. “¡Llamad a alguien!”, exclamó Ruth. “Habrá que parar el tren y llevar a este hombre a un hospital”. No se atrevía a tocarle. Dio varias palmadas junto a su oído, llamándole. Tardó un par de minutos en volver en sí; una azafata del convoy ya estaba también allí, y entre las dos le ayudaron a levantarse. Ninguno de los ejecutivos que ocupaban el vagón se movió de su asiento; solamente un chaval de poco más de veinte años se levantó para echar una mano. “Me he mareado un poco, debe ser gastroenteritis. Ya me ha pasado otras veces”. Y Ruth volvió a prejuzgar. “¿Gastroenteritis?”, pensó.


            Ella volvió a su asiento. A él le llevaron una manzanilla del vagón-cafetería, y unos minutos después volvió a la butaca contigua, se puso de nuevo las gafas y se arrellanó. Tenía los ojos oscuros y hundidos. Bebió un poco de la infusión y después un trago de agua del botellín que había junto a él. Ruth retomó su libro; parecía que el rockero se había quedado dormido. De pronto volvió a levantarse precipitadamente, avanzó trastabillando por el pasillo hasta el servicio, y ni siquiera le dio tiempo a cerrar la puerta de la cabina. Vomitó hasta el alma.


            Cuando volvió a su sitio, Ruth le preguntó: “¿Mejor?” mientras pensaba “vaya tela”. Una vez más, prejuzgó. Él asintió con la cabeza, se tapó con la cazadora y siguió tomando sorbos de manzanilla. Durmió un rato, y después se levantó de nuevo. “Voy a la cafetería a por otra infusión. ¿Usted quiere tomar algo?” Sorprendida, Ruth rehusó la invitación con amabilidad. “No, gracias”. Ya no hubo más sobresaltos.


            Se volvió a despertar unos minutos antes de llegar a su destino. Ruth le dijo: “Mucho mejor, ¿eh? Al menos ya no estás verde, como antes”. Él sonrió, le tendió la mano, blanca, cuidada y de finos dedos. Le dio las gracias por haberle atendido cuando se desmayó, y por su preocupación. “En cuanto llegue a la estación cogeré un taxi y me meteré en la cama. Menos mal que en la agencia no me esperan hasta mañana”. Era un importante creativo de una de las empresas de publicidad más conocidas del país. “Gracias otra vez, ha sido usted muy amable”. Ruth solamente pudo sonreír y llamarse estúpida para sus adentros. Ella no era nadie para juzgar a otro solamente por su apariencia. Realmente nadie tiene derecho a hacerlo, pero todos lo hacemos. Por eso metemos tan a menudo la pata.


            Desde aquel día, Ruth se hizo la firme promesa de no volver a sacar conclusiones basándose únicamente en el aspecto físico de nadie, y cuando se sorprende a sí misma haciéndolo, recuerda al rockero y echa el freno. Todos deberíamos recapacitar alguna vez sobre ello, seguro que el mundo funcionaría mucho mejor.

No hay comentarios:

Publicar un comentario