miércoles, 28 de marzo de 2012

SINFONÍAS CASUALES

            Uno de esos conceptos raros que he ido elaborando a lo largo de los años y de los que a veces os hablo es el de las sinfonías casuales. Los que ya me conocéis desde hace un tiempo sabéis de mi tendencia a las teorías peregrinas, como la de los nombres y los apellidos, la de los “pongos” o la de los “palabros”. Siguiendo esa línea, lo que os voy a explicar ya no tendría que extrañaros. O, al menos, no mucho.


            Las sinfonías casuales son esos singulares momentos en que la vida nos regala un latido especial del funcionamiento del mundo, es un obsequio sonoro de rara belleza que nos sale al paso sin esperarlo, y nos deja media sonrisa en la boca y un regustillo melódico en el paladar. Para mí, como músico que soy, es uno de los soplos de inspiración que me ayudan a entender por qué el ser humano no solo inventa, fabrica música, sino que en sí mismo, el ser humano ES música. Para ayudaros a entender este concepto tan extraño de las sinfonías casuales, voy a contaros cuál fue la primera que fui consciente de haber captado, y cuál ha sido la última.


            La primera vez fue en Palma de Mallorca, donde a la sazón vivía esta que escribe. Ha llovido mucho, os lo aseguro. Yo llegaba a la playa en autobús con mi madre; en mis manos, cubo, pala y rastrillo de plástico. Me empeñé en hacer un gran agujero en la arena, y comencé a palear: ris, flas, ris, flas, ris, flas. En el paseo, mientras tanto, un mozalbete con monopatín pasaba, y las ruedas de su tabla traqueteaban sobre las baldosas con surcos: ran, tacatacataca, ran, tacatacataca, ran… Mientras tanto, el Mediterráneo lamía la arena de C’an Pastilla con su rumor tranquilo: ssssssh, ssssssh, ssssssh, sssssssh. Mi madre y su amiga charlaban, pero yo no oía sus palabras, solamente percibía el parloteo: bla, bla, bla, bla, bla. Alguien, cerca de ellas, reía a carcajadas, y un grupo de gaviotas reñían por un trozo de bocadillo abandonado en la arena: uak, uak, uak, uak. En un momento dado, el ritmo de mis paletadas de arena se sincronizó con el del mar, el coro de gaviotas hacía el contrapunto, el parloteo era como una canción con estribillo adornado por las risas, y el traqueteo del monopatín remataba el conjunto. El resultado fue que, por unos breves segundos, la mezcla de ruidos me pareció una sinfonía orquestada por una batuta invisible, tenía sentido, ritmo, estructura, tan elaborada como accidental, pero sobre todo tenía una carga de belleza que no dejó de resonar en mi recuerdo hasta pasado mucho tiempo. Durante un instante, los pájaros, el mar, el monopatín con su jinete, mi madre y su amiga, los risueños, mi pala y yo fuimos intérpretes de la misma orquesta.


            He vuelto a encontrar sinfonías casuales en otras ocasiones: entre el ruido del tráfico, en mi cocina, e incluso en la sala de espera del dentista. La última la escuché ayer. Estaba en la escuela de música, estudiando las lecciones de saxofón que mi profesora me puso la semana pasada. En el aula de al lado, un alumno de trombón trataba de afinar con las posiciones de la vara. Con su bullicio habitual llegaron los componentes del coro de adultos, que fueron a concentrarse en el aula de solfeo. En la de percusión comenzó una de las clases de batucada, y las alumnas, todas mujeres, se arrancaron a ensayar sus ritmos bajo las órdenes del profesor. Cada uno llevaba adelante su lección, su práctica, su nivel. Por un momento, mientras ejecutaba por vigésima vez un ejercicio mecánico, imaginé a las “batuqueras” bailando mientras golpeaban sus tambores, como las he visto hacer a veces. Y en ese instante llegó la magia. Fueron cinco segundos de sincronía en nuestras prácticas inconexas: la base rítmica de tambores y bombos, la canción que en ese momento ensayaba el coro, el contrapunto del ejercicio de trombón, el acorde repetitivo que yo estaba practicando, todo se alió de repente, cobró sentido, pulso, estructura. Cinco segundos. Una sinfonía casual que me hizo sentirme orgullosa de mi escuela de música, del esfuerzo que estamos haciendo por levantarla y mantenerla en funcionamiento.


            Seguramente, aunque no os hayáis dado cuenta, todos habéis sido testigos de muchas sinfonías casuales. Os invito a abrir los oídos mientras camináis por la vida. Seguro que, a partir de ahora, sabréis reconocerlas y apreciarlas. Son el soplo de magia que, a veces, troca el sentido de nuestro día de negativo en positivo.

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