miércoles, 14 de marzo de 2012

TAN SENCILLO, TAN COMPLEJO

            Desde más o menos los ocho años, mes arriba, mes abajo, Alicia había sido ya perfectamente consciente de su propia complejidad. Era una criatura muy inteligente, le gustaba escuchar las conversaciones de los mayores, y contar con toda la información a su alcance antes de decidir nada. Daba igual que la decisión fuera trivial, como elegir un pantalón u otro, o pedir una determinada comida u otra. Razonaba para sus adentros, sopesaba argumentos a favor y en contra, y después decidía. Sabía que la mayoría de la gente actuaba por impulsos, se dejaba llevar por corazonadas, pero ella no.


            El mundo del amor humano era algo que la tenía completamente desconcertada, y esa situación no mejoró mucho al ir creciendo. Analizaba las parejas adultas buscando respuestas, e incluso se atrevía a preguntar algunas cosas amparándose en la aparente inocencia de su corta edad, pero con el paso de los años tuvo que dejar de preguntar y limitarse a observar. ¿Por qué unas personas se fijaban en otras? ¿Qué hace que alguien se enamore de un individuo concreto y no de otro? No encontraba los criterios. No lo entendía. A veces se quedaba mirando a las parejas de novios que pasaban por la calle y pensaba: “¿qué habrá visto semejante bellezón de mujer en ese hombre tan mayor y calvo?” o “Madre mía, menudo callo malayo de chica, y hay que ver lo bien que está él”. Semejantes desacuerdos, cazados a simple vista, eran inexplicables para Alicia.


            A los trece años alguien le dijo eso de “la belleza está en el interior”. Ya conocía la frase, pero en ese momento para ella adquirió una nueva dimensión. Empezaba a entender que tal vez uno podía enamorarse de una actitud, o de una manera de pensar, aunque el físico no acompañase. Igual que ella era consciente de su complejidad, quizá el resto del mundo era igual de complejo, y las razones del intelecto pesaban más que las del físico a la hora de decidir. Entonces, en ese caso hipotético, los demás no eran tan simples como ella había creído desde pequeña, sino que eran iguales que ella, aunque no lo dijeran. A esta conclusión acababa de llegar cuando se vio sorprendida por la gran revolución hormonal que llenaría su cuerpo de redondeces y su cabeza de nuevas razones.


            Alcanzado ese punto, resolvió que la única manera de desentrañar el enigma del amor, después de tanta teoría, era llevarlo a la práctica. Quería saber por qué se producía el tonteo, qué clase de chispa debía saltar entre dos personas, qué miraban ellos, qué miraban ellas… Necesitaba verificar qué era lo que hacía que algunas parejas permanecieran juntas para siempre y por qué a otras se les acababa el amor.


            Tardó mucho en averiguar cuanto quería saber sobre ese tema. Y por fin, cumplidos ya los veinticinco años, logró una respuesta, y con ello terminó su estudio. Resolvió que solamente se casaría con un buen acordeonista. Sus amigos, divertidos con esa afirmación, le preguntaron por qué, y Alicia se armó de paciencia al contestar. Tenía que resumir, para ello, muchos años de análisis en unas pocas frases.


            “Soy una mujer complicada, tanto o más que las demás. Mi cuerpo es un mundo en sí mismo, lleno de puntos y mecanismos que producen distintas reacciones al ser tocados. Los años que he dedicado a experimentar con el amor, las relaciones sentimentales y el sexo me han hecho saber lo que quiero, cómo y cuándo lo quiero. Un buen acordeonista, solo por el hecho de serlo, me demuestra que es capaz de pasar muchos años de su vida analizando y aprendiendo sobre un instrumento increíblemente complicado. Debe llevarlo colgado sobre su pecho, pero no le pesa. Tiene que poder aguantarlo sobre sus hombros, poder darle vida, y dominar el arte de acariciar y tocar cada una de sus teclas, cada uno de sus botones, sabiendo el efecto que ese roce tendrá en su acordeón. El instrumento y él tienen que ser uno para poder sentir y hacer sentir, cuando no lo tiene cerca lo echa de menos, y va con él a todas las fiestas porque tenerlo entre los brazos es lo que mejor y más seguro le hace sentirse. Por eso sé que solamente un buen acordeonista podría hacer feliz a una mujer como yo, que soy tan difícil, complicada, exigente y agradecida como un buen acordeón”.


            Alicia se ha apuntado a clases de música, así que supongo que no tardará en encontrar lo que busca. A las mujeres como ella no se les pone nada por delante,  y es que lo mejor que hay para llegar a donde uno quiere es tener las cosas muy, pero que muy claras.

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