sábado, 24 de marzo de 2012

TATUAJE

            “Él vino en un barco de nombre extranjero / lo encontré en el puerto un anochecer,


cuando el blanco faro sobre los veleros / su beso de plata dejaba caer.


Era blanco y rubio como la cerveza…”


            Así empezó todo para ellos, igual que en la copla “Tatuaje”. Se lo trajo un barco, de nombre “Marusina II” de bandera luxemburguesa, recaló en Tenerife allá por el 75 y ya nunca más se fue. El de la copla venía huyendo del recuerdo de un amor, pero Rudy llegó por otras razones: dar la vuelta al mundo en barco era el deseo de Albert, su padre, y persiguiendo ese sueño vendió cuanto tenía para poder soltar amarras. Los azares de la vida hicieron el resto: un estafador y un negocio fallido dejaron al “Marusina II” anclado en puerto, Rudy conoció a Carmen y el amor hizo de las suyas. Desde ahí arranca esta historia.


            Aquel marinero accidental, grandote y poco hablador, echó raíces en tierra, y para no añorar tanto el contacto de sus manos con la madera del barco se hizo carpintero. Junto con la hermosa tinerfeña de la que se había enamorado formó una familia, y primero Santiago y después Ana Marina, vinieron al mundo. Rudy trabajó para sacarlos adelante, y cuando no hubo faena con la madera, se agarró a lo que iba saliendo con tal de que a sus hijos no les faltase de nada, no le importó servir mesas a los turistas como camarero, porque necesitaba trabajar y mantenerse ocupado. Era la única manera de acallar lo que su interior escondía. El viejo anhelo de su padre, el veneno del marino, dormía en él, y si se despertaba quizá necesitase venderlo todo y embarcar, aunque sabía que esa no era la vida más indicada para su mujer y sus hijos. Iba al cine a soñar con las aventuras de los demás, se dejaba llevar por la música para no pensar en ello, pero no conseguía nunca apaciguar del todo la inquietud de volver al mar.


            Un día, inesperadamente, recibió una carta. Venía de Luxemburgo. La abrió extrañado, y la noticia que traía le hizo bailar por casa de alegría: una tía lejana a la que no conocía había fallecido, dejándole a él una cierta suma de dinero. Entonces, en sus oídos resonó la sirena de un barco, y a su boca acudió el sabor del agua salada. No lo pensó dos veces, fue a una agencia y compró cuatro pasajes para un crucero. Navegarían por el  Atlántico, visitarían América. Serían tres maravillosas semanas juntos, y quizá así calmaría ese deseo creciente de navegar, de recorrer, de vivir con el viento marino despeinando su barba.


            Todo iba sobre ruedas, o mejor dicho, sobre olas. Carmen se sentía como una reina, tumbada al sol en cubierta con un cóctel en la mano, bañándose en la piscina y sin tener que preocuparse de la casa, de las comidas, de la ropa ni de la limpieza. Los chicos no paraban, el barco estaba lleno de atractivos para ellos: salas de juego, discotecas, pistas deportivas… Todo lo que podían desear estaba a su disposición. Y Rudy, acodado en la barandilla de proa, miraba el océano… y se aburría como una ostra. Necesitaba actividad. Quizá cuando llegasen a tierra firme, las visitas a las ciudades en las que iban a atracar le mantendrían más entretenido. La vida en el barco que él recordaba del “Marusina II” no se parecía en nada a aquello.


            Ese mismo día, a la hora de la cena, el fantástico buffet que se sirvió en el comedor del barco hizo que Rudy comiese más de la cuenta; la comida era uno de los placeres que ofrecía un crucero como aquel, y se le fue la mano. Se despertó en el camarote, a eso de las dos de la mañana. Carmen dormía tranquila, y él se sentía mal, así que decidió salir a dar un paseo por cubierta. La noche era fresca, el mar estaba en calma, y Rudy se tumbó en una de las hamacas de la zona de las piscinas.


Cuando se despertó, el olor a brea y salitre había cambiado. Era de nuevo aquel Rudy joven de 1975, navegaba a bordo del “Marusina II”, y estaban llegando a puerto en Tenerife. Albert y Rosemary preparaban el equipaje para bajar a tierra, iban a cerrar un negocio en la isla, y él tenía unos días para visitar aquel pequeño paraíso. Y encontró allí a una muchacha encantadora, de nombre Carmencita, que le hizo dudar si quedarse o partir, pero al fin decidió continuar su viaje.


            Estuvo embarcado recorriendo el mundo diez largos años en los que la soledad del mar, la falta de estabilidad, las malas compañías en las tabernas portuarias y el anhelo de pisar tierra firme y echar raíces hicieron que siempre estuviera de mal humor. Necesitaba una casa, una familia, alguien que lo esperase cada noche. El mar ya no tenía nada que ofrecerle. Cada vez pensaba más en aquella dulce canaria a la que había conocido en Tenerife, incluso se había hecho tatuar su nombre sobre el pecho dentro de un corazón, como en la copla. ¿Aún podría encontrarla? Esperaba que sí. Sentía que había elegido mal, que debió quedarse junto a ella y abandonar el barco, y trató de enmendar su error.


Volvió a Tenerife, la buscó, pero ella ya no estaba. Le dijeron que había vuelto al puerto durante meses, esperando ver su barco, pero que al final se había cansado y ya no la habían vuelto a ver. Nadie le pudo dar razón de dónde estaba. Supuso que se habría casado con otro, que viviría feliz en otra parte de la isla, o en cualquier otro lugar, y se alegró por ella, pero no pudo evitar sentir una tremenda tristeza por sí mismo. Quizá si cuando la conoció hubiera sido más sensato no la habría dejado escapar. Ahora era diez años mayor, no quería navegar más ni seguir estando solo, pero no había unos brazos llenos de amor abiertos para él.


            Sentado en uno de los tugurios del puerto pidió una copa tras otra, lamentándose por lo que pudo haber sido y no fue, y al fin volvió a su barco. Había bebido demasiado y se sentía mal. No le dio tiempo de bajar a su camarote; mareado, se tumbó sobre cubierta y se quedó dormido.


            Cuando le despertó uno de los empleados del crucero se incorporó, algo desorientado. Pensaba que aún estaba a bordo del “Marusina II”, pero no. Para asegurarse, se abrió la camisa y se miró el pecho. Ni rastro del tatuaje, ni el corazón ni el nombre de Carmen estaban sobre su piel. La indigestión y el balanceo del barco le habían dado aquella noche una lección inolvidable. Bajó corriendo a su camarote, y ella estaba allí, aún dormida, tan bonita y dulce como siempre. En el dormitorio de al lado, Santiago y Ana Marina también dormían. Definitivamente, en el año 1975 había empezado lo mejor de su vida, y no lo cambiaba por nada. Aunque no siempre hubiera trabajo, aunque surgieran problemas, no quería estar en otro sitio que no fuera Tenerife, ni con otra compañía que ellos, y no cambiaría su vida allí, las comidas familiares y su casa por ningún barco del mundo. Lo que su mujer y sus hijos le daban no lo encontraría en otro sitio.


            El marinero hambriento de aventuras que llevaba en su interior se durmió para siempre, y cuando terminaron el crucero Rudy se regaló una hucha y comenzó a ahorrar. Cuando pudiera, compraría una caravana, la “Marusina III”, para ver mundo junto a las personas a las que más quiere. Mientras tanto, con poder abrazar a Carmen y a sus “niños”, con ver el océano desde la playa de Candelaria y tener trabajo, se daba por satisfecho. Era todo lo que necesitaba para ser feliz.

1 comentario:

  1. Me hace mucha ilusión tenerlo aquí. Muchísimas gracias, siempre sere tu fan nº1, eres una gran escritora.muchos besos.

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