viernes, 27 de abril de 2012

ASESINATOS ACCIDENTALES



            Reconozco que fue culpa mía. No sé en qué estaba pensando. Iba con los cascos puestos y la atención perdida en alguno de mis mundos paralelos. Ni siquiera miraba a la carretera. Cuando me di cuenta ya era tarde, mi velocidad era excesiva y la inercia hizo el resto. Lo maté.


            Tardé unos segundos en reaccionar después de oír el ruido de su cuerpo al aplastarse. No podía continuar adelante, tenía que parar a ver qué había hecho, tal vez aún pudiera salvarse, no sé. Es imposible ignorar algo así y seguir sin mirar atrás. Retrocedí hasta el lugar del accidente y me arrodillé junto a él. Agonizaba, estaba destrozado. Nada pude hacer por salvarle. Su viuda, a un metro de mí, lloraba desconsolada, asustada, al borde del shock. Le llamaba a gritos sabiendo que no iba a contestarle. Aquel pobre caracol, que no tuvo más culpa que la de cruzarse en mi camino, había pagado las consecuencias de mi atolondramiento matinal.


            Reconozco que cuando salgo a caminar, y más ahora, que para aumentar el gasto calórico no paseo, sino que casi troto, me abstraigo tanto en mis pensamientos que no miro por dónde voy, y los colores discretos de los caracoles no ayudan. Si al menos se pusieran chalecos de alta visibilidad en la cáscara, este tipo de catástrofes se podrían evitar. Me sentí fatal, el bichillo no me había hecho nada, y yo lo había pisado, dejándolo del espesor de un sello de correos ya chupado. El “crosc” que hizo su concha al triturarse bajo mi zapatilla deportiva es un sonido que no olvidaré nunca. Le pedí perdón, a sabiendas de que ya no podía escucharme.


            Superado el inicial soponcio, la viuda, arrastrándose y dejando tras de sí su rastro natural mezclado con las lágrimas de su desgracia, se me acercó furiosa. De haber podido, seguramente me habría mordido. Le pedí perdón, pero hasta yo misma me sentí ridícula al hacerlo, porque cuando te arrebatan a quien más amas, no hay disculpas que valgan. Me ofrecí a llevarla donde quisiera, no sé qué otra cosa podía hacer. “¿Qué va a ser de mí ahora? Llevábamos una eternidad casados, catorce meses. Nadie va a quererme, soy vieja, y los caracoles eligen hembras jóvenes para aparearse. Moriré sola y olvidada. Qué tristeza”. En ese momento se me ocurrió una idea. “Pero, vamos a ver: ¿los caracoles no podéis cambiar de sexo a voluntad? Sois hermafroditas, por lo tanto podrías pasar a ser un machote si quisieras, ¿no? Pues conviértete en madurito interesante, y así podrás casarte con la hembra que elijas. Ahora, en lugar de madre, serás padre, pero bueno, también tiene su gracia, ¿no?”


            Antes de irme, enterré el cadáver del caracol bajo una piedra del arcén, y guardé un minuto de silencio en su memoria. Tras el sepelio, la viuda, que ya no lloraba, se despidió de mí con una inclinación de antenas, y se marchó a metamorfosearse. Supongo que a estas horas ya estará haciéndole ojitos a alguna caracola.


            No sé qué hacer para no cometer más asesinatos accidentales. Quizá debería dedicarme a la natación, aunque con lo patosa y atolondrada que soy, igual, sin querer, me trago algún pez y me toca indemnizar a su viuda.

2 comentarios:

  1. Me gustó. Mucho.

    http://heroismoagonizante101.wordpress.com

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  2. Ojo con anunciar estas cosas: posiblemente desde ahora eres persona nongrata en Lleida

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