domingo, 22 de abril de 2012

CHORROS



            “Allá donde fueres, haz lo que vieres”. Eso es algo que me llevan diciendo desde que tengo memoria, y que procuro aplicar en casi todas las ocasiones. Lo malo es que a veces este consejo tiene consecuencias imprevisibles, o te deja con cara de pasmo si no sabes aún disimular tus emociones demasiado bien.


            La semana pasada mi prima favorita nos llevó a un local en pleno corazón fiestero de una ciudad del norte. Fuera, lluvia, granizo y viento. Dentro, suelo de piedra, mesas de madera y bastante gente. Conseguimos sentarnos y pidió por nosotros para que probáramos lo más típico de aquel chigre: vino dulce. En porrón. Yo pensé: “Oh, cielos, yo no sé beber por esos chismes del demonio”, pero acepté mi porroncillo individual con una sonrisa. Mis hijas, tan educaditas ellas, pidieron refrescos. Hasta ahí, todo bien.


            Vino el camarero con dos pocillos de lata llenos de cacahuetes sin pelar. “¿Quieren cacahuetes?”, nos dijo. Al ver a todos afirmar, nos los dejó en la mesa. Solo los cacahuetes. Volcó los pocillos de lata directamente sobre la madera y se fue. Ni platos, ni ceniceros, ni nada de nada. Yo puse la sonrisa de “no pasa nada, aquí será lo normal”, pero mis gorditas rellenas se quedaron bobas. “Mami, lo ha tirado en la mesa”. “Tranquilas, comed, sonreíd y que no se note que os ha dejado patidifusas”.


            Picoteamos cacahuetes, dejando en un rincón de la mesa las cáscaras, a falta de cenicero o algo donde ponerlas. Mi prima se dio cuenta, se me acercó y me susurró: “aquí se tiran al suelo directamente. Mira a tus pies”. Era cierto. El suelo de piedra del bar estaba lleno de cascarillas de maní, sobre todo alrededor de las mesas. Montañas de ellas. Una barbaridad. Volví a poner la sonrisa de “no pasa nada”, pero mis vástagas, con los ojos como platos, no se atrevían a tirar al suelo la basurilla cacahuetera. Les hice un gesto elocuente con la mano. Aun teniendo permiso, la pequeña lo pensaba dos veces antes de dejar caer cada cáscara. La mayor ni siquiera se atrevió a comer.


            La segunda parte del asunto fue la de los porrones. Sí, el vino dulce estaba muy bueno, pero mi habilidad con el porrón dejaba mucho (muchísimo) que desear, y allí donde mi prima y mi costillo se echaban el chorrillo al coleto con una naturalidad pasmosa, yo… bueno, yo me regaba entera cada vez que lo inclinaba. Me defendí de sus risas con el argumento socorrido de “es que mi porrón está defectuoso, mira, mira. Tiene el pitorro cortado al bies, y claro, es imposible, me mancho siempre”. Lo bien cierto es que al cabo de un rato yo solo había probado el vino, pero mi blusa llevaba ya una borrachera importante.


            Terminé bebiendo indecorosamente por la parte de atrás del porrón. Ya sé que no es lo correcto, pero el chorro y yo, yo y el chorro, nos habíamos declarado la guerra. Y no me gusta perder, lo admito. Al fin, el vino acabó en mi estómago, aunque fuera a costa de amorrarme al trasero del artefacto.


            El colofón a mi aspecto, con el pelo revuelto por el viento, los zapatos mojados por la lluvia, los restos de cáscara de cacahuete y mi blusa chorreada con el tintorro dulce, vino a ponerlo una gaviota con diarrea mientras volvíamos a casa. Pobrecica. Ella se llevó todas las maldiciones acumuladas. De todos modos, confieso que me lo pasé en grande y que esas cosillas son las que dan sabor a los viajes. Aunque te toque beber del culete de un porrón.

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