martes, 24 de abril de 2012

CONDUCTAS TEMERARIAS



            Hoy me ha pasado una cosa que me ha dejado algo preocupada. Os cuento: salí a dar mi habitual paseo con el perro. Él iba suelto (bueno, yo también) correteando por detrás de mí, oliendo los árboles, los matojos y algún caracol que iba encontrando en el camino. Yo, como de costumbre, iba “sabandeñeando” con mis cascos. Ya estaba volviendo para casa, cuando de pronto, a lo lejos, vi venir corriendo algo por la calzada. Galopaba hacia mí, directo, por el asfalto, como si fuera un bólido con orejas. Como soy bastante miope y llevaba gafas de sol, pensé en principio que era un perrete, pero no.


            El conejo venía, como digo, a toda velocidad hacia mí. Le grité: “¿pero adónde vas, temerario? ¡¡Para, que llevo perro!!”. Le sirvieron de poco las orejotas tiesas que coronaban su cabeza, porque no me escuchó. Pasó a mi lado y continuó corriendo. “Pelos” le vio pasar y también se volvió sordo de repente: por más que le llamé, le silbé y le grité, los genes podencos se le revolvieron y echó volar, a toda velocidad, detrás del atrevido roedor.


            Menos mal que nadie nos estaba viendo: un conejo perdiendo el rabo carretera adelante, un perro negro de patas largas galopando tras él con dos palmos de lengua rosa colgando, y una energúmena en chándal gritando detrás de los dos. Yo sentía una angustia tremenda porque conozco la velocidad punta de mi “Pelos”, y me daba miedo que fuera mayor que la del orejotas. Pensé que si lo alcanzaba quizá olvidaría que no quiero que cace por más que su raza se lo mande.


            “Pelos” es el producto de uno de esos experimentos que hacen muchos cazadores cruzando razas de las que se usan en su “actividad” para tratar de obtener perros que les hagan cobrar más piezas. Con lo que no contaban es con la coyuntura de que el ruido de los disparos le da tanto miedo que se bloquea en cuanto oye un tiro. Optaron por abandonarlo después de tratar de enseñarle a palos. No miraron la nobleza de su carácter, ni la bondad de sus ojos castaños, ni nada de nada: si no servía para traer conejos, no valía la pena alimentarlo. Yo lo recuperé, pero sigue teniendo pánico a los palos (cuando ve a alguien con uno en la mano ladra como un loco) y a los petardos (no he visto bicho que tiemble más ni que se esconda mejor cuando oye uno). Pensé, ilusa de mí, que carecería de instinto cazador. Me equivoqué.


            Les perdí de vista, corrían los dos bastante más que yo, así que me senté a esperar al perro temiendo que volviera con el conejo entre las fauces. Menos mal que regresó sin trofeo. Le reñí: “Pelos, ¿no te da vergüenza? ¿No me oías llamarte? ¿Cuántas veces te he dicho que no debes cazar, que los conejos del campo tienen que seguir en el campo? Estoy muy enfadada”. Él, pobrecito mío, se encogió, con el rabo entre las patas y las orejas gachas, esperando quizá un golpe como aquellos que recibía de quienes lo abandonaron. “Ama, no te enfades. Yo soy podenco. Miedoso, pero podenco. No puedo luchar contra lo que llevo escrito en los genes. Por favor, no me dejes de querer por esto”. Yo le abracé, le acaricié y le pedí que me enseñase dónde se había escondido el temerario conejo.


            Al llegar al sitio, até a “Pelos” a un árbol, por si acaso. Luego llamé al roedor, que asomó su naricilla desde dentro de un zarzal. “Anda, ven aquí, suicida, que eres un suicida. ¿Cómo sales a la carretera a plena luz del día? ¿No ves que te puede pillar un coche, coger un perro o ver un cazador?” El orejotas me dijo que se había dormido, llegaba tarde al colegio y su madre se iba a enfadar. Por eso corría por el camino más recto, a ver si aún conseguía entrar a la escuela y evitaba un castigo. “Le temo más a la escoba de mi madre que a tu podenco”. Y saludando con la patita derecha levantada, se dio la vuelta y se fue.


            Espero no volver a cruzarme con ese golfillo atrevido. Para evitarlo, trataré de cambiar mi ruta de paseo. No quisiera que mi perro tuviera que elegir otra vez entre ama o conejo, porque sé que escogerá la segunda opción. Yo no cambio a mi “Pelos” por ningún otro, pero cuando se me muera, lo próximo que adoptaré será un chihuahua. Esos no cazan, según creo.

3 comentarios:

  1. ¡Que me ha encantado!

    http://heroismoagonizante101.wordpress.com/

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  2. Me encantan tus historias!!! Esa facilidad para entretejer la realidad con la ficción. Seguro que a tus niñas debiste contarles unos cuentos estupendos cuando eran más pequeñas, y no esas paparruchadas de la Cenicienta que nos hacen soñar con príncipes azules, que luego destiñen. Bszos de una fan más.

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  3. me encanta tu historia sigue asi desde panamá

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