martes, 10 de abril de 2012

CUARTO VIAJE DEL TROVADOR DE SUEÑOS

            Dos años tardó nuestro cantor de agitadas noches en llegar a su siguiente destino. La idea de volver a ver el mar guió sus pasos hacia el noroeste, pero el tránsito por las montañas que comparten nombre con la piel de toro fue duro y solitario en exceso. Pasó muchas noches sin el abrigo de unos brazos, sin nadie a quien cantarle sus centenarios romances. Fueron jornadas en las que su morral le servía de almohada, y el sonido de las cuerdas de su compañero inseparable ya no le consolaba. El trovador de sueños era un ser extraño, su equilibrio dependía tanto de volar libre durante el día, de pueblo en pueblo, desgranando sus canciones, como de tener un corazón en el que descansar por las noches. A las mujeres que se le entregaban les daba, durante unas horas, todo lo que era y todo lo que tenía, a cambio de la ilusión de sentirse amado mientras la luna era la reina del cielo. Cuanto sabía de coplas, de leyendas, de viajes y del arte de amar eran, durante ese tiempo, de aquella que lo estaba acogiendo en su regazo. Mientras duró el paso de las montañas no tuvo a nadie a quien cantarle de día ni nadie a quien arrullar de noche, y pensó que iba a volverse loco. Por eso, al alcanzar la meseta, las poblaciones y los caminos transitados, decidió parar por un tiempo. Avanzó hasta tierra de campos, y aprovechó las idas y venidas de la gente que seguía el rastro del animal marino para aprender lo que esos viajeros llevaban y traían. Así supo de quienes vivían más allá de los Pirineos, caminaban hasta dar el abrazo legendario en el templo de piedra y volvían a casa limpios y felices. Contó y oyó contar, cantó y oyó cantar, y su memoria creció para recordar cuanto de nuevo le estaba brindando la vida.


            En los meses en que frecuentó aquellos caminos, pudo ver que le era mucho más placentera la compañía de los que volvían que la de los que iban. Hacia allá, el cansancio y el peso de quién sabe qué penas les doblaban. Sin embargo, cuando regresaban, lo hacían ligeros y sonrientes, cantando y con muchas menos prisas. Por eso abordaba a los grupos que venían de vuelta, pues eran los que mejor talante traían, los más generosos a la hora de premiar su arte de trovador, y de paso los que menos vigilaban a sus mujeres. Gustó durante muchas noches de ellas, hembras que le hablaban en la lengua de Roland, tan sugerente, o en idiomas provenientes de la tierra de los flamencos. Amó a su manera a aquellas mujeres, a sus escotes llenos y blancos, a sus palabras ininteligibles, y perdió la cuenta de las horas y los días que empleó tañendo el laúd para arrancarle melodías, y también de las horas y las noches que empleó tañendo sus cuerpos para arrancarles gemidos y suspiros. Durante esos casi dos años que estuvo en tránsito no necesitó más.


            Una mañana, sin embargo, su espíritu nómada se despertó. Un grupo de comerciantes le habló de una ciudad en la que el canto de las gaviotas llenaba el aire, un lugar en el que las mujeres eran dulces y valientes, sirenas que sabían arrancar del mar los frutos más exquisitos. Allí, en el fin del mundo, las gentes hablaban también una lengua distinta a la suya, sabían de magias y conjuros, de convertir monstruos marinos en manjares, de caldos transparentes y ambarinos que ardían primero para purificar después a quien los tomaba. Una ciudad que se alzaba junto a una profunda herida hecha por el agua en su eterno discurrir, antiguos dominios de unos celtas cuyo espíritu aún flotaba en el ambiente. Ya tenía un destino, así que, entonando una alegre copla, dirigió sus pasos hacia allí.


            Anochecía cuando llegó, y únicamente el chillido constante de las gaviotas y la lluvia le dieron la bienvenida. Pidió posada en la primera taberna que encontró abierta, desencantado al comprobar que no había tabernera que le sirviera un caldo caliente ni a la que tentar entre las sábanas. Aquella noche tuvo frío, y en sus sueños el ruido del mar le susurró con la voz de los marinos perdidos.


            En cuanto amaneció salió a la calle. No era una ciudad muy grande, y aprovechó que el sol lucía en el cielo para ganarse unas monedas. Todos se paraban a escucharle, las mujeres con sus pañuelos en la cabeza, los hombres con sus ropas de faena. Gustaron mucho de sentir ritmos y cantares que traía de sus anteriores viajes, y eran de carácter generoso, así que en poco tiempo se encontró con el bolsillo más lleno de lo que esperaba. Despreocupado, pues ya tenía para comer y dormir, dedicó el resto del día a caminar y escuchar.


            El trajín del puerto era incesante. La muralla le contó historias de piratas y barcos británicos, de galeones venidos de las indias cargados de riqueza, y también de una mujer que una vez defendió su ciudad y la memoria de su marido muerto al grito de “quien tenga honra, que me siga”, despachando a tiro limpio a cuantos ingleses se le pusieron enfrente. Una heroína cuyo valor recordaban plazas y monumentos por toda la población. Solo llevaba allí un día y ya había visto su nombre en muchos rincones.


            Cruzó de nuevo las calles buscando una leyenda: un faro. Lo había visto en el escudo de la ciudad acompañado de siete criaturas del mar, como aquellas que vio en las manos y los sombreros de los caminantes, iguales que las que había dibujadas en los mojones del camino que seguían, pero bañadas en oro. La torre, según le contaron, se alzaba sobre el mismo lugar en que un héroe antiguo había vencido a un malvado rey de Troya, y fue construida por los romanos. Cerca de ella encontró las ruinas de un naufragio que sembró el miedo y el desastre en aquella costa, hierros oxidados que en su día llevaron el nombre de otro mar, y cuya explosión hizo temblar a todas las almas en muchas leguas a la redonda.


Al fin vio aquella maravilla, alzándose orgullosa contra el viento y las nubes. Más de cien escalones hubo de subir hasta llegar a su linterna. Desde semejante altura sobre los acantilados, realmente comprendió por qué, para los antiguos, la tierra acababa allí. A sus espaldas, la ciudad; frente a él, la inmensidad del océano. Y el sol, mientras tanto, tiñéndose de rojo ocaso para dar la bienvenida a la dueña y señora del cielo nocturno. Era hora de regresar para buscar cobijo.


            Se llamaba Anxela. La encontró caminando apresurada hacia su casa, cargando un pesado cesto sobre la cabeza. Era hermosa, alta, con el orgullo en la mirada y el acento cantarín de su tierra entre los labios. Le advirtió que no se quedase mucho tiempo, porque quien prueba a las mujeres de aquella tierra luego ya no sabe vivir sin ellas. Le amenazó con embrujarlo y hacerlo su esclavo antes de regalarle una de las noches más dulces de su vida. El trovador de sueños se aferró a la espalda blanca que atraía su pecho como un poderoso imán, y juntos bailaron esa noche una pausada y larga muñeira. Sintió que podría abandonarse al hechizo si a cambio de su libertad conseguía volver a disfrutar de horas como las que estaba viviendo. El primer rayo de sol, sin embargo, rompió el sortilegio. Se vistió deprisa, Anxela era esposa de marino, y hacía ya meses que su barco había zarpado. Podía volver en cualquier momento o no hacerlo nunca, pero no se quedaría a comprobarlo.


            Seis noches con sus días permaneció el trovador de sueños en la “piedra junto al mar”, una ciudad como nunca vio otra. La última jornada, el bullicio de una feria le atrajo hasta uno de sus puestos. Allí probó el sabor de peces que jamás había oído nombrar, oyó hablar de la misteriosa cofradía que anuncia la muerte a los que tienen asuntos que arreglar antes de dejar el mundo, bebió y cantó hasta que el sol se puso. Más tarde, mientras desataba los cordones del corpiño a la muchacha que mejor cocinaba los pulpos de toda la cristiandad, sintió de nuevo que el embrujo de aquellas mujeres era poderoso, y que si no volvía pronto a los caminos quizá ya no pudiese hacerlo nunca, así que de amanecida, bajo la lluvia, se escabulló sigiloso con su morral a la espalda y su laúd protegido bajo la capa.


            Tal vez algún día detuviese su errar, pero no era el momento. Aún le quedaba mucho por ver, muchas canciones por aprender, muchas hembras que enamorar, así que desandó el camino, y dejando las húmedas nubes atrás puso rumbo al sur.

No hay comentarios:

Publicar un comentario