jueves, 5 de abril de 2012

DELANTALES

            Desde que tenía memoria, Amparo había celebrado la llegada de la Pascua como era tradición en su pueblo. Recordaba con cariño aquellas tardes de su niñez en que salían todos al campo, las cuadrillas de jóvenes, las familias enteras, con la merienda en cestos, a comerse la mona todos juntos. Se fabricaban y hacían volar cometas artesanales, se saltaba a la cuerda, se jugaba al corro, se bailaba y se cantaba. Para ese día, las muchachas estrenaban delantales y alpargatas, y se compartían longanizas, huevos duros, cebollas tiernas y lechugas recién cogidas, monas y grandes “panquemaos” que elaboraban los hornos de la localidad.


            Aquellas tardes de amistad y familia en las que los chicos aprovechaban para hablarles a las muchachas habían sido el comienzo de muchas relaciones que luego fructificaron en matrimonios, como había sido su caso: ella conoció a su marido unas pascuas. Iba guapísima con un delantal blanco y rosado que se había cosido especialmente para estrenar aquel día, y sus zapatillas nuevas bailaban ágiles por el prado al son de los cantos tradicionales. Él se las había arreglado para colocarse a su lado a la hora de jugar al corro, y el contacto de sus manos les produjo a ambos un especial calor. Amparo bromeaba diciendo que “La Tarara” había sido su madrina de bodas.


            Pese a que la costumbre de ir a comerse la mona al campo se había ido perdiendo en la ciudad, en los pueblos se mantenía, y tanto Amparo como muchos de sus amigos luchaban cada año por mantenerla viva. Por eso se juntaban varias semanas antes para comprar telas, se cosían delantales nuevos y compraban alpargatas blancas con cintas para no dejar morir la tradición. Seguían encargando las monas en el horno, pero con huevo duro, no de chocolate. Las longanizas tampoco faltaban en su despensa. La cometa, la cuerda, una guitarra y mucha ilusión se daban la mano para traer las jornadas felices del pasado a su vida durante unas pocas tardes de primavera.


            Un año, Amparo cosía los delantales de sus dos hijas. Al niño le compró zapatillas. Y llegó la tarde de Pascua, y Jaume, su hijo, protestó. ¿Por qué sus hermanas tenían delantal y él no? ¡Tenía el mismo derecho! ¡Quería un delantal! Su madre se echó a reír por la ocurrencia, pero no le hizo mucho caso. Por la noche, el niño volvió a la carga. Para el día siguiente quería llevar delantal como sus hermanas. “Se reirán de ti”, le advirtió Amparo.


            Efectivamente, cuando le vieron bajar del coche, aunque su madre le puso el más sencillo que tenía, el resto de niños se burlaron cuanto pudieron, y Jaume acabó llorando en un rincón. No jugó a nada, ni siquiera merendó. Pero no se quitó el delantal. Su amigo Pau fue a sentarse con él, y pasaron el resto de la tarde charlando los dos solos.


            Al año siguiente, cuando su madre salió con las amigas al mercado para elegir la tela de los delantales nuevos, Jaume fue con ellas. Escogió una tela de color verde botella, y luego le enseñó a Amparo una foto que había recortado de una revista. Era un delantal de chef, sin pechera, largo y con un bolsillo. Le pidió a su madre que le cosiera uno así. Amparo quiso negarse, pero Pau, el hijo de una de sus amigas, también pidió uno. El día de Pascua volvieron las burlas, pero no hicieron caso. Las chicas, molestas con los que se mofaban de ellos, preguntaron qué tenía de malo el que Pau y Jaume quisieran llevar delantal. “Es de mariquitas”, dijo uno de los chavales. Las niñas aquella tarde no dejaron a los niños jugar con ellas.


            Las Pascuas siguientes ya eran cuatro los niños con delantal. Se los hicieron los cuatro iguales, sobrios, masculinos. Las chicas lucían los suyos, llenos de volantes. Los otros chicos se burlaban, y quedaron fuera de los juegos, los bailes y la merienda. A medida que crecían y maduraban, más chicos de la cuadrilla se sumaban al juego de los delantales. Cuando ya andaban todos rondando los veinte años, la llamada “quinta del delantal” era la expectación del pueblo, y cuando se acercaba la Pascua todo eran especulaciones a ver de qué tela se lo iban a hacer ellas y de qué color se lo iban a hacer ellos. Solamente uno de los jóvenes seguía negándose en redondo a ponerse aquella prenda, y continuaba burlándose del resto.


            El año en que todos llevaban el delantal marrón con una cometa bordada en el bolsillo, Martín, el “disidente”, quiso hablarle a una de las chicas, que le gustaba desde hacía tiempo. La invitó a una limonada, bailó con ella y al final de la tarde le pidió quedar para dar un paseo al margen de la pandilla. Ella le dijo que no. Él volvió a la carga. “¿Por qué no? ¿No te gusto?” La respuesta de ella le dio qué pensar durante mucho tiempo: “¿Si un día tu hijo te pide un delantal para celebrar la Pascua en el campo también lo vas a tratar de mariquita? Los intolerantes como tú, al final, siempre se quedan solos. Un delantal solo es un trozo de tela. Si en eso ya ves razones para etiquetar a las personas tienes un serio problema”.


            Martín ya no vive en el pueblo. El resto de la cuadrilla sigue celebrando la fiesta del delantal todos los años por Pascua, y también sus hijos, ellos y ellas, lo hacen con toda la naturalidad del mundo. Los tiempos cambian para todos, y los que no se adaptan son los que pierden.

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