miércoles, 25 de abril de 2012

EL EXTRANJERO


            Aburridos de aburrirse en un armario, los instrumentos de percusión que habían quedado olvidados en la antigua escuela de música decidieron darse una alegría. Al grito de “¡por los viejos tiempos!” saltaron de las estanterías, derribaron las carcomidas puertas, y, aunque afectados por la humedad, el tiempo y la inactividad, decidieron tocar un rato. Para no terminar de olvidar lo que eran, lo que un día habían sido.

            Hacía muchos años que las escuelas como aquella estaban cerradas. A la gente ya no le interesaban. La música se hacía con chismes electrónicos, tocando pantallas. Ya no intervenía en ella la creatividad, el corazón, los sentimientos. La música, como todo, había sido comprada con dinero. Nadie tocaba si no se le pagaba por ello, y nadie pagaba por lo que podía tener gratis. El tocar por el puro placer de hacerlo se había olvidado. Juntarse con los amigos para hacer música divertida, para inundar los ojos de los demás o llenar su estómago de mariposas era una pérdida de tiempo inútil. Los padres dejaron de apuntar a los niños a las escuelas musicales, era mejor que invirtieran sus horas en el estudio de cosas productivas.

            Los instrumentos de percusión, almacenados en su aula, decidieron sacudirse el polvo y hacer, por un rato, aquello para lo que habían sido creados. En tiempos perdieron la cuenta de las manos infantiles que los golpearon, de los sentidos del ritmo que desarrollaron, de las aspiraciones y sueños que despertaron, y decidieron fabricarse por unas horas la ilusión de que aquel pasado dorado había vuelto. El bombo y los timbales cromáticos comenzaron a latir. El xilófono cantó una melodía, las cajas añadieron un redoble. Al final de cada compás en aquella partitura imaginaria, el triángulo daba un leve toque de metal brillante. Unos bongos saltaron desde el armario para poner el acento tropical, y el ritmo se fue calentando. Claves, maracas, cajas chinas, panderos y crótalos se fueron uniendo sin perder ni una corchea por el camino. Los ruidosos platillos rodaron para participar también, el agogó se sacudió el polvo con una baqueta y el aula se llenó de pulsos y de risas, las mismas que nunca debió perder.

            En el fondo del armario había un paquete. Había sido el último instrumento en llegar, y nunca llegó a desembalarse. Ninguno de los otros instrumentos sabía qué tipo de ingenio musical contenía. Le oían hablar desde dentro de la caja, y sabían que era extranjero por el acento, pero nada más. El pobre llevaba más de veinte años sin ver la luz, y ese día, aprovechando que el cartón de su envoltura estaba ya deteriorado por el tiempo, se sacudió con fuerza hasta romperlo. Los demás le ayudaron a rasgar el plástico de bolitas, y por fin pudieron conocerle.

            Solamente las maracas y los bongos sabían lo que era aquello; el resto no había visto nunca nada parecido. Se presentó: “señores, soy un güiro tropical y sabroso, y vine aquí para enseñarles nuevos sonidos y ritmos. Ya sé que hemos perdido mucho tiempo, pero más vale tarde que nunca, así que, como dicen en mi tierra… ¡¡¡¡SABOOOORRRRRRR!!!!!” El güiro comenzó a rascarse con garbo, y los demás fueron, poco a poco, cogiendo el aire de su son y añadiendo las voces de sus cuerpos a la de aquel extranjero bailón y gracioso que había sido un enigma por tantos años.

            Los estúpidos humanos que ya no querían aprender a tocar evitaban pasar cerca de la vieja escuela porque pensaban que en ella había fantasmas: los ruidos que provenían de su interior algunas noches solo podían pertenecer al reino de lo sobrenatural. Los instrumentos, mientras tanto, continuaron sus fiestas con la esperanza de que la gente recuperase el sentido común y volviese a entender que la música de verdad se hace con la cabeza, las manos y el corazón, no con un ordenador. Si ese día llegaba, la escuela volvería a funcionar y ellos volverían a ser las preciosas y útiles herramientas que siempre fueron.

El dinero mueve el mundo, pero vacía las almas. La música llena las almas y obliga al mundo a pararse para escuchar. Yo tengo la esperanza de que, al final, ella triunfe.

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