jueves, 19 de abril de 2012

EL MÉDICO

            Ángel era un tipo jovial. Decidió hacerse médico después de perder su trabajo cuando el crack del ladrillo, allá por 2010, más o menos. Abrió una pequeña consulta en el garaje de su casa en donde veía a sus pacientes; allí mismo quedaban hospitalizados cuando sus dolencias necesitaban tratamiento o alguna cirugía que no pudiese realizarse de manera ambulatoria, y cuando les daba el alta cobraba por su trabajo, aunque desde luego el salario que conseguía ganar al cabo del mes no se acercaba al de un médico convencional.


            Cuando alguien acudía a su consulta, primero lo examinaba. Si en el cuerpo, en los síntomas o en las lesiones no encontraba todas las respuestas, preguntaba a la persona que le había traído al enfermo, y al fin daba con la clave. En los ratos en que no tenía nadie en la consulta, los fines de semana y algunas noches, operaba los casos más graves. En muy pocas ocasiones desahució un paciente, pero alguna vez pasó. Esas veces, lo peor de todo fue comunicárselo a la familia. Solo por no pasar ese trago se esforzaba cuanto podía para encontrar solución a todos los casos.


            Ya sé que estáis pensando que lo que os estoy contando es una locura, pero no. Solamente me ha faltado daros un “pequeño” detalle: Ángel era médico, pero de bicicletas. Trabajaba con la precisión y la habilidad de los mejores cirujanos, operaba para extirpar y cambiar frenos, cadenas, piñones, platos… En épocas de crisis, cuando la gente evita coger el coche por el astronómico precio de las gasolinas, cuando quienes han perdido su trabajo dejan los gimnasios y las clases de aeróbic porque no se las pueden permitir, rescatan la bicicleta del desván, o compran una de segunda mano. Ángel se encargaba de poner todas esas máquinas a punto, engrasarlas, repararlas, adaptarlas al crecimiento de los niños. También arreglaba máquinas después de alguna caída, y hacía recomendaciones de uso a sus dueños.


            Aquella mañana, Ángel estaba en su taller tratando de arreglar una bicicleta de adulto. El jinete había pisado una lata de refresco tirada en la carretera (qué gorrina es la gente, por favor), con tan mala suerte que le bloqueó la rueda. De los dientes del dueño se encargaron en el hospital. La rueda no tenía arreglo, pero la bici sí. Enderezó la dirección, reparó la horquilla, reajustó todo el cambio que había quedado dañado por el golpe, puso la rueda nueva y salió a probarla. Iba bien. Cuando regresó al taller, le esperaba un hombre al que había reparado varias veces una bicicleta infantil. No le había visto en más de un año. Venía para ofrecérsela como artículo de segunda mano. Ángel preguntó por qué la vendía, si el niño ya no la quería o tenía una mejor.


            Un osteosarcoma es un cáncer de hueso que se da con una cierta frecuencia en niños, más en los varones. Al pequeño dueño de aquella bicicleta le habían cortado su pierna izquierda por debajo de la rodilla. “Véndala, no quiero verla. No va a poder montar más, y no puedo soportar pensar que cuando vuelva del hospital la va a encontrar en el garaje y se va a hinchar a llorar. Usted sabe lo que a él le gustaba salir con su bici, los trompazos que se ha pegado con ella, las aventuras que ha corrido con sus amigos por el campo, siempre pedaleando. Ahora, cuando vuelva del hospital, todo será distinto. Solo tiene doce años y ya le falta una pierna. Su niñez se ha acabado”.


            Ángel se quedó pensando. Le dio vueltas a aquello toda la noche, y por la mañana fue a hablar con su amigo Toni, cuyo hermano trabajaba en una ortopedia. Buscó información, fue al hospital a ver al niño, que estaba en la última fase de quimioterapia. Pronto volvería a casa, el mal estaba casi vencido, pero su ánimo también. Le dijo que no se preocupase, que una prótesis especial de titanio con no sé qué otro metal le permitiría montar otra vez en bicicleta, ir al campo a tomar el sol, como le había recomendado el médico, y fortalecerse de nuevo. El padre se echó a llorar. La prótesis era cara, y de momento no podían siquiera planteárselo.


            Ángel implicó en aquello a todos sus vecinos. El barrio entero se llenó de carteles. Varias toneladas de tapones de plástico hicieron el milagro. En los siguientes seis meses, el médico de bicicletas solamente tuvo una idea en la cabeza: que aquel niño volviera a serlo, que no tuviera que convertirse en adulto de pronto porque la vida le hubiese arrancado un trozo. Si solamente era cuestión de dinero, lo conseguirían como fuese.


            Cuando el niño fue a buscar su bici, porque no quiso otra que no fuera su vieja bici, el médico la había dejado preciosa: frenos nuevos, el cambio como la seda, tapones plateados en las cámaras, linterna a pilas delante y detrás, pintada de rojo fuego y con una espectacular bocina. Le colocaron la prótesis de montar y la chichonera. La sonrisa no le cabía en la cara cuando salió, pedaleando con furia, calle adelante hasta perderse de vista. Su padre y el médico de bicicletas se miraron, se abrazaron y rompieron a llorar.

1 comentario:

  1. ¡Qué pasada! ¡Cómo me gustan tus cuentos! No se como pero tu y yo tenemos que conocernos. ¿Por qué no los recoges todos en un libro y lo publicas? Sería precioso. Yo me pido el primero.

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