miércoles, 11 de abril de 2012

EL NIDO DE BARRO

            Cuando volvieron las golondrinas, apuntando la primavera, buscaron los nidos que dejaron vacíos el otoño anterior. Algunas los encontraron. A otras, sin embargo, los hombres se los habían quitado de los aleros de sus casas, así que se afanaron en construirlos de nuevo para poder comenzar con su labor procreadora cuando llegase el momento. Asimismo, los pájaros jóvenes que anidaban por primera vez también tenían por delante la ímproba labor de construir su guarida de barro para estrenarse como adultos.


            Dos parejas de golondrinas tienen su nido en mi patio. De un año a otro no los derribo, procuro respetarlos incluso cuando pinto las paredes, porque sé que primavera tras primavera sus dueños vuelven a ocuparlos. No me queda otro remedio que forrar de cartón el suelo porque son viviendas sin aseo, y el clásico “agua va” en versión pajarillo es continuo bajo las dos casitas de arcilla seca. Siempre eran las mismas parejas las que venían, hasta el año pasado.


            Esa primavera, una de las parejas me saludó como de costumbre. Anunciaron su llegada piando, salí a saludarles, me contaron lo cansados que venían de su viaje, les puse agua y les facilité algo de comida para que descansasen. Al otro nido llegó el macho de siempre, pero venía con una hembra distinta. Me la presentó: “es mi nueva esposa. Por desgracia enviudé, pero nuestra vida no es muy larga y tengo que aprovechar este ciclo reproductivo, no debo dejarlo pasar”. Ella era jovencita e inexperta, pero lo que debía hacer estaba en sus genes, así que supuse que no habría problema. A la mañana siguiente, la vi sacar del interior del nido las plumas, pajitas y hebras de hilo que había acumulado la hembra anterior. Después ayudó a su marido a colocar una nueva capa de barro en el exterior para reforzar las paredes, y pocos días después puso sus huevos y se encerró a empollarlos. Me hizo gracia aquella “limpieza de recuerdos” de la otra hembra, pero no dije nada. “Así somos las mujeres”, pensé.


            Este año, sin embargo, ha ocurrido el caso contrario: en la pareja más veterana es él quien falta. “Salió a cazar moscas y nunca volvió. Moriría, pero no pude encontrarle. Me he emparejado con otro macho, nuestra vida es muy corta y no puedo desaprovechar ninguno de mis ciclos reproductivos”, me dijo ella. Él era joven y guapo, y la miraba con ojos enamorados. Bebió agua, me saludó cortés, y luego la emprendió a picotazos con el nido que debía ocupar. Tardó varias horas, pero al fin consiguió derribarlo. Aquella noche el nuevo matrimonio durmió al raso. Los restos del nido los barrí del suelo al día siguiente, mientras él desplegaba una frenética actividad para construir una nueva casa de barro, colocándola medio metro más allá de donde estaba la anterior. El difunto esposo de su mujer, aún muerto, era una amenaza para él, y cualquier huella visible de su paso por la vida de ella debía ser demolida, borrada, destruida. “Así son los hombres”, pensé. “Aunque, afortunadamente, no todos”, dije entre dientes mientras colocaba cartones nuevos en el suelo.


            La hembra joven ha puesto seis huevos. Me lo ha dicho, muy orgullosa, desde la puerta del nido. La de más edad, sin embargo, ya solo ha conseguido poner tres. Para alimentar a los pollos me mantendrán limpio el patio de bichos todo el verano, así que les pagaré el servicio barriendo lo que ensucian, como siempre. Salgo ganando, me ahorro un dineral en insecticidas y pomadas para las picaduras.


 No sé si el año que viene esa golondrina, la más veterana, logrará hacer el viaje hasta aquí o le veré llegar a él con una nueva pareja. Lo que sé es que, de cualquier modo, seguiré teniendo dos nidos en el patio, conversaciones aladas sobre mi cabeza, y nuevas vidas creándose y naciendo en mi casa. Así funciona la vida, supongo.

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