jueves, 26 de abril de 2012

EL PÁJARO VOLANDERO



            El dicho popular reza: “Marzo, no se cazan ni a lazo. Abril, hueveril. Mayo, pajarayo. Por San Pedro, volanderos. Y por San Juan, volarán”. El comportamiento de los pájaros es predecible, y así, según este refrán, sabemos que en marzo están ocupados cortejándose, tanto que no hacen caso a ninguna otra cosa, ni siquiera a la comida. En abril ponen sus huevos, en mayo los pollos rompen sus cascarones, y en junio comienzan sus primeros ensayos de vuelo. Hoy voy a contaros la historia de un pájaro volandero que no era como los demás.


            El nido en el que, junto a sus hermanos, había nacido, era parecido los otros nidos del resto de pájaros. Estaba colocado en la horquilla de dos ramas, en un viejo olivo. Cuando todos ellos tuvieron plumas y alcanzaron la fuerza necesaria, llegó el momento de las clases de vuelo. Aquellos jóvenes pájaros tenían la aspiración de independizarse, aprender a alimentarse solos, formar nuevas familias y construir nuevos nidos. Pero uno de ellos albergaba otro tipo de sueños. No pensaba como se supone debía pensar un pollo. Sus hermanos solo querían volar, ver mundo y hacer caso a sus genes. Este no.


            Por San Pedro, toda la nidada comenzó a batir las alas. La madre los empujaba desde una rama para que fueran ensayando vuelos cortos, pero el pollo “distinto”, entre aleteo y aleteo, leía o escuchaba música. Sus hermanos lo miraban con recelo: no estaba cumpliendo con su deber, pero es que aquella avecilla diferente tenía inquietudes que iban más allá de cazar moscas, buscar gusanos o poner huevos. Quería que se escuchase su voz.


         El pajarillo volandero ensayó sus primeros desplazamientos con sus hermanos,  siempre alrededor de su olivo, sin alejarse demasiado. Los otros hacían vuelos cada vez más largos, pero él no. No tenía intención ninguna de emigrar, de cambiar el escenario de su vida. Deseaba quedarse en aquel mismo olivo durante toda su existencia alada, y también quería hacerlo brillar sobre el resto de árboles del contorno. Aún no sabía cómo, pero lo conseguiría.


            Completó su formación aérea como el resto de sus congéneres. Ya estaba preparado para elegir. Los demás decidieron irse. Nuestro pájaro joven escogió quedarse, y ser un pajarillo volandero durante todo su tiempo como ave. No ansiaba ver mundo, construir nido, empollar huevos. Quería premiar al árbol sobre el que había nacido con una vida distinta, hacerlo único y especial.  


            Al volandero le gustaban el cine, la música y la literatura, y dado que en su olivo nadie se preocupaba de tener una existencia diferente, rica y cultural como la que él soñaba, decidió buscar la forma de proporcionarle lo que le faltaba: actividad, sueños, inquietudes. Otro tipo de riqueza, algo que no era agua ni abono, pero que le haría crecer de igual manera. Con paciencia, mucho tiempo y sus propias fuerzas, sin ayuda de nadie, excavó en el tronco del árbol una pequeña cueva, y cuando la tuvo preparada comenzó con su actividad, tímidamente primero, sin tregua después. Le daba igual que allí entrasen ardillas, insectos, reptiles, pájaros o lo que fuera. Respetó siempre a quien llamó a su puerta pidiendo un espacio, prestó sus paredes, su suelo y su aire a cuantos quisieron compartir su arte, su música o lo que fuera. La pluralidad, la mirada abierta, la falta de prejuicios y el alma curiosa fueron siempre su bandera,


            Hoy celebro que ese pájaro volandero, aunque sus plumas ya digan que se ha hecho mayor, siga teniendo el mismo espíritu joven e inquieto que tenía cuando nació, diecisiete años atrás. Lo único que siento es que en el resto de olivos no haya madrigueras como la suya, con ropa reciclada colgando de sus clavos, fotografías en sus paredes, libros, relato y poesías en sus rincones, música flotando por su aire, y una sonrisa de respeto y acogida a todo el que entra por su puerta, sea lo que sea lo que traiga en su equipaje.


            El mundo está lleno de pájaros convencionales, de actitudes fotocopiadas, de estándares y de ideas prefabricadas y dirigidas. El pájaro volandero puso, y pone, color al blanco y negro de su plumaje, de su entorno y de la vida de todos los que tenemos la suerte de conocerlo. No os fiéis del aspecto de su madriguera: por pequeña que os parezca, aquí cabemos todos, y espero que sigamos cabiendo por mucho tiempo. Nuestro pájaro entendió que un volandero es un ser que está aprendiendo, y por eso eligió quedarse así, en esa etapa. Para seguir aprendiendo todo lo que los demás podamos enseñarle.


Ojalá nunca eche a volar, porque este olivo, si él se marchase, sería mucho más aburrido, un árbol más entre tantos, un lugar sin personalidad. Por eso yo, lechuza nocturna de cuentos y canciones, os he traído esta historia.

1 comentario:

  1. Precioso. Siempre hay pájaros que no se resignan a vivir como el resto de su especie. Otros que no son capaces de hacer nada distinto y se ven encarcelados en sus propias decisiones. Yo trato cada día de acercarme más al pájaro volandero y estar ahí donde mi corazón me lleva. ¡Ojo! no digo que sea fácil.
    Estoy deseando tener tu libro, Susana. Ya he visto la portada y me encanta.
    Un abrazo.
    Anabel

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