domingo, 8 de abril de 2012

EL PUEBLO MUERTO

            El pueblo muerto no era de nadie. Ya hacía más de treinta años que su último morador, un pastor casi ermitaño, soltero y callado, había fallecido sin dejar descendencia. Las casas cayeron, nadie las heredó, y si alguien podía reclamarlas hacía tiempo que lo había olvidado. Las calles, solas, vacías, ya no guardaban ni el eco del pasado.


            En aquel lugar murieron muchos hombres durante la guerra, y muchos más después de ella. El odio guardado en las arcas de las provisiones envenenó a la gente, y las revanchas antiguas se saldaron con denuncias, cárcel y tiros nocturnos. Las mujeres solas huyeron a las ciudades, o incluso salieron del país y anidaron fuera de nuestras fronteras. Los campos se abandonaron. La agonía del pueblo duró muchos años, hasta que el ermitaño, su último soplo de vida, dejó de existir. Desde entonces, solo existían los pájaros y el olvido.


            El desastre económico del ladrillo pilló a todos mirando hacia otro lado, y cuando la gente comenzó a perder el trabajo, los bienes y la vivienda, quienes podían arreglarlo no lo hicieron. Los que tenían el dinero lo guardaron bajo siete llaves, y dejaron de nuevo a la gente con lo puesto. Personas que habían gozado de una vida cómoda y desahogada se veían volviendo, en el mejor de los casos, a vivir con los abuelos, y en el peor de los casos recurriendo a los organismos de auxilio social para poder comer caliente una vez al día. Nadie les daba una solución.


            La chispa la encendió Ricardo, “el desafiante”. Era joven, y estaba harto de ser juzgado por su aspecto, de que su pelo revuelto y su ropa raída le cerrasen las puertas pese a tener un cerebro despierto e imaginativo. Su gran pecado era no respetar las normas sociales no escritas que dicen que para ser aceptado hay que ser igual que los demás. ¿Por qué? Él era único, todos somos únicos. ¿Qué importancia tenían su pelo o sus pendientes? Él escribía, leía y pensaba por sí mismo, y se negó a ser el palmero de nadie. No cantaba himnos, no jaleaba a poderosos, no pisaba los bancos ni adoraba al dinero. Le importaba un bledo no tener televisión, y aunque le hubiera gustado que los capitalistas que atesoraban naves y viviendas vacías y en desuso las hubieran abierto para dar techo a los que no lo tenían o lo habían perdido, sabía que eso nunca sería una realidad. Entonces se le ocurrió la idea.


            El vacío legal sobre la propiedad de los solares en el pueblo muerto propició que se pudiera llevar a cabo. Preguntó en los ayuntamientos vecinos, y solo encontró funcionarios cansados que se encogían de hombros. Era hora de actuar. En los comedores sociales de la ciudad encontró muchos hombres y mujeres desesperados por alimentar a sus hijos y procurarles el cobijo necesario para no verlos sufrir. Primero fueron tiendas de campaña. Veinte familias sin empleo. Mientras los niños asistían a clase en el pueblo vecino, los padres, electricistas, fontaneros, albañiles, yeseros y carpinteros con las manos vacías desbrozaron suelo, cavaron cimientos y comenzaron a levantar las antiguas casas. Aprovecharon los materiales, piedras, palos, todo lo que se podía salvar de las ruinas que les rodeaban. Las mujeres, mientras tanto, empezaron a arreglar las huertas cercanas. Los subsidios que les quedaban se destinaron a las semillas, un par de grupos electrógenos para uso común y las primeras gallinas.


            No es fácil resucitar un pueblo, y menos sin tener dinero para comprar materiales, pero era eso… o nada. Las mujeres lavaban en el viejo lavadero junto al río, como sus bisabuelas. Aprendieron a sobrevivir, las que sabían tejer enseñaron a las otras, las que sabían coser hicieron lo mismo. De sus manos salieron los cestos que trajeron las primeras lechugas y tomates de los huertos. Las conejas parían crías a docenas mientras ellas y sus hijos pequeños buscaban con qué alimentar a los animales. Recogían leña para los hogares, acarrearon los enseres de las casas que los bancos les habían quitado para encontrar un poco de comodidad, y después de dos años infernales comenzaron a sentirse bien.


            Ricardo se encargó de que todo el país supiera lo que estaban haciendo con el pueblo muerto. Incluso recopiló información sobre otros pueblos en la misma situación para que más familias desposeídas pudieran encontrar un futuro, y vio con satisfacción cómo iniciativas similares iban surgiendo, como los hongos, por todo el territorio. Y en ese momento fue cuando aquello empezó a resultar incómodo para los que tenían la sartén por el mango. Si la gente comenzaba a ser autónoma y a no entregar hasta la sangre, ¿de qué iban a vivir los banqueros y los políticos? Si las ciudades se vaciaban y las familias volvían a la tierra, a subsistir con lo justo, a no pedir créditos, a no trabajar por un sueldo y a ser felices sin viajar al Caribe, a hacerse las comidas en casa y no pagarlas por triplicado en los restaurantes, a tejer sus jerseys y esquilar sus ovejas, a no mirar las modas y a no tirar la ropa en uso para comprar otra más moderna, a no dejarse la vida pagando un piso en el que vivir sobre, bajo y junto a otras familias, si dejaban de sentir la necesidad de estar informados, conectados, comunicados y no consumían tecnología punta con fechas de caducidad cada vez más cortas… entonces, ¿cómo harían ellos para seguir nadando en dinero? No lo podían permitir.


            Cuando la batalla legal comenzó, cuando los de arriba quisieron que todas las ovejas volviesen al redil, se encontraron con que las listas del paro no solo estaban llenas de albañiles y carpinteros, sino también de maestros y abogados, que aunque no tenían traje y corbata sí sabían cómo defenderse.


            El final de esta historia aún no ha llegado. Vosotros decidís cómo ha de acabar. Y ahora, si me lo permitís, os dejo, que tengo a la vaca pariendo y aún debo dar de comer a las gallinas antes de que se vaya el sol.   

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