miércoles, 18 de abril de 2012

ENTRE LAS LECHUGAS

            Cuando Esther se dio cuenta de que estaba otra vez en estado se echó a llorar. Ya tenía cuatro criaturas, su marido bebía, y ella no podía con más trabajo: la huerta, las vacas, la casa, los niños… A pesar de que ya no deseaba a su marido, cuando él quería meterse con ella en la cama no se podía negar. Habitualmente era cuando venía bebido y envalentonado por alguna discusión, o cuando estaba enfadado. En ocasiones la había tratado mal, pero no tenía otro sitio a donde ir con sus cuatro niños. Desde el último parto, siempre que él quiso sentirse superior sometiéndola en la cama, Esther se lavó a escondidas con vinagre para no quedar de nuevo preñada, pero a pesar de eso la vida se abría camino por quinta vez en ella.


            No le dijo nada a nadie. Durante los primeros meses de embarazo fue a los campos con la azada, cargó capazos de carbón para la cocina, cosechó las patatas, aventó las habas con la horca para desprender el grano de las vainas ya secas, rellenó los colchones con paja de maíz nueva. No tuvo cuidado ninguno, y pensó que si la naturaleza quería desprender la criatura de su vientre… bueno, no se alegraría, pero… en fin, sería un alivio para ella. Si nacía solo vendría a sumar pobreza a su vida y a su familia. Pero no ocurrió. Su embarazo continuó adelante, el bebé se agarró a su entraña con todas sus fuerzas. Estaba decidido a vivir.


            Esther dejó de bajar al pueblo cuando ya su preñez pudo ser sospechada por las demás mujeres. Ellos no se fijarían en su ropa holgada y en su andar bamboleante, pero a ellas no se les escaparía. Nadie debía saberlo, así que procuró mandar a los recados a su hijo mayor, de ocho años, que los traía al volver de la escuela. Intentó siempre tener bastante vino en casa, a fin de que su marido se mantuviera lo suficientemente borracho como para no notarlo tampoco. Se desharía del bebé en cuanto naciese.


            Parió en la cuadra, sola, como los animales. Por suerte era algo que se le daba bien, así que no necesitó de nadie para asistirla. Después, lavó a la niña, la envolvió en un trapo limpio, le dio de mamar y esperó el momento oportuno.


            La huerta comunal estaba junto al río. Era la única parcela de regadío que tenían, y en ella plantaban las hortalizas que más agua precisaban: las lechugas, las coles, los tomates, las acelgas. Varios vecinos tenían sus parcelas en el mismo terreno, junto a la suya, y de eso conocía a Perico. Era poco hablador, pero amable. Esther sabía los días que le tocaba a él regar su trozo de tierra, y también sabía que su mujer, Bienvenida, había quedado estéril después de que su primer embarazo se malograse por la patada de una de sus mulas. A pesar de que todas las curanderas de la comarca la habían tratado, lo suyo no parecía tener arreglo, y la tristeza se había instalado en su casa. Tenían tierras y animales, y también mucho cariño para darle. No le faltaría de nada.


            Cuando oyó llegar a Perico dejó el bebé entre las lechugas, en el primer surco, cerca de donde él solía poner el botijo del que bebía cuando trabajaba la tierra. Sin duda, allí la encontraría. Después se marchó. Cuando volvió a comprobar si su plan había surtido efecto, suspiró aliviada. La criatura no estaba. Él la había recogido.


            Bienvenida preguntó a su marido de dónde había salido aquella niña sonrosada y hambrienta que traía en brazos, y él solo sabía decir: “Dios nos la dejó entre las lechugas. Él sabía que deseábamos un hijo y nos ha regalado esta maravilla”.


            Eran otros tiempos, de modo que cuando fueron al registro del ayuntamiento a inscribirla como suya el juez de paz no hizo preguntas. Los chiquillos nacían en casa, así que era perfectamente posible. Le pusieron de nombre Estrella, y no hubo niña más feliz en toda la comarca. Fue la luz de sus padres durante el tiempo que vivieron, y Esther la fue viendo crecer desde una prudente distancia, contenta de la decisión que había tomado.


            Cuando Perico y Bienvenida murieron, Estrella, que ya tenía veintidós años, fue a casa de Esther una mañana, cuando la supo sola. Se sentaron en la cocina, y la muchacha le dio a la mujer una cajita. “Mi madre me encargó que te diera esto cuando ella faltara. Siempre supo que fuiste tú la que me dejó entre las lechugas del huerto. Sólo le hizo falta ver cómo me mirabas, el brillo de tus ojos cuando me veías en misa, con mi traje de domingo y mis trenzas peinadas. Me pidió que te diera las gracias por tu generosidad”. En la cajita había un par de pendientes de oro con perlas en forma de lágrima, los mejores que tenía Bienvenida.


            “Y tú, ¿cuándo lo supiste?” le preguntó Esther a Estrella. La joven se echó a reír. “Cuando terminé de crecer y las viejas de vista gastada me comenzaron a confundir contigo al verme por la calle. Mírame, y mira tus antiguas fotos. Soy tu reflejo con veinte años menos”.


            Esther le puso a Estrella aquellos pendientes el día que fue a casarse, y le pidió que los guardase siempre. No los necesitaba, le bastaba con saber que su hija había podido tener mejor vida que ella, y que no sentía rencor, sino un profundo respeto y agradecimiento.

1 comentario:

  1. ¡Qué preciosidad! Me encanta. he comenzado a leerlo y ya no he podido respirar hasta el final.
    Muchas gracias por estos regalos que nos haces.
    Anabel

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