lunes, 23 de abril de 2012

EL LIBRO ABURRIDO



            Esta es la historia de un libro aburrido. No sé si me habéis entendido: el libro no ERA aburrido, sino que ESTABA aburrido. Había sido regalado con cariño a una persona que no tuvo nunca intención ninguna de leerlo, y los libros, si no son usados, abiertos, sus páginas pasadas y recorridas, sus renglones escrutados por los ojos de un lector, sus tapas gastadas por la caricia de unas manos, sus hojas visitadas por alguna tarjeta postal o vieja foto a modo de punto de lectura, se aburren mortalmente.


            El libro aburrido tenía una historia apasionante que contar, pero olvidado en una estantería, encerrado en una casa sin lectores, no podía contársela a nadie. Tenía que salir y buscar alguien que lo abriese y se enamorase de él. Debía irse, dejar aquel lugar sin mentes curiosas y cumplir la función para la que había nacido: entretener y darle alas a la imaginación de alguien. Por eso, cuando nadie miraba, aprovechando el balcón abierto, saltó al vacío. Cualquier cosa era mejor que aquel olvido en el que vivía. Hasta la hoguera, el gran terror de los libros, era mejor que no tener quién lo leyera.


            En su caída, sus tapas se abrieron, sus hojas se desplegaron, y el aire y la luz le dieron de lleno por primera vez en mucho tiempo. Lo agradeció, se estaba quedando con el alma amarillenta. Fue a caer sobre el techo de un autobús. Viajó sobre él por toda la ciudad sin que nadie lo advirtiera, y sin pagar billete. Al llegar cerca de un parque se dejó caer, y se sentó en el banco más próximo. Se disfrazó de libro abandonado por descuido, incluso cogió una hoja seca del suelo para colocarla al azar entre sus páginas, como si fuera el punto en que dejó la lectura quien lo había olvidado. Y esperó, paciente, como solo saben esperar los libros.


            Lo encontró un niño que jugaba a la pelota en el parque. El chaval leyó el título y pensó: “vaya rollo, no tiene pantalla ni botones”, así que lo tiró de nuevo sobre el banco y volvió a su balón. Un par de horas más tarde, una pareja se sentó junto a él a hacerse arrumacos, con tal intensidad que hasta se le sonrojaron las tapas. Ni siquiera lo vieron, tenían cosas más “interesantes” que hacer.


            Un gato callejero se acurrucó a tomar el sol apoyando la cabeza sobre él. Poca gente sabe que los gatos son animales que aprecian mucho los libros, no porque sepan leer, sino porque, cuando tienen amos, adoran que éstos se sienten en el sillón con una novela entre las manos. Es el momento que aprovechan para enroscarse en el regazo del lector absorto a gozar durante horas de la compañía, el calor y la comodidad que tanto gustan a los felinos caseros. Cansado de tanto viaje y arrullado por el ronroneo del gato, el libro se durmió.


            Una muchacha con ropa deportiva apoyó una de sus zapatillas en el banco para estirar sus músculos. Terminaba su sesión de footing del día. Reparó en el libro, y lo cogió. Sonrió al leer el título, y aún más al ver que estaba firmado por el autor. “Para Laura, con afecto. Feliz día del libro”. Ella no se llamaba Laura, pero reparó en que, casualmente, ese día era también 23 de abril, San Jorge. Día del libro. Se felicitó por su buena suerte, y pensó empezarlo aquella misma noche.


            Con él rió y lloró, soñó, disfrutó, viajó, imaginó, sintió. Y el libro, por fin, cumplió su destino de ser usado y leído. A ella le gustó tanto que se lo prestó a una amiga, y luego a otra, y después volvió a leerlo… y el libro, feliz, ya no volvió a aburrirse.

1 comentario:

  1. Hola! te he nominado a un premio en mi blog, pasa a recogerlo! ;-)
    http://hellenstyle.blogspot.com

    Un saludo!

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