sábado, 7 de abril de 2012

ESTRATEGIAS

            Silvia tenía tendencia a la melancolía. Hay personas que son de naturaleza alegre, explosiva, seria o preocupada. La suya era proclive a la tristeza. Siempre había sido una mujer muy “para dentro”, se guardaba lo que pensaba y lo que sentía, y ese no compartir con nadie revertía en la acumulación del llanto silencioso que emite el alma y que a veces, en el mejor de los casos, sale fuera en forma de lágrimas. Pero Silvia no lloraba, se lo quedaba todo para sí, y en ocasiones sentía que se ahogaba en su propio pesar. Eso la estaba matando, así que ideó una estrategia: necesitaba llorar.


            Cuando comenzaba a sentirse triste, para acelerar el proceso y sacarlo todo fuera, empezó a acudir a la caja de los recuerdos. En aquel cofre guardaba objetos que le recordaban a las personas que ya no formaban parte de su vida, pedazos de su familia que se fueron, y a los que echaba terriblemente de menos. Eso, invariablemente, aumentaba su estado de melancolía hasta dejarla exhausta de tantas lágrimas. Era infalible.


            Durante años empleó ese método para desahogarse, pero con el tiempo comenzó a darse cuenta de que necesitaba acudir a la caja de los recuerdos cada vez más a menudo. Casi todos los días se sentía triste, casi todos los días estaba mal, casi todos los días sacaba el cofre, repasaba uno a uno los objetos que contenía, los acariciaba, los olía y lloraba durante horas. Si no lo hacía le daba la impresión de que estaba traicionando la memoria de aquellos que se le fueron, y no lo podía permitir. Ella era el único enlace que les quedaba para estar un poco vivos. Pero ya no se sentía mejor. Poco a poco, los recuerdos que tenía de aquellas personas a las que había amado se fueron corrompiendo, y ya no le acudían a la mente las nanas que le cantaba su madre, las cosquillas de su padre cuando llegaba del campo, las risas y los juegos con su primo y lo feliz que era junto a ellos, sino que cuando rememoraba sus rostros solamente se sentía desgraciada por haberlos perdido. Era terrible. Llegó a no poder siquiera ver una fotografía antigua sin llorar. Era hora de buscar ayuda.


            La abuela Delfina nunca tuvo nietos, así que era la abuela de todo el pueblo. Nadie sabía tanto como ella, y a pesar de su terrible aspecto de anciana arrugada, con solo cuatro dientes larguísimos en toda la boca de bordes llenos de profundas grietas, a pesar de su cabeza tocada con una eterna pañoleta negra y de su voz cascada y temblorosa, sus ojos hablaban de un pasado de belleza y esperanza. En su larguísima vida había ido perdiendo a todas las personas que la rodeaban: marido, hijos, hermanos, padres… y sin embargo seguía saliendo a tomar el sol en su puerta cada día, continuaba saludando a todo el que pasaba con una sonrisa, iba a misa, aconsejaba, paseaba, se relacionaba. Vivía. Silvia acudió a ella después de dos semanas negras de dolor y llanto en las que ni siquiera había conseguido salir de casa.


            “Niña, aquí solamente estamos de paso. De ti depende que los días sean bonitos o feos. Si continúas usando lo mejor que tuviste para seguir sintiéndote desgraciada, ya tras de ti y ante ti solo habrá oscuridad. Las personas como tú, con tendencia a la tristeza, lo que tienen que hacer no es llorar, sino reír. Salir aunque no se tengan ganas, pintarse los labios, peinarse e ir a la plaza, al baile, al cine, al paseo, a jugar al burro con los amigos. Incluso buscar amigos en los pueblos de alrededor, cambiar de ambiente. Cuando alteramos lo que nos rodea, el humor también muda. Rompe la caja de los recuerdos, guarda todas esas cosas en otros lugares, y vuelve a recordar a tus muertos por lo felices que érais, o llegarás a desear morir para no sufrir tanto”. La abuela Delfina, dicho esto, sacó el orujo de hierbas de la alacena, sirvió dos copas y brindó con Silvia por la nueva vida que iba a emprender.


            Antes de que se marchase, la anciana le pidió un favor: ya que a ella no le quedaba familia, deseaba que fuera la propia Silvia quien cosiera su mortaja. Le indicó en qué armario y cajón estaban la sábana, el escapulario, la aguja nueva, el dedal de plata y las tijeras afiladas, el aceite perfumado y el hilo de algodón egipcio. Ella accedió y prometió hacerle ese servicio en pago a los consejos que acababa de darle.


            Durante la siguiente semana, Silvia procuró no acudir a la caja de los recuerdos, pero no podía evitarlo. Intentó salir más, disfrutar de la primavera, del campo, de la gente, pero no era fácil. Delfina preguntaba discretamente a las vecinas, y sin moverse de su dintel sabía que la muchacha no estaba encontrando las fuerzas para romper su círculo vicioso de sentimientos tristes, que iba a por el pan con los ojos hinchados, que apenas hablaba, que los mozos casaderos estaban perdiendo el interés por cortejarla, todo el mundo la creía enferma. Y lo estaba, pero no del cuerpo, sino del alma. La anciana entonces miró su calendario, consideró que ciento seis años ya eran suficientes, lo dispuso todo y murió.


            En cuanto lo supo, Silvia comenzó a buscar los elementos para cumplir la promesa que hiciera a la abuela Delfina, pero en el armario y cajón indicados no había nada de lo que la mujer le había dicho. Comenzó a buscar por la casa, la revolvió toda, pero no encontró con qué amortajarla, así que decidió volver a la suya y traer de allí todo lo necesario.


Las sábanas de tergal floreado que empleaba normalmente no servían: debía ser lienzo de algodón, blanco y sin bordar. De esas solo tenía dos, las del ajuar de su madre. Las sacó del arca, y el olor a lavanda que desprendían le trajo, como un destello, el recuerdo de ella tendiendo la ropa al sol mientras cantaba. No tenía tiempo de ponerse triste, debía seguir buscando, el cuerpo de Delfina necesitaba su mortaja.


Buscó las tijeras en el costurero; no tenían suficiente filo como para cortar con eficacia el lienzo tan grueso, así que buscó las que su abuela Lola empleaba en su trabajo de modista. Estaban guardadas en la antigua máquina de coser, y al cogerlas, como un fogonazo, le asaltó la imagen de ella cortando su vestido de Primera Comunión, probándoselo, colocando alfileres e hilvanes mientras la radio cantaba coplas de Marifé de Triana y Concha Piquer, sus favoritas. El calor coloreó sus mejillas por un momento, pero no se entretuvo. Tenía que seguir buscando.


Necesitaba un rosario y un escapulario. ¿Podría desprenderse de los que guardaba en la caja de los recuerdos? Habían pertenecido a su ama de leche, la que la amamantó mientras su madre se recuperaba de la tuberculosis que contrajo nada más nacer ella. Aquella mujer, tan buena y cariñosa, había sido como otra madre, y siempre la había querido mucho. La recordó, con su regazo amplio, sus mejillas siempre arreboladas y su risa abierta. No era el colmo de la inteligencia, pero la quiso tanto... Dudó un instante, pero no encontró otra solución, así que se metió en el bolsillo del delantal los dos objetos y siguió buscando.


El dedal que empleaba habitualmente para coser, de pronto, le quedaba grande. Las últimas semanas de tristeza habían adelgazado su cuerpo y sus dedos, y se le caía. Necesitaba uno más pequeño, y recordó el que, cuando niña, le trajo su padre de un viaje a Zaragoza. Era de plata, y tenía una pequeña imagen de la Pilarica grabada. En su mente, la ilusión de su padre cuando se lo entregó. Sonrió y se dio prisa. Aún no lo tenía todo.


Llevó un frasquito de aceite a la iglesia para que el sacerdote lo bendijese. La esencia de jazmines que su tía Carmen empleaba para bañar a las muchachas, esa que decían que curaba el acné y embellecía la piel, le serviría para perfumar el óleo y ungir con él a la difunta. Al destapar el pomo en que lo guardaba, el aroma le devolvió los ecos de charlas de mujeres, de baños entre primas, de primeras juventudes amparadas en la experiencia de las jóvenes casadas, de consejos, tradiciones y habladurías. Sonriendo, mezcló la esencia con el aceite. Ya solo le faltaban el hilo y la aguja.


Acudió presurosa al bazar de la plaza, la única tienda del pueblo, buscando un carrete de hilo egipcio color blanco y una aguja nueva para coser la sábana. El hijo de la tendera la miró y se sorprendió. Las mejillas arreboladas por la prisa, los ojos limpios sin rastro de lágrimas, el pelo alborotado… incluso la vio sonreír mientras miraba de reojo el muestrario de botones. Estaba recordando una vez en que su primo y ella se habían colado en la tienda y habían cambiado de sitio los corchetes, los automáticos, las cajas de alfileres y las de agujas, consiguiendo que la tendera se volviese tarumba toda la tarde porque no encontraba nada en su sitio. La pobre mujer creía que había duendes gamberreando por su tienda. A su primo, de niño, no se le ocurría una idea buena, y ella siempre le había seguido encantada, disfrutando a su lado de los ratos más divertidos de su niñez.


De paso que estaba en el bazar, y recordando el consejo de la abuela Delfina, compró un rojo de labios nuevo. Una vez en casa, se pintó con él, metió en una cesta todos los elementos que necesitaba y fue a cumplir su promesa. Allí actuó de acuerdo con todos los rituales que conocía de memoria: lavó a la anciana con agua fresca del río y jabón artesanal, la perfumó con el aceite de jazmín, peinó sus escasos cabellos, puso el rosario entre sus manos, hizo los cortes en la sábana que le permitirían adaptarla al cuerpo dejando solamente al descubierto la cara, enhebró la aguja nueva con el hilo y cosió aquel último traje mientras hablaba con ternura a la difunta. “Abuela Delfina, cuando veas a mi madre, a mi padre y mis abuelas, a mi primo, a mi ama de leche y a todos los que se me fueron, diles que no voy a llorar más. No olvidaré lo que me has enseñado”. Por último, besó el escapulario, se lo puso sobre el pecho amortajado y terminó su trabajo.


Al día siguiente del entierro, Silvia abrió la caja de los recuerdos y disgregó su contenido por la casa. Fue poniendo los objetos en distintos lugares, cajones, repisas y alacenas, para así ir encontrándolos en los quehaceres diarios. De ese modo conseguiría que le proporcionasen destellos de recuerdos felices cuando tropezara con alguno, por casualidad, buscando otras cosas, igual que le había ocurrido con los elementos que hubo de emplear en el último vestido de la abuela Delfina.


Mientras metía el abanico que usaba la tía Nina para ir a misa bajo los pijamas de la cómoda sonó el timbre de la puerta: el hijo de la tendera venía a pedirle que le acompañara al baile. Era sábado, así que se pintó los labios, se puso los zapatos de tacón, y con una rebeca en la mano salió a la calle.

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