sábado, 21 de abril de 2012

HUESOS ANÓNIMOS



            Siempre quiso estudiar medicina. A pesar de sus orígenes humildes, a pesar de vivir a mucha distancia de la ciudad, y por tanto de la universidad más cercana, Yolanda se empeñó en conseguirlo. Sus padres le habían prometido que cuando acabase el bachillerato, si sus notas eran buenas, encontrarían los medios para enviarla a la ciudad a cumplir su sueño, pero nunca le preguntaron el porqué de tan temprana e intensa vocación.


            Llegó la hora y ella había cumplido su parte. Les tocaba a sus padres cumplir la suya. Se matriculó en la facultad de medicina más próxima a unos trescientos kilómetros de su pueblo, y entre los tres buscaron un piso. Esa misma navidad, la del primer año de carrera, la pasó en casa, con la familia, y aprovechó el viaje para acercarse al cementerio de su pueblo. Allí estaba el osario, un lugar frío y húmedo en el que los huesos se amontonaban unos sobre otros sin ningún orden. Lo conocía desde chiquilla; allí le pidió al vigilante del cementerio que le dejase coger algunos de aquellos restos para sus clases de anatomía. El vigilante pensó: “ni se sabe quién es esta gente, los huesos no son de nadie ni nadie los ha reclamado nunca. ¿Quién va a enterarse?”. Yolanda cogió dos cráneos, un fémur y algunas vértebras, dio las gracias al vigilante y se fue a casa. Lo guardó todo en una bolsa de plástico y al acabar las vacaciones lo llevó a la ciudad.


            Una vez en su piso de estudiante, hirvió lo que había cogido en el osario con agua, lejía y jabón, como le habían enseñado en la facultad. Raspó con un cepillo el musgo, la tierra, los caracoles que había donde debía estar el cerebro de aquellos cráneos. Después, encajó los dientes que se habían desprendido en sus huecos, pegándolos con un fuerte adhesivo. No quería que nada se perdiese. Finalmente, colocó aquellos cráneos blancos, el fémur y las vértebras sobre la estantería de su habitación, de manera que pudiese verlos cuando se sentase en el escritorio para estudiar.


            Cumplidos los seis años de carrera, seis largos años de intenso estudio, de exámenes, nervios, noches sin dormir manteniéndose a base de cafés, trabajos, clases y prácticas, Yolanda eligió especialidad. Era su hora. Ciencia forense. El día que por fin consiguió su objetivo, cogió de la estantería uno de los cráneos y lo acarició. Esa, y no otra, era su razón. Aquellas dos calaveras que tantas veces había mirado tenían cada una un orificio de bala. El fémur presentaba una fractura infantil soldada espontáneamente en mala posición. Las vértebras tenían el desgaste típico que se da a ciertas edades. Aquellos huesos le decían cosas, le llevaban diciendo cosas desde que era pequeña. Todo el mundo pensaba que al osario iba a parar lo que se extraía de las distintas remodelaciones y ampliaciones del cementerio, pero no. Los restos del osario de su pueblo, de los osarios de tantos pueblos, todos aquellos huesos amontonados que nadie quería ni reclamaba, eran de víctimas de una guerra entre hermanos, fueron gente que desapareció un buen día, y que terminaron eliminados a tiros. Esos huesos formaron parte de alguien que tenía hijos, padres, hermanos. A esas personas las lloraron, las buscaron, pero nunca las encontraron. Sus despojos fueron ocultados en cunetas, barrancos, campos o fosas comunes.


Cuando alguien encontraba restos humanos, el municipio los trasladaba al osario, pero no se notificaba a nadie. En los años oscuros aparecieron muchos esqueletos. No se publicaba en ningún sitio. Ella había estudiado medicina forense para darles voz a esos huesos olvidados, para contribuir a solucionar la ignominia, la vergüenza que le producía ver que a esa gente se le había robado la vida y se le continuaba negando el derecho a ser encontrados y recordados.


Muchos en su pueblo la ayudaron, la mayoría se dio cuenta de que aquel abuelo, aquel tío perdido, estaba más cerca de lo que pensaban. Otros muchos se opusieron, incluso hubo insultos y amenazas, pero eso era algo con lo que Yolanda ya contaba. Si conseguía identificar a quienes reposaban, despiezados y revueltos, en el osario de su pueblo, devolvería la paz a muchas familias, y quizá ayudase a cerrar heridas aún abiertas después de tantos años.


Cuando identificó al último, ese cuyo fémur había mirado durante toda su carrera, (Ricardo se llamaba, cojeaba desde chiquillo, le hicieron desaparecer con poco más de veinte años), aquel vergonzoso osario, en el que podía entrar cualquiera a llevarse parte de alguien, al que fueron a parar los restos de tantas personas que respiraron, amaron, trabajaron, pensaron y fueron, quedó vacío y cerrado.


La verdad es algo que cicatriza lo que sangra. Tapar, echar tierra, ocultar, solo camufla la vergüenza, pero no cura. Aquella gente no quería venganza. Solo memoria. Yolanda se hizo médico para combatir el olvido de su pueblo. Después del cierre del osario, estudió una nueva especialidad de la medicina, y el resto de su vida lo dedicó a curar a los vivos.

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