domingo, 15 de abril de 2012

IDEAS EQUIVOCADAS

            Fíjate, yo sin saberlo y resulta que tengo una prima nueva. Os la presento, se llama Nani, tiene una hermosa melena, una colección de lazos y un celo protector de sus padres que le honra, pero que llega a resultar a ratos escandaloso.


            Tiene unos preciosos ojazos oscuros, pero al principio no se los veía porque el pelo se los tapaba. Eso sí, ella me veía a mí perfectamente. Más bien no me quitaba la vista de encima, por si acaso. Ayer, cuando abracé a mis tíos, se volvía loca. No sabía quién era esa intrusa que se había colado en su casa y besuqueaba indiscriminadamente a sus papás sin pedirle permiso. Me senté en el sofá y se acercó para tratar de identificarme. “No me gustas”, me dijo. “Además, hueles a perro. ¿Qué quieres? ¿A qué has venido?” Yo le expliqué quién era, el motivo de mi visita, y le advertí: “Voy a estar unos días aquí, y me quedaré a dormir”. No le hizo gracia.


            Nani, mi nueva prima (el nombre es un diminutivo de “Enanita”), aún no sabe que es un perro. Se ha criado sola con mis tíos, sin casi salir a la calle más que unos minutos al día, y se cree que ellos son sus papás, que la casa es suya. Y todos los demás molestamos. No quiere oír hablar de la palabra “amos”, de la palabra “animal de compañía”, de la palabra “obediencia”. Trata a mis primos, cuando vienen, como si fueran sus hermanos mayores, y los tolera, pero lo de admitir extraños con quién sabe qué intenciones es harina de otro costal. A sus papás solo los besas si ella te da permiso, solo comes en su mesa si ella quiere, y si mi tía la encierra para que no moleste con sus penetrantes ladridos enanos se ofende y le retira el saludo a su “mamá”. Dos años de perro equivalen a catorce de humano. Está en plena adolescencia.


            Traté de explicarle las cosas tal y como son. “Mira, Nani, tú eres un perrito. Te trajeron a esta casa para que les hicieses compañía, pero no eres más que una mascota. Ni hija, ni humana. La casa no es tuya ni la vas a heredar, comes pienso para perros, levantas un palmo del suelo y haces pis en un cajón de arena. Ladras, no hablas. Lames, no besas. No sabes, ni sabrás nunca, leer ni escribir. ¿Lo entiendes?”. Ella se echó a reír, es más, se revolcó tanto de la risa que se le cayó uno de los lacitos con que mi tía le retira el pelo de los ojos. “¿Tú piensas que yo tengo ideas equivocadas? Soy la primera con la que hablan por la mañana, y la última de quien se despiden cuando se acuestan. ¿Dónde estás tú mientras? Cuando mami se sienta en el sillón soy yo la que se acurruca en su regazo a darle calor y cariño. Sus otros hijos viven en otras casas, con otras familias. Tienen sus propios cachorros. Yo también tengo los míos, pero están aquí”. Efectivamente, en su manta había un erizo rosa de plástico y una osita de peluche con un ojo arrancado y una oreja colgando. Sus “hijos”.


“No me voy, no les dejo. Les cuido cuando se ponen enfermos, como ahora. Mi papá casi no se levanta de la cama, y yo me acuesto en el suelo, junto a él, para que no esté solo. Abre los ojos, me ve y sonríe. Si no estuviera yo, ¿quién le obligaría a sonreír? ¿Comería si yo no intentase cada vez quitarle su comida? No me gusta lo que come él, pero hago el esfuerzo para empujarle. Y solo por llevarme la contraria, come algo. Si mi mamá está triste y llora, que últimamente le pasa a menudo, yo le seco las lágrimas a besos. ¿Dónde estás tú mientras tanto? Sus hijos vienen, los ven, se van. Yo me quedo. Tú piensas que yo estoy equivocada. La equivocada eres tú. Soy su hija, ellos son mis padres, esta es mi casa, y si te lavas las manos, que te huelen a perro, a lo mejor te dejo que me acaricies un poco. Pero solo lo hago porque mi mamá quiere, no porque me caigas bien. Que lo sepas”.


Anoche, cuando me acosté, dejé la puerta abierta para que pudiera entrar a olerme si quería. Durante la noche sé que pasó un par de veces a vigilarme, igual que también vigila el aparato de oxígeno de mi tío, para que funcione y no se apague, igual que controla que mi tía no tropiece y se caiga cuando va al aseo, igual que… Y me di cuenta de que tenía razón. Ella es la que está aquí, la que les mira, la que les acompaña. Ella está haciendo lo que yo no puedo hacer, y por ello he decidido respetar sus reglas. No toco sus cosas, me dejo olisquear e inspeccionar cuando entro y salgo, y le pido permiso antes de besar a mis tíos. Nani ya no me ladra, e incluso me ha dado un beso. Ve que sus padres ríen conmigo, que están contentos de tenerme aquí, y parece que ya me mira con otros ojos.


En un par de días regresaré a casa, y no sé cuánto tardaré en volver a viajar para ver a mis tíos, pero ahora me voy más tranquila. Mi “prima” Nani, sus melenas y su genio se quedan al mando de la situación. Están en las mejores patas. Digo manos. Digo… bueno, lo que sea.

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