domingo, 29 de abril de 2012

LA BODA



            Rogelio era un experto en bodas. No había nadie que supiera más sobre casamientos que él, pero no, no era sacerdote, ni juez de paz, ni concejal. Era camarero en un salón de celebraciones, y tras años de analizar los detalles de las bodas de los demás había aprendido mucho sobre el particular.


            Ya no le hacía falta preguntar la mayoría de cosas, porque únicamente con asistir a la prueba del menú que hacían los futuros esposos con sus padres ya sabía cómo iba a ir el tema. Un par de horas de observación le daban todas las pistas: boda sobrada de pasta, de quiero y no puedo, de casa por la ventana, de “lo justito”, de “pobres, pero unidos”, de las de para toda la vida, de las de braguetazo, de luto, éxito clarísimo, fracaso a corto plazo, embarazo bien o mal disimulado… Dependiendo de lo que viera ese día ya podía planificar qué camareros colocar atendiendo cada mesa y el tipo de trato que debían dar a los comensales: de ello, muchas veces, dependía el éxito o el fracaso de la celebración.


            A lo largo de su vida profesional había visto de todo: novias de rojo, novios de blanco, los hijos llevando las arras, mujeres desenamoradas dando el “sí”, miradas amenazantes por parte de algunos suegros, amantes de los contrayentes en la mesa de los amigos íntimos, bromas, amor de pega y amor del bueno, novios vestidos de moteros, de góticos, mujeres con trajes tan grandes que no cabían por los pasillos, batacazos durante el vals, peleas, tías Marías que se llevaban los floreros, guerras de langostinos, borracheras, bodas con dos novios, con dos novias, peticiones musicales de lo más peregrino (en una ocasión la tarta salió mientras sonaba la “marcha fúnebre”, y los recién casados encantados de la vida) y muchas otras cosas que le habrían dado para escribir un libro si su vocación secreta hubiera sido la de escritor.


            Siempre cumplió su cometido con el mayor esmero, poniendo todo de su parte para que el día fuera lo más bonito posible y les dejase un recuerdo precioso a los que se casaban. Solamente una vez, solo una, intervino para estropearlo todo. En aquella ocasión, ya desde la prueba del menú percibió que aquel enlace no saldría bien. La madre de la novia se escondía en el baño para llorar. El padre disimulaba echándose al cuerpo un copazo tras otro, anestesiándose. El novio sonreía satisfecho como un pavo real, y su padre y su madre, como dos águilas a cuyos ojos no se escapaba nada, ponían una pega tras otra, que si el tamaño de los platos, que si el punto de cocción del marisco, que si la temperatura del sorbete, que si… La novia estaba de cuerpo presente, pero su mente debía estar a muchos kilómetros de distancia, porque ni siquiera hablaba. Su mirada perdida y sus ojeras hablaban por ella. “Fracaso absoluto. De antemano”, pensó Rogelio. Pero no solo era eso. Había más, no sabía qué, pero había más.


            La chica se levantó para ir al lavabo; inmediatamente, la mirada rapaz de su suegra hacia el novio le hizo ponerse de pie como despedido por un resorte. “Te acompaño, cariño”. “Sé ir solita”. Los ojos de la madre de ella se llenaron de lágrimas otra vez, el novio cogió del brazo a la muchacha y tiró de ella hasta el baño. “Que sea la última vez que me hablas así, y menos delante de mis padres, ¿entiendes o eres demasiado estúpida como para asimilar algo tan sencillo?” Ella emitió un leve quejido de dolor y un “lo siento” destinado más a que dejara de hacerle daño en el brazo que a conseguir su perdón. A Rogelio le resultó tan obvio que no podía quedarse de brazos cruzados.


            La ceremonia, que iba a ser civil, se debía celebrar en el mismo salón. Llamó al juez de paz para decirle que no habría boda, que se había anulado, de modo que cuando llegaron todos los invitados, los novios y sus padres, faltaba el celebrante. Se acercó con discreción a los padres de la muchacha para contarles lo que ocurría. “Aléjenla de él. Llévensela de aquí, trasládense. Lo que sea, si es que quieren conservarla. No la criaron y la educaron para esto”. Aprovechando el revuelo, hicieron entrar a la novia en el coche y desaparecieron. Rogelio ya no supo más de ellos.


            No le habría importado perder el trabajo por aquel sabotaje, pero nadie se enteró nunca de su intervención. Aún trabaja en el mismo salón, con el mismo esmero que siempre. Y cuando piensa en aquello, llega de nuevo a la misma conclusión que entonces: hay cosas ante las que uno no puede permanecer callado.

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