martes, 17 de abril de 2012

LA VARIANTE SIN NOMBRE

            Meritxell es psiquiatra. Se ha pasado gran parte de su vida estudiando los comportamientos y mecanismos de la mente humana, así como sus patologías. Sus estudios se basan, como los de todos los investigadores y científicos, en la experimentación, la observación, comparación y registro minucioso de cada dato que obtiene. Así, después de un largo período de tiempo analizando casos de distintos sujetos con actitudes fuera de lo que tenemos catalogado como “límites normales”, ha descubierto una patología a la que, hasta la fecha, ningún psiquiatra se ha atrevido a designar como tal. Cuanto más la ve, más signos encuentra y más rápido la puede diagnosticar, pero aún no hay un protocolo de tratamiento contra ella. Para Meritxell esta enfermedad es, claramente, una variante del conocido síndrome de Diógenes, y basta leer sus estudios para comprobar que no va desencaminada. Voy a transcribir unos fragmentos de sus conclusiones, y así lo entenderéis con más claridad.


            “Comparativa, similitudes y diferencias del comportamiento entre sujetos con el síndrome de Diógenes e individuos con su variante en proceso de estudio.


            Se observa en los pacientes de Diógenes un desorden que les empuja a acumular desechos, basuras, trapos, garrafas de plástico, cartones, chatarra y, en general, cualquier tipo de objeto encontrado que su cerebro enfermo convierte en un bien necesario y digno de ser recogido. Las viviendas de estos enfermos se convierten en vertederos en los que la montaña de desechos apenas deja espacio habitable. En los sujetos con la variante sin nombre, el comportamiento es similar: su obsesión es acumular patrimonio. Necesitan, de modo patológico, sumar dinero a sus cuentas corrientes, obras de arte a sus paredes, joyas a sus cajas fuertes, barcos y toda suerte de valores que no les son necesarios para vivir, pero sin los que, según sus mentes enfermas, no pueden subsistir. Estas personas adolecen, igual que los Diógenes, de un egoísmo radical y beligerante que les hace defender lo que tienen y plantar batalla contra quien sea sin importar los métodos con tal de conservar y aumentar su acumulación de “tesoros vitales”. Recordemos que quienes recogen y almacenan basuras son personas que se vuelven agresivas y se llegan a enemistar con familiares, amigos y vecinos para impedir que les separen de sus basureros particulares. La analogía de sus comportamientos es evidente.


            Otro punto en el que ambos desórdenes convergen es el malestar que producen en las personas que rodean a estos enfermos. Quienes viven en las mismas comunidades sociales que los Diógenes sufren malos olores, riesgo de incendios, presencia de ratas e insectos, además de los insultos y agresiones del sujeto que padece este síndrome. Quienes viven en las mismas comunidades que los enfermos de la variante sin nombre sufren por la impotencia que les produce ver la desigualdad social que estos sujetos originan, ignorando a quienes carecen de lo más básico, e incluso utilizándolos y exprimiéndolos para amasar más riqueza. Su desprecio por el resto de su comunidad es absoluto, y si alguna vez demuestran un mínimo interés por quienes les rodean es solamente porque prevén que, a corto o medio plazo, ese gesto pueda aumentar su patrimonio de algún modo. Por tanto, es una realidad que quienes padecen Diógenes y su variante causan un continuo malestar entre los que conviven en su entorno, y llegan a ser odiados hasta extremos de inspirar sentimientos violentos entre las personas de sus comunidades sociales.


            Los pacientes de estas patologías, tanto de la ya conocida como de su nueva variante, hablan del mismo modo feroz y primitivo sobre las cosas materiales: MIS garrafas, MIS harapos, MIS cartones, MIS tornillos oxidados, MIS modelos de alta costura, MIS casas, MIS fincas, MIS empleados domésticos, MIS trabajadores, MIS coches. Todo lo que les rodea en su mundo de mentira es absolutamente suyo, y no admiten discusión acerca de ello. Lo que tengan que hacer para mantener sus posesiones y aumentarlas no les importa. Si hay que golpear a algún mendigo que rebusca en la chatarra para podérsela llevar, lo hacen. Si hay que dejar algunas familias en la calle con lo puesto también lo hacen. No tienen conciencia de la palabra “remordimiento”. Pasan horas y horas recorriendo los contenedores de basura, vertederos y solares buscando tesoros. Luchan por tener dos, tres, cuatro o más salarios de alto nivel sin importar a quién tengan que sobornar o favorecer.


            Solamente hay dos puntos que diferencian a ambos sujetos: así como el Diógenes causa una extrema despreocupación por el aseo personal y el aspecto físico en quien lo padece, la variante sin nombre tiene el efecto contrario. Quien la sufre, desarrolla una obsesión enfermiza por no envejecer y por tener una apariencia deslumbrante que sea el reflejo fiel de su posición económica. De este modo, son capaces de gastar sumas de dinero ridículas en tratamientos absurdos, cirugías, ropa que después solo usan una o dos veces, ingentes cantidades de pares de zapatos que no necesitan y salones de belleza lujosos en los que les convencen de que son hermosos, jóvenes y dignos de admiración. Son incapaces de ver la inmoralidad de su comportamiento. Se ponen enfermos si se estropea la nevera de su cuarto de baño, en la que guardan cosméticos que cuestan tanto como lo que costaría alimentar a una familia media durante un mes. Sufren taquicardias si calcularon que ese día ganarían dos millones y ganan solo uno y medio, si uno de sus negocios no prospera toman drogas para superarlo, si encargaron caviar iraní para una fiesta y el proveedor no llega a tiempo montan en cólera. El otro punto en que ambas patologías divergen es en que a los Diógenes no hay forma de engañarles, y, por el contrario, los que padecen la variante llegan a pagar cientos, miles o millones de euros por cualquier cosa si alguien tiene la suficiente habilidad para hacerles creer que gracias a ella van a ser más admirados y envidiados, cayendo a menudo en el error del Emperador Desnudo (ver cuento infantil “El traje nuevo del Emperador”).


            Mis conclusiones son que las dos patologías son la misma enfermedad, que se desarrolla de un modo o del otro dependiendo del estrato social en el que se desenvuelva el individuo que las padece. A los pacientes de Diógenes se les ingresa en centros psiquiátricos, se vacían de desechos sus viviendas y se queman las basuras para después desinfectar, desinsectar y desratizar el lugar. Así se evita que sus vecinos y conciudadanos, hartos de sufrir su comportamiento, le prendan fuego a su casa con el sujeto dentro y terminen con el problema. Con los enfermos de la variante sin nombre se debería proceder de igual manera: tendrían que ser ingresados y tratados, y sus bienes repartidos para evitar que sus conciudadanos, hartos de observar sus derroches estúpidos y su codicia patológica, cansados de trabajar para hacerles aún más ricos, le prendan fuego a sus casas con ellos dentro”.


            Meritxell está a punto de presentar su investigación a la comunidad científica, pero antes de hacerlo querría encontrar un nombre apropiado para esa variante del síndrome de Diógenes que ha descubierto. ¿A alguien se le ocurre cómo llamarlo?

2 comentarios:

  1. "El mal de hoy"
    http://heroismoagonizante101.wordpress.com/

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  2. Yo lo tengo claro, "Rico o Millonetis" , "Político" o "Familia Real", jajaja, son los carotas más grandes que habitan este mundo. Y aún si eres rico porque te lo has ganado: vease el caso de (cirujanos importantes que salven vidas, grandes escritores, pintores, arquitectos (de los de verdad, no de los que contrataba Camps), o gente de esta que de verdad se gana el dinero). Pero no, por desgracia, los que más pasta tienen y acumulan, y sufren de esta nueva patología estudiada por tu Psiquiatra, suele ser a base de estafar, robar y pisar al asalariado o pobre común: usease nosotros.

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