martes, 3 de abril de 2012

LÁGRIMAS AL PESO

            Mientras paseaba por una ciudad del sur de Europa, durante unas vacaciones, llegué hasta un mercadillo. Los puestos de estructura tubular se alternaban con simples mantas tendidas en el suelo. Pude ver multitud de mercaderías: mujeres y hombres ofrecían comida casera, ropa, zapatos, bisutería, té recién hecho, pan, libros usados, monedas… Poco más o menos allí había de todo, como en cualquier zoco o mercado ambulante de cualquier parte del mundo. Sin embargo, uno de los comerciantes me llamó la atención.


            Estaba sentada sobre una manta de vistosos colores azules. Varios almohadones eran su compañía, pero no había mercancía alguna junto a ella. Solamente un cartel: “lágrimas al peso”. Me senté frente a aquella mujer con las piernas cruzadas, la libreta en la mano y una sonrisa. Le dije que me interesaba conocer su historia. “A mí la suya no. En absoluto”. Me dejó de piedra. “Usted no necesita mis servicios. Las personas que sonríen no me sirven para hacer negocio”. Compré toda su mañana de trabajo con un billete de 20 euros, y ella recogió su manta y sus cojines y me siguió.


            Se llamaba Soraya, y no era de nadie. Me lo repitió varias veces: “no soy de nadie. No quiero marido, no nací para estar atada. Aquí solo trabajas honradamente para tu marido y su familia. Las viudas, las solas, solo pueden ser putas. Yo no soy ni lo uno ni lo otro. Lloro las penas de los demás a cambio de dinero. Es un oficio limpio que no ofende a nadie, y me permite vivir sin que me escupan a la cara”. Me costó asimilar tanta información. Aquella mujer esbelta de enormes ojos negros y piel aceitunada tenía ascendentes egipcios, turcos, griegos, gitanos, fenicios. Sangre de todos los colores gracias a la que no se identificaba con ningún estereotipo. Era como una oveja azul en medio de un rebaño de ovejas negras.


            Decidí seguir preguntando. Nunca había conocido a nadie tan peculiar. “¿Lloras por encargo? ¿Eres una plañidera, entonces?” Se echó a reír. No, no debía ser eso. Sus ropas de colores no eran, precisamente, apropiadas para ir a los entierros a llorar ruidosamente al difunto por unas monedas. “Hace mucho tiempo que la valía de un hombre no se mide por el volumen de los llantos que le acompañan a la tumba. La muerte ya no es negocio, es simplemente desgracia. No, a mí me interesan mucho más los vivos”. Era terriblemente enigmática. No terminaba de explicarme a qué se dedicaba exactamente, y ya estaba pidiendo el segundo té y una bandeja de pastas con miel y sésamo para acompañarlas. Escribir su historia me estaba saliendo bastante caro. Imagino que, para una vez que podía ganarse algo sin llorar, iba a aprovecharlo cuanto pudiese.


            Cuando terminó con la última gota de té y la última pasta, se limpió ceremoniosamente y me anunció: “ya estoy lista. Coge tu bolígrafo”. Por fin iba a desvelarme su particular misterio. “En este lugar, las mujeres lloran solas, y los hombres también. Ellas no pueden hacerlo en público ni ante los hombres, sería una vergüenza. Ellos no pueden hacerlo en público ni ante las mujeres, sería una señal de debilidad. Todo el mundo sabe que las penas que no se lloran se enquistan dentro, y hacen que la persona enferme y muera, pero a nadie le gusta llorar solo. No se trata de encontrar un hombro en el que desahogarse, se trata de encontrar alguien que te comprenda tanto que pueda compartir tu pena y llorarla contigo. Aquí, la falta de comunicación es terrible, las normas sociales son tan rígidas que les impiden hablar, expresar sus sentimientos como personas libres. Por eso me buscan a mí. Yo no soy de nadie, no obedezco esas normas que atan a los demás porque no pertenezco a su sociedad ni a su cultura. Abren sus almas hacia mí, yo les escucho, entiendo su pena y la hago mía. Lloro con ellos, les ayudo a limpiarse por dentro, y cuando se han calmado me pagan mi servicio y se van. Eso es todo”.


            Anoté sus palabras en mi cuaderno; hablaba deprisa, y yo escribía como una posesa para no perder ningún detalle de su explicación. Cuando terminé le hice una última pregunta: “¿Y dónde encaja lo de el peso?” pregunté aludiendo al cartel de su puesto en el mercado. Me miró como si yo fuera estúpida, como si no hubiese entendido nada. “Me peso antes y después de cada trabajo. ¿Cómo si no mediría la cantidad de lágrimas que derramo por alguien? Cuanto más lloro, mejor se sienten. Las penas grandes exigen mucha agua salada para disolverse. La tarifa varía, a las mujeres les cobro menos, ellas siempre tienen muchos más motivos para sufrir. Es un buen negocio, no creas. En esta ciudad nunca me faltará trabajo”.


            Me fui hacia mi hotel pensando en todo lo que Soraya me había dicho, y me di cuenta de que quería, necesitaba, volver cuanto antes a casa para escribir esta historia, para ver a mis amigos y a mi familia y saber, verificar, que yo no llegaría al extremo de tener que pagar una Soraya para compartir pena y llanto. Que no me faltaría quien me abrazase y acompañase mis lágrimas si estas me fueran necesarias para seguir viviendo.

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