lunes, 9 de abril de 2012

LAS AGUJAS DE TEJER

            Era un tubo rojo, hueco, de plástico. No parecía contener nada extraordinario. Estaba oculto en un altillo, Maite no había visto en su vida nada parecido. Bueno, realmente no conocía de nada a los antiguos dueños de aquella buhardilla, su trabajo solamente consistía en vaciar viviendas para una de esas empresas inmobiliarias que compran, desmantelan, reforman y venden más caro, evitando al comprador las molestias que las obras ocasionan. Si la casa tenía muebles viejos y enseres en su interior, la llamaban a ella.


            Mientras inventariaba lo que podía ser vendible (muebles que mereciese la pena restaurar, lámparas antiguas en aceptable estado, libros viejos, objetos de decoración de solera legítima y demás), iba tirando en una caja todo lo que no servía para nada. Tras ella, un trapero miraba con ojos golosos cada cosa que Maite desechaba: revistas viejas, trapos, algunas herramientas comunes, piezas desparejadas de vajillas corrientes, cojines raídos… A veces parece increíble lo que llegamos a acumular en una casa, sobre todo las personas mayores. Cantidad de cosas que para ellos significaron algo, para el resto de los mortales son solamente trastos inservibles. Basura.


            El tubo rojo se abría por la parte superior. Pesaba bastante, y hacía ruido cuando se movía. Estaba lleno de largas agujas de tejer. De distintos grosores, materiales y colores, allí había, al menos, treinta pares distintos. Maite no había visto tejer a mano más que en los documentales de la televisión. Su madre ya no lo hacía, y sus abuelas tampoco, así que era una habilidad misteriosa y desconocida para ella, pero por lo visto para quien había vivido en aquella buhardilla el punto no debía tener secretos. Se subió a una escalera para alcanzar a ver mejor el interior de aquel altillo. Al fondo encontró una caja llena de revistas. También había una cajita más pequeña que contenía retales de muestra, distintos calados, dibujos hechos con la lana, varias agujas de coser de gran tamaño y enorme ojo, y unos patucos.


            Maite jamás se había quedado nada de lo que encontraba en los pisos que vaciaba. Todo era propiedad de la empresa para la que trabajaba, pero supuso que a nadie le importaría si se llevaba aquello a casa. Si no lo hacía, el trapero vendería las revistas para reciclar al peso, y el metal de las agujas lo llevaría al chatarrero. Su curiosidad nunca se vería satisfecha. Apartó la caja a un rincón, terminó su inventario, despachó al trapero y llamó al camión de los muebles. Luego metió el producto de su “pequeño hurto” en el maletero de su coche, entregó el inventario con las órdenes a los mozos (armario 1, cómoda 3, cama matrimonio, espejo 4, perchero 2 a restaurar. Resto de mobiliario al vertedero. Lámpara de comedor recuperable. Resto no. Cajas 1 y 2 a almacén. Retirar pomo y llamador de la puerta de entrada antes de tirarla. Resto, inservible), pasó una copia del informe a la oficina y se marchó a casa.


            Ojeó las revistas. Infinidad de modelos de prendas de todo tipo tejidas a mano se sucedían en aquellas páginas. Había soluciones para vestuario infantil, para jóvenes, mayores, bebés… faldas, jerseys, calcetines, vestidos, chaquetas y gorros, bufandas, bolsos, y quién sabe cuántas cosas más. ¿Todo aquello se podía hacer en casa sin ningún tipo de máquina? La cabeza de Maite comenzó a calcular horas de labor, materiales, dinero… no, decididamente no podía ser rentable como trabajo. Cada una de aquellas prendas saldría por un precio demasiado elevado si fueran hechas para vender. Pero de todos modos decidió probar.


            En la vida se imaginó que aquello pudiera ser tan complicado. Le resultó tremendamente difícil seguir las indicaciones de los esquemas, estaban pensados para gente que ya sabía tejer, pero si había hecho la carrera de empresariales, no dejaría que unas agujas, un ovillo de hilo y aquel jaleo de abreviaturas y números encriptados pudiesen con ella. Poco a poco se fue aclarando, ese mismo otoño estrenó una bufanda que, aunque con alguna trampa que otra, se hizo como primera toma de contacto. Pensó que tal vez para enero fuera capaz de hacerse un jersey de color verde mar. El caso es que le encantaba aquel color, pero no estaba de moda, y en las tiendas no encontraba nada para comprar en ese tono. Quizá consiguiera hacerlo con un dibujo calado que le había gustado. Buscó la revista. Lo terminó en abril, pero lo terminó.


            Los mensajes del chat se le acumulaban en el correo electrónico, pasaba días sin entrar, cuando antes quemaba horas en charlas intrascendentes con gente a la que no conocía. Ahora había noches en que se le hacían las dos de la madrugada tejiendo. La televisión se convirtió en una voz sin imagen, la ponía a veces, pero con los ojos siempre fijos en las agujas. Aquello se convirtió en un vicio. Sus manos se movían cada vez con más velocidad y destreza. Ya apenas se le escapaban los puntos, no tenía que estar contando a cada vuelta, como al principio. Compró una aguja circular para hacerse cuellos altos, sus favoritos. Se ponía todo lo que conseguía crear, orgullosa del tiempo que había invertido en cada prenda. No se trataba de números, de que en cualquier boutique de temporada encontrase ropa de punto a la moda por precios irrisorios: se trataba de originalidad, de exclusividad, de creatividad, y eso era algo que no se podía pagar con dinero ni comprar en ninguna tienda normal. La satisfacción que sentía mientras veía crecer las prendas entre sus manos, vuelta a vuelta, poco a poco, era algo que nunca había experimentado. El regocijo que le producía cuando alguien le decía “¡Hey! ¡Qué jersey más guapo! ¿Dónde te lo has comprado?” y ella podía contestar “lo he hecho yo, ¿a que me quedó chulo?” era algo que ninguna otra cosa le aportaba.


            Detrás de esa afición descubrió grupos de mujeres que organizaban “trico-meriendas”, durante las cuales intercambiaban puntos originales, patrones y esquemas, tejían juntas, se ayudaban… toda una red femenina en la que encontrar risas, respuestas, consejos, experiencias, recetas de cocina y sabiduría de generaciones de otras mujeres con menos estudios, pero con muchas más habilidades.


En aquellas meriendas, Maite aprendió algo que en la facultad de ciencias empresariales nadie le había dicho: que buscando la rentabilidad de todo, incluido nuestro tiempo, solo conseguimos ser más inútiles y menos originales.

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