lunes, 2 de abril de 2012

LIBÉLULAS

            Érase una vez (porque esto es un cuento, y los cuentos empiezan siempre así) una libélula de color violeta que volaba sola. Era hermosa, con sus cuatro alas transparentes y su cuerpo esbelto y colorido. Se movía a su antojo gracias a una capacidad para maniobrar en vuelo sin parangón en el resto de especies. Pero no era una libélula como las demás. Pensadlo: si fuera un individuo corriente quizás nadie le habría escrito un cuento. Esa libélula sabía cantar, y muy bien, por cierto.
            En la charca en la que vivía todo el mundo la conocía: los sapos, las ranas, los peces, las moscas y mosquitos, los pájaros… Cuando la libélula cantaba, todos dejaban lo que estaban haciendo para escucharla. Embelesaba los oídos, hacía soñar. Pero se sentía sola. Pensaba que quizá, si encontrase otra libélula que también supiera cantar, el dúo sería mejor que cualquier otra cosa que se hubiera podido escuchar en aquella charca. En su búsqueda conoció muchas semejantes cantarinas, pero aquellas voces no eran las adecuadas para empastar con la suya. Y un día, de pronto, dio con ella. Era verde y muy bonita, más grande que las demás, pero su manera de cantar era perfecta. Y juntas entonaron sus melodías sobre el agua, haciendo que el tiempo de los otros habitantes de la zona se parase para poder escucharlas mejor.
            Una tercera libélula, de color negro, se acercó a ellas para formar trío. Aportó ideas, ritmos, y su peculiar canto. Ya eran tres. La semilla de un proyecto nuevo germinó despacito, y pensaron que quizá siendo más e incorporando instrumentos todo podría sonar mejor. Tardaron un tiempo, pero paso a paso, a medida que su fama como libélulas cantoras iba ganando terreno, otras semejantes de otras charcas se fueron animando a intentar formar parte de aquel grupo que estaba gestándose. Una amarilla de voz joven y perfecta se incorporó enseguida. Otra, de color rojizo y mayor envergadura, sabía tocar los juncos, y otra más tamborileaba una nuez vacía con un sentido del ritmo que resultó inmejorable. Apareció una, de color azul brillante, que dominaba el soplido de las cañas de la ribera, había otra que afinaba los hilos de una telaraña para después tocarlos como si fuesen un violín, y además sabía conjuntar con las demás voces. Poco a poco fueron creando un grupo completo con los instrumentos precisos y las cantadoras necesarias para que en lugar de libélulas comunes pareciesen auténticos ángeles alados. Era hora de desarrollar un repertorio.
            Todas opinaron en el momento de decidir lo que se podía cantar en aquel peculiar coro. Escogieron tonadas de las charcas más cercanas: el canto de las ranas, el de los nenúfares, el de la culebra de agua cuando se enamora y el del mosquito soñador. También echaron mano de los ritmos que traían los pájaros migratorios desde otros horizontes, y poco a poco elaboraron su particular catálogo de cantares. Ya no solamente se distinguían por su propia belleza y la de sus voces, sino por lo que entonaban en sus apariciones públicas.
            El día de su primera actuación oficial en la charca estaban muy nerviosas. Ya que cada una de ellas era de un color diferente, eligieron cubrirse las alas con la tierra de la orilla. Así todas tendrían algo uniforme en su aspecto. Cantaron, y cantaron, y lo hicieron tan bien que una cigüeña recomendó al alcalde de la charca vecina que las llamase para actuar allí. Y el sapo de otro lago más lejano oyó hablar de ellas y también las llamó. Así fue como, poquito a poco, con mucho trabajo, con toda la ilusión, aquellas libélulas se convirtieron en el grupo encantador que son hoy. Un naturalista que estudiaba los humedales de la zona acertó a escucharlas y decidió grabar aquel sonido, y… bueno, a partir de ahí ya son historia. No hay en ningún otro lugar nada que se le parezca.
            Una alondra con la que a veces hablo me ha dicho que andan preparando disco nuevo. Estoy deseando escucharlo, porque gracias al anterior yo conseguí soñar que también era una libélula, como ellas, y que le cantaba a la luna de los lagos y al sol del cañaveral, y que el viento de ribera me hacía los coros. A lo mejor con el nuevo consigo verme volando sobre los nenúfares, saludando las ondas que la lluvia provoca en la superficie del agua los días de tormenta. Cantaré de nuevo sobre sus voces aladas, y las admiraré otra vez, y volveré a decir: gracias, Madre Naturaleza, por hacer posibles criaturas así, tan encantadoras. Tan En-Cantadoras.

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