lunes, 30 de abril de 2012

MORDISCOS



            Cuando la madre de Berta murió, ella tenía veintipocos años y una hermana adolescente. Fue tan repentino que no le dio tiempo a ir acostumbrándose a lo que se le venía encima. En otros casos, la madre enferma, y los hijos se van, poco a poco, haciendo cargo de las necesidades de la casa, de modo que, cuando llega el final, ya tienen más o menos las riendas de la situación bien seguras en las manos. En este caso, no. Acostumbrada como estaba a solamente estudiar, entrar y salir, mientras mamá se encargaba de papá, de la hermana, la casa, la ropa, la limpieza y la intendencia, cuando el infarto llegó se dio cuenta de que las cosas no se hacían solas. Un palo añadido al que acababa de recibir.


            La segunda parte de su particular debacle vino cuando adquirió plena consciencia de que estaba sola ante el peligro. La hermana adolescente continuó la misma marcha: al instituto, salir, estudiar. Y ya. Su padre, que nunca había echado mano en casa absolutamente a nada, se manifestó dispuesto a seguir en esa línea. Berta tenía dos opciones: declararse en rebeldía y hacer huelga o sustituir a su madre en todas sus funciones. Al principio, por tener la fiesta en paz, hizo lo segundo y pidió ayuda. Cuando nadie se la prestó, bajó los brazos y se negó a hacer de ama de casa.


            Un par de semanas después, con la nevera vacía, la cocina chorreando grasa, el baño impracticable y montañas de ropa sucia en el cesto, el padre llamó al orden a las hijas. “Todo esto está por hacer, así que a ver cómo os lo repartís”. La pequeña dijo: “yo tengo mucho que estudiar, y además no sé cómo se hace todo eso. Y si los fines de semana me los paso lavando y limpiando, ¿cuándo voy a salir con mis amigos? ¡Ni hablar!”. Berta se mordió la lengua para no decirles lo que pensaba de ellos.


            Cuando la situación ya era insostenible, con eternas discusiones acerca de a quién le correspondía hacer las tareas domésticas, los tres sabían que era necesario adoptar medidas drásticas, pero ninguno proponía nada que fuera justo ni equitativo. Berta buscó un trabajo a tiempo parcial y se fue a un piso compartido con tres chicas más. Intentaba así hacer reaccionar a su hermana y a su padre. Decidió no verles durante, al menos, cuatro meses. Para entonces, seguramente ya habrían encontrado el modo de apañarse.


            El día en que volvió a la casa paterna, todo estaba en orden. Las camas hechas, los baños limpios, la nevera llena, la cocina pulcramente arreglada… Sonriendo, entró en el salón, donde su padre solía leer el periódico. Le dio dos besos, contenta de ver que al fin habían encontrado el modo de que la normalidad y la limpieza hubieran vuelto sin necesidad de cargarle a ella con todo el trabajo. En ese momento, una mujer entró, cargada con unas cuantas bolsas de supermercado. Tenía sus propias llaves, unos cuarenta años, piel oscura y acento cubano. “Te presento a Eliana. Nos casamos hace dos meses. Ya ves, no tienes que preocuparte por mí, sé apañármelas solo”.


            El mordisco que Berta se tuvo que dar en la lengua para no decirle a su padre lo que pensaba le dolió durante días. Después, recogió las cosas que le quedaban y se marchó. Ahora vive en Alemania, contenta de no tener que poner excusas para no ir a casa por Navidad.


Supongo que, en su lugar, yo me habría despachado a gusto, porque a veces me cuesta mucho callarme. Llamadme egoísta, si queréis. Os doy permiso.

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