viernes, 20 de abril de 2012

PLANTAS

            Esto de la memoria humana es una merienda de negros. Hay cosas que querrías olvidar y no puedes por mucho que te esfuerces, y hay otras que te ocurrieron, cosas que en su día te hicieron reír hasta producirte agujetas, y con el paso de los años las olvidaste. Menos mal que tenemos a la familia para recordárnoslas. Yo, en concreto, tengo a mi prima Mari Carmen.


            Casi todas las grandes sesiones de risas de mi infancia y adolescencia fueron junto a ella. Realmente creo que a su lado todo me hacía reír, porque ella sabía (y sabe) sacar siempre el lado cómico de las cosas. Las pocas inocentes travesuras que hice de niña las compartí con ella, y este fin de semana nos hemos reventado a reír recordando aquellas anécdotas. Hubo ratos en que la gente nos miraba caminar por la calle, tan llenas de carcajadas que parecíamos dos gaviotas locas, y debían pensar que nos habíamos tomado alguna sustancia poco legal. Salió a relucir lo de las plantas. Me dijo: “esto tienes que contarlo en alguno de tus cuentos”. Pues allá va.


            Hemos tenido la mala suerte de vivir siempre lejos la una de la otra. Ella en Soria, yo en Mallorca. Ella en Oviedo, yo en Santander. Ella en La Coruña, yo en Valencia, como el gato y el ratón. De niñas y de adolescentes coincidíamos en casa de los abuelos, en León. Recuerdo que cuando yo tenía trece o catorce años ya iba a ayudar a mi madre con la limpieza de aquel piso; hacíamos zafarrancho cada cuatro meses, viajábamos hasta allí, les veíamos, estábamos unos días con ellos y les dejábamos la casa arreglada hasta el siguiente viaje. Aquel verano vino también mi prima Mari Carmen, a la sazón una cacho tía de dieciocho añazos. Y de bandera, añado. Allí estábamos, mi madre, ella y yo, descolgando cortinas, lavando fundas de sofá, sacando armarios, desarmando cocina… bueno, qué os voy a contar, todos sabéis lo que es una limpieza general hecha a fondo.


            Mi abuela Lola tenía varios problemas, pero los dos peores eran su obesidad y la demencia senil. Le encantaban las plantas, y acumulaba macetas sin control. En los dos balcones había docenas de ellas. Intentamos tirar unas cuantas, pero se puso hecha una fiera, así que, por no enfadarla, lo dejamos estar. Un sector importante de la población vegetal estaba infectado de pulgón, arañitas, hongo negrilla y algunas cosas más; tratamos de sacar a escondidas de casa las plantas que más enfermas estaban, pero fue imposible escapar a su vigilancia. A Mari Carmen se le ocurrió envenenarlas. Así, cuando se secasen, ella misma las tiraría, y nosotras no estaríamos cerca, con lo cual no podría culparnos.


            Comenzamos echando lejía en la tierra. Cuando se nos acabó la garrafa, usamos salfumán. Añadimos limpiacristales, algo de amoniaco, detergente lavavajillas, y para rematar, las rociamos con spray para limpiar muebles. Cada producto de limpieza que caía en nuestras manos pasaba por todas las macetas antes de ser empleado para su función original. Supusimos que con todo aquello las pobres plantas morirían achicharradas en cuestión de días, y para asegurarnos de que así fuera, echamos ración extra de Cristasol en la gran regadera que empleaba para darles agua, y vaciamos el bote de abono líquido por el inodoro para sustituir su contenido con un cóctel de amoniaco y Mistol a partes iguales. Mientras íbamos perpetrando nuestra pequeña diablura, las risas volaban con cada chorro de lejía y con cada rociada de Pronto. Fue bestial, el balcón olía como una droguería entera.


            En unos días, ella volvió a Oviedo, mi madre y yo a Santander, y quedamos en escribirnos, como siempre. Nos olvidamos del tema, ya no preguntamos más por las plantas.


            Cuatro meses después, volvimos a viajar a León para ver a los abuelos. Llegamos, los besamos, dejamos la maleta en la habitación. Mi madre abrió para ventilar, y a mi me dio por salir al balcón a ver cuántas macetas quedaban. Casi me desmayo: jamás en la vida había visto las plantas de mi abuela tan sanas, frondosas y llenas de flores como entonces. Ni rastro de piojillo, ni de pulgón, ni de negrilla. Nada de nada. Preciosas. “Yo las riego como siempre, les pongo el mismo abono…” Mi madre y yo nos miramos y nos echamos a reír, y no pude evitar llamar a Mari Carmen para contárselo. No había manera de frenar aquellas carcajadas contagiosas que salían del teléfono, y terminamos las dos llorando de risa, cada una a un lado de la línea.


            Llorar de risa. Un bien cada vez más escaso. A pesar de que vivimos a casi mil kilómetros de distancia la una de la otra, este fin de semana me he dado cuenta de cuánto necesito a Mari Carmen. La necesito para que me recuerde esas cosas, para revivirlas juntas, para que me contagie su optimismo y reventemos las dos a reír en el sofá viendo pelis de Peter Sellers y de Jerry Lewis, como cuando éramos niñas. No entiendo cómo he podido pasar diez años sin abrazarla. Qué apartado tenemos muchas veces aquello que realmente importa.

2 comentarios:

  1. Me encantó...
    http://heroismoagonizante101.wordpress.com/

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    1. Roy, cómo me gusta saber que siempre estás ahí... aunque sea allá tan lejos. Bendito internet.

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