sábado, 28 de abril de 2012

SOMBREROS



            El viejo sombrerero miró las estanterías de su tienda. Cuando la abrió, cincuenta años atrás, no imaginaba cómo iban a evolucionar los tiempos. Por entonces la gente sí sabía lo que era ser elegante, marcar la diferencia.


            Salió a la puerta para mirar a los viandantes. A esa hora, frente a su escaparate pasaban cientos de transeúntes, muy ocupados, llenos de prisas, que no miraban hacia los lados. Solamente al frente, como los burros que tiran del arado, siempre surco adelante. Sin tiempo siquiera para echar una ojeada los aparadores de las tiendas. Y ninguno, absolutamente ninguno de ellos, llevaba sombrero.


            Recordó cómo eran las cosas antes, cuando inició su negocio. Los caballeros, sobre todo los de ciudad, se preciaban de ir tocados. Era señal de distinción, y además servía como elemento de comunicación no verbal. Un pequeño gesto al pasar, tocarse levemente el ala del sombrero, era un saludo común. Quitárselo ante una dama era rendida admiración, y tirarlo al aire, explosivo entusiasmo. Entregarlo al amigo era como decir: “sujétamelo, que voy a darle su merecido a este fulano”. Un niño se convertía en hombre cuando mudaba la gorra por un sombrero, y nunca antes de eso.


            En el tiempo en que el sombrerero abrió su tienda, los días de labor se usaba boina, los de fiesta gorra de paño, los ricos gustaban del Panamá en verano y el Stetson y el Borsalino en invierno, elegantes sombreros de paja con guayabera y pantalón de lino, hongo con traje, copa con frac, chisteras, bombines… Un hombre que se vestía por los pies sabía que su cabeza había de ser vestida también con la distinción correspondiente. Por eso en su tienda tenía sombreritos de paja de todas las tallas, para que desde niños adquiriesen la sana costumbre de llevar las ideas a cubierto. A los toros, impensable ir con la testa desnuda. A misa los domingos, bien arreglado y tocado, aunque, eso sí, había que descubrirse al entrar, el respeto a Nuestro Señor no admitía excusas. Asimismo, un hombre que entraba en casa ajena, en una cafetería o cualquier otro lugar techado, y no se quitaba el sombrero, denotaba una de estas dos cosas: desprecio por su anfitrión o una deplorable falta de educación. Realmente, el sombrero era un elemento muy útil para conocer a la gente.


            Pensó en los hombres de ahora. Todos vestían igual, con esos horribles pantalones vaqueros sin raya ni estilo ninguno, y si alguno veías pasar con traje, seguramente era un vendedor de algo. Solo ellos, los camareros de los buenos restaurantes y los empleados de las funerarias usaban traje a diario. El resto de los mortales solo lo hacían cuando iban a una boda, pero ni siquiera para esas ocasiones especiales ya se molestaban en usar sombrero. Y si alguna vez se ponían algo en la cabeza, era una de esas horribles gorras de béisbol americano.


            El viejo sombrerero miró a la gente que pasaba y se sintió terriblemente viejo, pasado de moda, trasnochado. Como los sombreros de su escaparate, que ya solamente eran demandados por algún cliente que quería disfrazarse de algo. El cartel de “liquidación por cierre”, que llevaba pegado al cristal seis meses, no había contribuido a aumentar las ventas. Se sintió cansado. No sabía qué hacer con todo el género que le quedaba en la tienda.


            De camino a su casa, amparado del sol de mediodía por un elegante sombrero de ala corta, pasó por la puerta de una escuela de teatro y se le ocurrió una idea. Se descubrió al entrar y preguntó por el director. La conversación duró pocos minutos, y el acuerdo fue inmediato.


            La tienda se vació en día y medio. Por un precio simbólico, la escuela se quedó con todos los sombreros. Al menos servirían para el noble arte del teatro, y el viejo sombrerero podría jubilarse tranquilo. Una vez las estanterías y el escaparate quedaron sin género, el anciano se apoyó en su bastón, cogió su Stetson favorito color camel, y con él en la mano bajó por última vez la persiana.

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