domingo, 1 de abril de 2012

UN UNIVERSO EN MI SALÓN

            Cuando a mi costillo le dio el capricho de poner un acuario en casa, no me imaginé lo que eso supondría. Y es que tener un universo entero en el salón no es cualquier cosa. Su equilibrio es delicado, unas cosas dependen de las otras, y cuando alguna de ellas falla se desencadena la catástrofe. Y qué catástrofe…


            Para empezar, hubo que llenarla. Sustrato para las plantas en el fondo, gravilla sobre ella, ruinas de coliseo romano y columnas griegas, ánforas de pecios artificiales y piedras volcánicas para procurar a los futuros moradores unos cuantos escondrijos en los que poder sentirse seguros. El agua, mitad destilada (garrafa va, garrafa viene), mitad del grifo. Luego hay que ponerle un frasquito de bacterias (¿?) para que el agua muerta se convierta en viva y habitable por los pescaditos. Unos días de reposo, y se eligen las plantas. Así, ellas oxigenarán el agua de manera natural. Pusimos las que más bonitas nos parecieron, y comenzamos a elegir los peces. Eso fue algo muy ilusionante. Estábamos poblando el universillo acuático que acabábamos de crear. Póngame dos de estos rojos, tres de estos negros para que hagan juego, tres discos de esos planos tan bonitos y una bandadita de neones.


            El primer día que convivieron en el acuario los tuvimos con la luz apagada, para que superasen el estrés de la mudanza. Al encenderla, los contamos. Faltaban dos neones. Al día siguiente otros dos. Los discos se los comían disimuladamente. Mecachis. Una parte de nuestros pobladores se estaba jalando a los pequeños. Estupendo. Hicimos un control de agua al ver uno de los black molly flotando sospechosamente boca arriba. Los nitritos por las nubes.


            Después de atiborrar de medicamentos el agua, conseguimos recuperar la estabilidad. Había que comprar otro negro, esos en concreto siempre deben estar en número de tres, a la sazón dos hembras y un machote, para que no se estresen (puñetas con el estrés). Los neones caían como moscas, unos comidos, otros por miedo. Compramos dos pececillos feos de los que se alimentan con la porquería del fondo para tratar de controlar los detritus (vulgo caquitas) de los demás, y de paso mantener los malditos nitritos a raya sin gastar en más medicamento (que vale una pasta). Después hubo que comprar un imán de algas para limpiar los cristales por dentro, y otro par de pescaditos con ventosa en la bocaza para que ayudasen con los vidrios. Feos como rayos. Para compensar, echamos un luchador de Siam, vistoso con sus velos morados y flotantes.


            Una semana después, el alga parda se hizo dueña y señora del acuario. A todo le salió pelo negro: a las piedras, al coliseo, al ánfora, a la bomba… ¡zafarrancho de combate! ¡Apaguen el calentador! ¡Desconecten los tubos fluorescentes! ¡Otro medicamento distinto! Nos dimos una tripada de rascar para quitar aquello que pasó a la historia como “la larga noche de las algas pardas”. Tremendo, pero ganamos la batalla.


            A la semana siguiente vimos una hoja flotar. Luego otra. Después, otras dos. Lupa en mano, nos dimos cuenta de dónde estaba el problema: dos diminutos caracoles terroristas se comían los tallos. Hubo que comprar dos peces payaso para que se los comieran. Carísimos. En el ínterin, las dos black molly se quedaron preñadas, no llegamos a tiempo con las parideras y los discos se comieron a los alevines; los payasos se dedicaban a escarbar las piedras y ponían el agua perdida de tierra en suspensión, el luchador cogió punto blanco y hubo que aislarlo, pero al final se murió. Uno de los discos, en pleno ataque de estrés (ya estamos con la palabreja), le sacó un ojo a otro, las dos colisas criaron un hongo raro y tuvimos que sacrificarlas, ya sabéis, viaje definitivo inodoro abajo. Aquello no había quién lo controlara. El ph del agua se disparó, botellita de medicamento al canto.


            El último año hemos sometido el universo a una prueba de supervivencia. No lo hemos tocado, ni medido el agua, ni cambiado el filtro de la bomba, ni limpiado en doce meses. Solamente hemos alimentado a los peces. Ellos se han gestionado solos el hábitat, y he de decir que han sido bastante negligentes en su empeño. Han ido muriendo de uno en uno, y los vivos se comían a los que iban cayendo para aprovechar las proteínas. Las plantas han crecido tanto que se salen del acuario, hay algas verdes por todas partes, y al final solo ha quedado uno. El más feo. El que pega la bocaza a los cristales. Si esto fuera un concurso de televisión, le habríamos premiado con un viaje al Caribe o algo así, pero como no es el caso, hoy le he dado a mi costillo un ultimátum: o limpias la pecera, o limpias la pecera. Son las diez de la noche y aún está liado peleándose con la bomba y el filtro. ¿No querías caldo? Pues toma tres tazas.


            Dentro de unos días, un nuevo grupo de concursantes entrarán en ese universo, esa pecera del Gran Hermano en la que todo se ve, el acuario de mi salón. A ver si tengo suerte y no se me estresan y empiezan a comerse unos a otros, porque si no la que se va a estresar del todo soy yo, y acabaré llamando al trapero para que se lleve el armario, la pecera, el coliseo romano en ruinas y toda la parafernalia. Palabrita del niño Jesús.

1 comentario:

  1. jajajaja. Buenísimo. Gracias por volver a hacerme reír, pensaba que esta horrorosa semana para mí, terminaría como empezó, apenada y con pocas ganas de nada. Pero gracias a tí y a este "universo tuyo" me estoy partiendo literalmente. Estos hombres y sus ideas, un acuario...Pregúntale de mi parte, si con el perro, gatos, creo que también tienes, y las niñas, no tenía bastante, jajaja. Que tío. Encima un acuario, que por lo que cuentas, que barbaridad, hay que ser ingeniero agrónomo para llevarlo adelante. Madre mía. Bueno guapa suerte con el próximo grupo, a ver si no presentan tanta batalla. Bszos y gracias por estos retales divertidos de tu vida.

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