jueves, 12 de abril de 2012

VIAJES

            Cuando uno se pone en viaje, piensa en muchas cosas. Habitualmente, todas o casi todas están relacionadas con el motivo del desplazamiento. En mi corta vida (digo corta porque ahora la esperanza de vida de las mujeres supera los ochenta años, y yo no he llegado aún al ecuador de esa cifra, así que me auguro un futuro largo por delante) he hecho algún que otro viaje, y no imaginé nunca que hubiera motivos de tanta índole para montar una maleta y salir corriendo.


            La música ha sido mi pasaporte en muchas ocasiones. Alguien me dijo un día que los pobres tenemos más oportunidades de viajar si nos ampara una partitura, y tenía razón. Francia a los dieciséis, Alemania a los veinte, Portugal a los veintidós, Italia a los veintitrés, con mi laúd a cuestas y el traje de folklórica o concertista en la maleta. Mi bautizo del aire, mis primeras fronteras superadas, tuvieron fondo musical. Bueno, las primeras y todas las demás, porque aún no he salido de España sin mi laúd o mi saxofón a la espalda.


            Dentro de España, sin embargo, he viajado más y por razones más diversas. Por amor, el camino Santander-Valencia no crió hierba durante mucho tiempo, pero por cada vez que yo lo hacía, mi costillo lo recorría diez veces (pobre, en tres vidas que viva no le podré pagar todo lo que ha padecido por conquistarme). Por trabajo no he necesitado nunca viajar, aunque no descarto que, si esto de darle a la tecla prospera, acabe firmando libros (ojalá, ojalá, ojalá, ojalá…) por todos los rincones del país. Ya sabéis, soñar no cuesta dinero.


            Por familia, sin embargo, viajé, viajo y viajaré. Porque los amigos los elegimos, la pareja también, pero la familia es la que hay, la sangre habla, y aunque he adoptado, a lo largo de mi vida, muchos hermanos postizos (que es como yo llamo a mis amigos más queridos), los que de verdad son hermanos y primos, sobrinos y tíos, personas que comparten antecedentes conmigo y con los que he vivido cariño, experiencias y ocasiones, días y noches, con los que he dormido, comido, reído, aprendido y rezado, bien merecen sacudirse la rutina, cargar el coche y ponerse en marcha.


            Por la familia he hecho muchos kilómetros, y los que me quedan. Ha habido viajes muy alegres, viajes muy tristes… de todo. Viajé para casar algunos de mis primos, también a mi hermano, para bautizar a mis sobrinos y celebrar sus comuniones, y tengo recuerdos estupendos: Barcelona, La Coruña, Santander, León. Fueron viajes felices, alegres, divertidos, entrañables y llenos de cariño. También he viajado para despedir a algunos familiares. Dos abuelos, los de mi padre, fueron primero. Ya sabéis, la ley de la vida. Lo malo fue cuando hice cuatrocientos infernales kilómetros, llenos de lluvia y llanto, para decir adiós a alguien a quien amaba mucho y cuya vida segó un conductor imprudente. Ese día yo también morí un poco, murió mi inocencia de niña y vi lo puta (sí, he dicho puta, y me perdonaréis por ello) que es la vida. Veintiún años no son edad para morir, le quise y le quiero con delirio, y por lustros que pasen no olvidaré lo que sentía por él. Cada cosa que ocurrió esos días, cada detalle, cada palabra, se han fijado en mi memoria para siempre. Después fallecieron los otros dos abuelos, el padre de mi marido, algunos de sus tíos. Pero ninguno, nunca, me ha dolido tanto como la tuya, “chimplingas”.


            He viajado por más razones. Para echar una mano, para participar en un concurso de televisión, para hacer turismo, para ver las actuaciones de mis cantantes del alma, que se han convertido en mis amigos poco a poco, e incluso una vez viajé, en condiciones deplorables, para llevar un sacaleches a una de mis “hermanas pequeñas adoptadas” que, recién parida, se moría de dolor y no sabía qué hacer con su bebé, que no mamaba bastante. Mi coche siempre está a punto y en la puerta, mi otra mitad se sacude el sueño y me acompaña a donde haga falta (gracias, gracias, gracias, gracias, mi vida), y yo… bueno, yo me siento un ser humano deplorable si no muevo el trasero para ir a donde sea cuando algo no va bien.


            Pronto saldré de nuevo de viaje. Esta vez el coche lo conduce la incertidumbre. Novecientos kilómetros no son nada si se trata de ir a hacer reír a alguien que me sostuvo de bebé, que me ha hecho amar los chistes de Arévalo, las canciones de Abba y las pelis de James Bond, conocer las minas de carbón, adorar el cocido de mi madre, apreciar el vino bueno y también el regular, querer a los perros y… bueno, y quererle a él, con sus rarezas y sus arranques, pero también con su risa, sus bromas y su manera de ver la vida. Voy sin saber si su mal tiene solución o no, pero si no fuera no podría perdonármelo jamás.


            Se espera lluvia, nieve y un tiempo espantoso para estos días. Me da igual. Voy a verte, a tirarte de la oreja, y con un poco de suerte, dentro de unos meses me devolverás la visita. Si no la hay… bueno, ya pensaremos en eso si ocurre. Yo confío en ti y en tus ganas de dar guerra.


            No te vayas, por favor.

2 comentarios:

  1. Muy bueno,
    y además con premio: Premio Liebster

    http://perrogemelo.blogspot.com.es/2011/02/mi-primer-blog.html

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  2. Ánimo Su, ánimo y suerte y fuerza, mucha, TODA, la que puedo mandarte.
    Un Besazo muy gordo.

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