viernes, 18 de mayo de 2012

ACOSADORES



            Lirio trabajaba en un pequeño taller de manufacturas. Eran once chicas y un chico. Y su jefe tenía un impresionante mal genio. Su jornada cubría ocho horas por el salario mínimo, y en la temporada alta, de septiembre a diciembre, se hacían tres horas extraordinarias obligatorias (pagadas en dinero negro, por supuesto) cada tarde, y seis los sábados por la mañana. Usaban colas y pegamentos, y el local no contaba con las condiciones y la ventilación necesarias, pero nadie hacía preguntas, ni tampoco protestaba. La cosa estaba difícil para encontrar trabajo, y un sueldo pequeño era mejor que nada.


            Cuando llevaba tres años en aquel taller, Lirio se quedó embarazada. El mismo mes, otra compañera, recién casada, también cayó en estado. Lirio lo dijo enseguida. La otra, temiendo represalias, no dijo nada.


            Al cuarto mes de embarazo, Lirio no paraba de vomitar. Perdía peso alarmantemente en lugar de ganarlo. Pasaba once horas diarias frente a una máquina, en un cubículo diminuto, soportando el continuo movimiento mecánico, el calor que desprendía y el ruido. La manejaba con las dos manos y un pedal, con lo cual trabajaba todo el tiempo con un pie levantado y todo su peso sobre el otro. Los dolores de espalda y caderas, las ciáticas y los mareos no dejaban de acosarla. Durante unos días trató de hacer el mismo trabajo, pero sentada en un taburete alto para descargar sus piernas durante algunos ratos.


            Una mañana la llamaron al despacho. “No te puedes sentar, no rindes igual y das mal ejemplo al resto de empleadas”. Lirio pidió entonces un cambio de puesto a otro lejos de la máquina, en el que al menos pudiese repartir su peso y el de su embarazo en las dos piernas por igual. “Tú estás aquí para hacer ese trabajo. Si no puedes, márchate a tu casa”. Salió llorando de allí. Se lo dijeron gritando. La otra empleada aún no había comunicado su estado, y viendo lo que ocurría con Lirio, no se decidía, pero pronto no podría esconderlo más.


            Cada visita médica, cada análisis, cada prueba que le tenían que hacer a Lirio originaba una protesta en su jefe; llegó un punto en que, cuando tenía que pedir permiso para ausentarse, no dormía desde dos días antes pensando en la bronca, en las posibles represalias. “No te pondrán ninguna prueba por la tarde, no, solamente en horario laboral, para que yo te pague por no trabajar”. Para la prueba del azúcar gastó un día de vacaciones. La otra chica, que ya estaba de cinco meses, no tuvo más remedio que decirlo. Las dos fueron llamadas al orden. “Aquí trabajáis casi todo mujeres. Que no vuelva a ocurrir que os dejáis preñar dos a la vez, y menos en temporada alta. Organizaros como queráis, pero esto no voy a permitirlo más. Perderéis el empleo. Os va a tocar la baja por maternidad cuando más faena hay, y si no venís yo pierdo dinero enseñando a otra”.


            La matrona puso el grito en el cielo después del octavo kilo perdido por Lirio. A los cinco meses de embarazo lo normal es ir ganando peso, no lo contrario. Le ordenó una baja médica inmediata que duró un mes; ella, sin la presión y el acoso de su jefe, sin el calor, el ruido, los olores de las colas, recuperó el apetito y comenzó a mejorar. Cuando se reincorporó, con la recomendación específica del tocólogo para ser cambiada de puesto y alejada de la máquina y los adhesivos químicos, vio cómo su jefe, después de darle la bienvenida, le decía de nuevo: “Tú estás aquí para hacer ese trabajo. Si te niegas, ya te puedes marchar. Las otras cosas las puede hacer cualquiera”. Aguantó, porque necesitaba el dinero, hasta que los dolores de espalda por pasar ocho horas sobre una sola pierna fueron insoportables. Ocho meses de embarazo infernales, en absoluto disfrutados, más bien padecidos, por culpa de un empresario sin piedad ni escrúpulos, sin humanidad y sin más amor que el dinero.


            La otra empleada y Lirio dieron a luz la misma semana, durante las vacaciones de verano. Aquella se reincorporó al trabajo al finalizar la baja maternal, pero a la tercera vez que pidió permiso porque el bebé tenía que ir al pediatra su contrato no fue renovado. Lirio lo pensó despacio, echó cuentas y decidió que su hija era más importante. Que no le iban a robar ni a amargar la primera infancia de su bebé igual que le habían amargado el embarazo. Ni siquiera le arreglaron los papeles del paro. “¿Te quieres ir? Pues ya lo podías haber dicho antes”. Y se acabó.


            Hay muchas maneras de acosar a una trabajadora. Por estar gorditas, por ser guapas, por estar embarazadas, por ser demasiado cumplidoras, por… la cantidad de argumentos que esgrimen los acosadores, que solamente esconden en el acoso su complejo de inferioridad y sus propias carencias e incapacidades como profesionales y como seres humanos, es enorme. Y la ley no es suficientemente rigurosa con ellos. Vivir con esa persecución en el puesto de trabajo, con esa tensión, con ese malestar, con la impotencia de no verse defendido de quien abusa de su posición, roba el sueño, la tranquilidad, el apetito y la salud a muchas mujeres cada día. Lirio no denunció, quizá por miedo, quizá porque no se vio respaldada por la ley ni por sus propias compañeras. Debió hacerlo.


            Mi niña, no caigas en el mismo error. Un salario no vale tu bienestar ni tu dignidad. Documéntate y denuncia, porque él no va a parar, y cuando tú abandones, deprimida, destruida, vencida, él escogerá otra presa. No se lo permitas. Sé valiente.

No hay comentarios:

Publicar un comentario