miércoles, 2 de mayo de 2012

CASI CUARENTA



            Podría contaros la historia de hoy como lo hago otras veces: le coloco un nombre supuesto, otros tiempos verbales, y pasa por invención. Esta vez no. Esta vez le pongo mi nombre, la cuento en primera persona y con fecha de hoy. Calentita, calentita, recién salida del horno.


            Hoy me han rechazado en un trabajo. Otro más. Sin verme. Sin probarme. Y eso que iba recomendada. No era gran cosa, desde luego. Servir mesas los fines de semana en un restaurante de bodas, un trabajo que jamás habría aceptado si las cosas fueran como deberían ir, pero a estas alturas, para ir tirando, me servía. Iba a hacerlo a costa de aplastar mi vida familiar y musical durante un tiempo, a cambio de los cochinos euros de los que dependemos para vivir.


            No me han rechazado por falta de experiencia, ni de nivel cultural (ahí pones y quitas platos y sirves bebidas, no das discursos ni conferencias). Me han desechado porque soy mayor.


            Soy mayor. Mi fecha de nacimiento dice “diciembre de 1972”, echad cuentas. Él necesitó sacar la calculadora para averiguar que tengo 39, casi 40. Eso es ser mayor. Hay que joderse, y siento la expresión vulgar y soez, pero como parece que la buena educación no sirve de nada a la hora de buscar empleo, me voy a tomar la libertad de ser, por una vez, un pelín grosera.


            39 años. A mi edad, muchas mujeres están pensando aún en ser madres por primera vez. Yo ya crié mi prole. Me sobra experiencia tratando con la gente, soy cantante, soy músico, soy escritora, he llegado a dirigir bailes y juegos en los que han participado más de cien personas a la vez, y, modestia aparte, se lo han pasado en grande. He toreado clientes durante cinco años, he fabricado y fabrico buenos ratos, alegría y emociones desde hace mucho, y lo seguiré haciendo, he salido en televisión y me han vuelto a llamar por simpatía y bagaje cultural, pero para servir mesas ya soy mayor. Aún me silban los albañiles por la calle, pero no. Para ese empresario, 39 años quieren decir que ya no sirvo.


            El argumento es que “los jóvenes tienen más ganas de trabajar que los de cuarenta”. Permitidme que me ría a carcajada limpia. Sin quitar mérito a los veinteañeros, que tienen seguramente tantas ganas de currar como yo, a ellos el banco no les exige cada mes el plazo de la hipoteca, ni el del coche. Sus hijos no dejan la ropa y los zapatos pequeños cada seis meses, no tienen que llenar la nevera cada semana, no saben lo que es la vuelta al cole. Está claro que generalizar nunca fue bueno, yo sé que algunos de ellos tienen responsabilidades familiares, pero si miráis a vuestro alrededor veréis que son una minoría. No creo que tengan más capacidad ni más ganas que los de cuarenta. Como mínimo, las mismas. Que se excluya a alguien por rozar la cuarentena me da vergüenza ajena. Ajena, porque yo no me avergüenzo de mis años, ni de mis experiencias. Solo quería un respiro económico.


Lo siento por ti, chato. La empresa es tuya, tienes derecho a equivocarte en las decisiones que tomas, desde luego. No seré yo quien publique el nombre de tu negocio para desacreditarte, más que nada porque hay un puñado de jóvenes que dependen de ti para comer, para salir de marcha, para pagar las tasas universitarias del curso que viene o para lo que les dé la gana. Pero ten en cuenta que los que celebran su boda en tu salón rondan mis años. Los que celebran los bautizos de sus hijos en tu salón no me andan lejos. Los que celebran la comunión de sus hijos en tu salón me sobrepasan en edad casi todos. ¿Crees que son más felices viendo imberbes sirviéndoles la mesa? Ni les va, ni les viene, pero te pagan. Vives de ellos, y de algún modo los estás menospreciando.


Sé que a vosotros, los que me leéis, esto que os cuento os suena de algo. A muchos os ha pasado alguna vez. Seguro que os sentísteis insultados, como me siento yo. Si con casi cuarenta ya soy mayor, ¿qué haré hasta los sesenta y siete? ¿Vegetar? ¿Calceta? No. Me niego. Tengo casi cuarenta, estoy perfecta, guapa, sana, ágil, valgo mucho, sé mucho y tengo mucho que ofrecer. Si no saben verlo, tienen un serio problema. A todos los que estáis como yo, os animo a no rendiros. Los de neurona corta, por muy empresarios que sean, antes de decidir, que se miren al espejo. Para ellos también pasan los años. Y a todo cerdo le llega su San Martín.


P.D: Mi hija de ocho años, cuando se ha enterado, ha dicho: “que les den. Se pierden a mi mami”. He hecho un buen trabajo con su crianza. Me la he comido a besos.

1 comentario:

  1. Siento que no hayas conseguido el trabajo, pero me alegro de que te haya servido para hacer un buen repaso de tus cualidades y tener muy claro lo que vales. Anímate a hacer algo con todo lo que tu sabes. Yo tengo 50 años y es desde hace cuatro o cinco que he comenzado a dar talleres de cuentoterapia, inteligencia emocional, envejecimiento activo...Jamás hubiera pensado que iba a trabajar con lo que más me gusta: los cuentos y las canciones. Anímate y lánzate a vender todo lo que sabes. No pierdas el tiempo con lo demás. Un enorme abrazo. Canta y cuenta que es lo tuyo.
    Anabel

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