miércoles, 30 de mayo de 2012

DIBUJADA EN SU PIEL



            No sabía su nombre. Ni siquiera a qué olía su pelo rubio. Solamente recordaba la firmeza de su abrazo, la tibia suavidad de sus manos, el dulce sabor a vida de su pecho, y la mariposa que, dibujada en su piel, dormía quieta mientras él bebía, calmando hambre, sed, ansiedad y miedo de días. Tan grabado se le había quedado aquel dibujo que la imagen del insecto alado apareció en sus sueños durante años.


            Él había llegado en una patera. Era solo un bebé de dos años, una vida corta y negra, de pelo ensortijado, que huía de la miseria sin saberlo. Cuatro jornadas había durado la travesía. Cuatro amaneceres, cuatro eternas noches, cuatro abrasadores días en los que su madre, exhausta, sedienta y al borde del desfallecimiento, trataba de amamantarlo sin éxito porque su pecho se había secado. Él trataba de exprimir aquel trozo de pellejo oscuro, lo intentaba hasta hacerla sangrar. Tenía hambre,  quería vivir. Ya ni siquiera podía llorar, no le quedaban lágrimas, no podía desperdiciar ni una gota de agua en llanto inútil. Los hombres, nerviosos, le gritaban para que callara, porque sus quejidos no hacían sino añadir desesperación a aquel hatajo de desesperanzadas sombras humanas.


            Al llegar a la playa, los bañistas, perplejos, no sabían cómo reaccionar. Tomaban el sol con sus neveras llenas de refrescos y cervezas, sus bikinis y sus cremas para proteger las blancas pieles del acecho del astro. Veinticuatro negros: doce hombres, ocho mujeres, cuatro criaturas. La madre del bebé se derrumbó de bruces en la arena, dejando caer al niño. Hasta ahí le llegaron las fuerzas. Una mujer blanca fue la primera en reaccionar, y mientras el resto de sorprendidos veraneantes aún no había alcanzado a comprender lo que estaba ocurriendo ante sus ojos, habló, antes que ninguno, el instinto de madre. Recogió al pequeño de la arena ardiente, se sentó bajo la sombrilla, se descubrió el pecho, y mientras lo acariciaba con ternura ignoró el llanto hambriento de su propio hijo y sació primero la sed y la desnutrición del bebé negro que había traído la marea, acunando, calmando su miedo, mirando al fondo de sus ojos profundos y oscuros. Ella tenía esa mirada que solamente poseen las madres mientras entregan su cuerpo para que los hijos sepan que la vida es posible, dulce y hermosa. Y él, después de tanto frío, calor, hambre, sed y miedo, se durmió mamando del pecho blanco mientras miraba la mariposa, quieta, tatuada sobre su cuello.


            No supo más de ella. Todos los ocupantes de la patera fueron atendidos de sus heridas y enfermedades, para luego ser devueltos a la miseria de la que trataban de escapar. Aquella aventura enseñó al niño negro a odiar las barcas y a amar las mariposas, como la que llevaba esa madre pálida y transitoria dibujada en su piel.

1 comentario:

  1. me encanta leerte siempre dejas un mensaje en tus entradas, abrazo

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