martes, 29 de mayo de 2012

EL BANCO DEL PARQUE



            Emilio veía el banco del parque a diario desde que era pequeño. Era el típico banco de parque, con sus láminas de madera, su forma de banco de parque, su color de banco de parque. Allí se sentaba a merendar de niño, junto a la abuela que hacía calceta. Allí dejaba los libros al salir de la escuela, la peonza y la bolsa de canicas.


            La mimosa bajo la que estaba situado lo llenaba de su lluvia amarilla cuando florecía, la luna lo miraba cuando se asomaba al cielo, el sol calentaba la pintura plástica en verano y hacía que oliese como la droguería de la Señora Paca. Muchos nombres fueron escritos, rayando con una llave o una navajuela, sobre su superficie. Nombres solos y acompañados, con corazón o sin él. Y algún que otro insulto, producto de las primeras malicias adolescentes de alguna de las generaciones que se habían sentado en él.


            Emilio recordaba muchos descubrimientos asociados a aquel bendito banco: el primer cigarrillo furtivo, las tardes de pipas y confidencias entre amigos, lo mucho que se reían de él cuando se negaba a tirar las cáscaras al suelo y las iba depositando en una bolsita para después dejarlas en la papelera más cercana. También el primer trago de cerveza, los primeros besos con una chica del instituto…


            Le tenía cariño a ese asiento público, sentado en él había vivido muchas cosas y lo consideraba un poco suyo, como una extensión de su casa. Allí iba, paseando, con Clara, y allí mismo, bajo la mimosa en flor, le puso el anillo. Grabó sus nombres en la enésima capa de pintura, sabedor de que antes o después los funcionarios del ayuntamiento pintarían encima y la marca quedaría oculta y prisionera, preservada para siempre bajo el manto verde oliva que esparcían con sus brochas. Allí también había descansado con sus hijos, allí había llorado la muerte de ella, acompañado solo por las palomas del parque, hasta que los nietos mayores, preocupados, fueron a buscarle. Aquel lugar le recordaba tanto a Clara que, desde su marcha, no había un solo día que no fuera a sentarse un rato, para sentirla más cerca, mirar las mimosas y recordar su risa.


            La remodelación del viejo parque le cogió por sorpresa. Una mañana fue hasta allí y no le dejaron entrar. Miró el banco desde la valla, dudando. Al fin se decidió, fue al ayuntamiento y preguntó. Efectivamente, iban a arrancarlo de su sitio. ¿Adónde iría ahora a sentir a Clara? Ofreció dinero por él, y el funcionario se echó a reír. “Caballero, si tiene vehículo para llevárselo dese prisa en ir a por él, antes de que lo tiren en el vertedero”.


            Lo hizo poner en el pequeño cementerio donde reposaba ella; después compró una mimosa y la plantó detrás. Sabía que  Clara volvería a buscarle cuando la lluvia de pétalos amarillos cayese sobre el banco, de modo que, en cuanto vio las primeras flores asomar, se puso su mejor traje, limpió el asiento con un pañuelo y esperó. Ya se ocultaba el sol cuando oyó sus carcajadas, limpias como el agua. La sintió sentarse junto a él, cobijar la cabeza junto a su cuello. “Perdóname, cariño. Llego tarde, como siempre. Siento haberte hecho esperar”. Emilio, feliz, la abrazó con fuerza. Ya no sentía frío. Cerró los ojos y agradeció al cielo no tener que volver a echarla de menos.

1 comentario:

  1. disfruto mucho tus entradas es un placer leer tus relatos, abrazo!

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