jueves, 31 de mayo de 2012

EL CURA DE MI PUEBLO



            Cuando nos dijeron que el párroco se marchaba no nos extrañó demasiado. Estuvo muchos años, pero no supo hacerse con la gente del pueblo. Es lo que tiene ser sub-parroquia, que no tenemos titular, compartimos el cura con otra parroquia del pueblo vecino. Se ve que éramos faena añadida y molestábamos. El hombre daba misa con cara de acelga, y al final se quedó solo con las cuatro abuelillas fijas. Los domingos no llenaba más que cuatro bancos, se cansó de llamarnos ateos y descreídos, y pidió el traslado.


            El nuevo cura llegó en vísperas de Todos los Santos. Cuando le vimos, y sobre todo cuando le escuchamos, nos pusimos todos a buscar la cámara oculta. Aquello no podía ser un sacerdote, el obispado nos la estaba colando hasta el fondo. Seguramente era una pequeña venganza por el poco éxito de público en las misas, habían mandado a un actor “a darnos p’al pelo”, como vulgarmente se dice. A escarmentar a la feligresía descarriada del pueblo. Y luego, una vez estuviéramos convenientemente vapuleados, vendría el cura de verdad a restablecer el orden.


            Aquel hombre era lo más parecido que he visto yo en mi vida al león de la Metro, pero en humano. Corpulento, con una melena rizada color miel y un rugido en las homilías que dejaba a los parroquianos con el pelo hacia atrás y ganas de esconderse debajo del banco. Tremendo. Al contrario que el anterior pastor de almas, no solo quería saber cada cosa que se hacía y deshacía en la iglesia, sino también supervisarla. Incluso la limpieza. Todo.


            Con el paso de los meses, el cura se fue dando cuenta de dónde estaba el problema en el pueblo. No es que la gente no creyese en Dios, sino que la indolencia, la falta de implicación y de contacto (amén de la ausencia de higiene dental, no había cristiano que se acercara a confesarse) del anterior sacerdote había ahuyentado a la parroquia. No había sabido atraer a los chiquillos, ni a los jóvenes. Ni a nadie. Una iglesia sin coro, sin misa para los niños, sin grupo de scouts, sin… sin sal, sin pimienta. Un lugar al que se iba por obligación a los entierros, bodas, comuniones y bautizos, y del que la gente huía el resto del año. Nadie encontraba allí el consuelo y el refugio que se suponía deben hallarse en ese lugar y en su ministro.


            El cura nuevo continuó siendo terrible durante muchos meses, sin cortarse ni un pelo a la hora de llamar sinvergüenzas a los que iban solo el día de la fiesta del pueblo para llevar el anda y figurar, a los padres que llevaban los niños a misa los domingos para que pudiesen tomar la Primera Comunión y se quedaban mientras tanto tomando una cerveza en el bar de enfrente en lugar de entrar, y en general a todos los que según él no estaban cumpliendo con lo que debían ni como debían.


            Contrariamente a lo que yo pensaba, no era un actor. Era el cura de verdad, y aquí sigue, para regocijo de algunos, indiferencia de otros y castigo de indolentes y descreídos, dejando claro todos los días que ser cristiano es algo más que cuatro fiestas a lo largo de la vida, una procesión al año vestidos de bonito y un entierro del que ya ni te enteras (básicamente porque estás en la caja bastante muerto). Si lo quieres lo coges, y si no lo dejas, pero si entras en su iglesia te tienes que atener a sus normas, y no tratar de torearle porque a los leones no se les torea.


            Hay muchas cosas en la Iglesia Católica con las que no comulgo, pero a fuerza de tratarle, este cura me está cayendo bien, y cuanto más lo critican en el pueblo, mejor me cae. La gente tiene poca costumbre de que le digan las verdades a la cara, y a mí me regocija verle poner a muchos en el sitio que les corresponde. Menos obispos, menos cardenales, y más curas de a pie, que trabajen con y por la gente. Menos oro en el Vaticano, menos inversiones en bolsa y dinero en cuentas ocultas, menos reverencias a los poderosos y más compartir con los que lo necesitan. Menos creerse brazos ejecutores de Dios y más humildad. Menos soberbia y más conciencia de que son tan pecadores como nosotros (algunos mucho más, me atrevo a decir), de que no poseen la verdad absoluta de nada, y de que si de verdad quieren practicar la caridad cristiana deben hacerlo despojándose de lo que tienen. Dios no quiere dinero, sino almas. Él mismo mandó a su hijo a la Tierra poniéndole en una familia humilde.


            Espero que el cura nuevo no se acomode. Que siga llamando a las cosas por su nombre y metiendo el dedo en el ojo a quien se lo merece, que continúe pidiendo a la gente que se implique siendo él el primero en hacerlo. Nos ha tocado vivir malos tiempos, ya nadie se moja por nadie. Tal vez él consiga que unos cuantos metan los pies en el río y las cosas mejoren.

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