martes, 1 de mayo de 2012

EL RELOJ DEL CAMPANARIO



            Hace seis siglos, cuando se dibujaron los planos de la nueva iglesia, se le encargó al relojero más experto la fabricación del reloj que, desde lo alto del campanario, marcaría el discurrir del tiempo a toda la ciudadanía. Treinta años se tardó en finalizar aquella obra, orgullo del obispo y del alcalde. Para entonces, el relojero ya tenía más de sesenta años, todo un anciano en aquella época. Instaló la gran esfera, ensambló la maquinaria, lo puso a punto. Funcionaba como lo que era: un reloj.


            La mañana de la primera misa, con la flor y nata de la ciudad dentro del templo y el resto de la población fuera, el reloj dio también sus primeras campanadas, asombrando a la gente. Desde entonces, aquella máquina precisa de medir el tiempo fue la referencia del día a día de la ciudad. “Nos vemos a las cuatro bajo el reloj”, “cuando ocurrió todo acababan de tocar las seis en el reloj del campanario” o “si cuando toquen las ocho en el reloj no estás en casa te castigaré sin salir un mes” eran frases comunes entre los que allí vivían.


            Sucedió que el maestro relojero, ya muy viejecito, falleció una noche durmiendo, plácidamente, en su cama. Y el reloj, igual que su corazón, dejó de latir. Trajeron para repararlo a los relojeros más afamados del país, pero ninguno encontraba la avería. Los ciudadanos, acostumbrados a regir sus días por aquel reloj, se encontraban raros, como perdidos. No hubo manera de repararlo, y la esfera quedó inmóvil y muda por espacio de once años. Una mañana, sin embargo, las campanadas de las ocho sorprendieron a todos. La gente se arremolinó alrededor de la iglesia. Los más pequeños no conocían aquel sonido, los mayores lo recordaban con nostalgia y se alegraron de volver a escucharlo. La maquinaria se había puesto en marcha y funcionaba como si jamás se hubiera parado. Nadie sabía por qué.


            Aquel día, la mujer del quesero había dado a luz un niño varón. “El niño que nació el día que el reloj volvió a funcionar” oyó tantas veces en su infancia esa frase que, al crecer, se metió de aprendiz en el taller de un relojero. Quería aprender el oficio, una profesión a la que, sin él saberlo, estaba destinado. Se hizo mayor, y sus manos se convirtieron en las más hábiles fabricando y reparando máquinas de medir el tiempo. Él mantuvo, engrasó y ajustó el reloj de la iglesia desde que alcanzó la maestría hasta el día que murió. Fue exactamente a las once y cuarto, cuando aquel caballo se desbocó y lo arrolló mientras paseaba. Y en ese punto se quedaron las agujas, en las once y cuarto, porque se paró de nuevo a la vez que la vida de su relojero.


            No hubo manera de arreglarlo, el reloj estaba esperando de nuevo a que naciese aquel que latiera con él, que viviera por y para él, y no podía ser cualquiera. Esta vez transcurrieron seis años de silencio e inmovilidad. El único niño que vino al mundo ese día era hijo de una de las prostitutas que trabajaban junto a la muralla de la ciudad, y a pesar de que el obispo se negaba a admitir que él fuera el elegido, no le quedó más remedio que procurarle escuela, maestros y medios para que llegase a ser relojero. De nuevo, a su muerte, que ocurrió a la sorprendente edad de ciento dos años, ambos corazones se pararon en el mismo segundo.


            Sesenta y cuatro años. Ese fue el tiempo que tardó en llegar el siguiente elegido. Costó mucho averiguar cuál de los niños nacidos ese día era el destinado a relojero, de hecho tuvieron que hacer que todos comenzasen en el oficio. Seis de ellos abandonaron durante el primer año de aprendices. De los cuatro restantes, uno murió ahogado mientras se bañaba en el río, pero el reloj siguió caminando. Otro iba perdiendo vista a gran velocidad, de modo que no pudo continuar con su formación, para la que es precisa una gran agudeza visual. Los otros dos llegaron a maestros relojeros, y compartían el cuidado de la maquinaria del reloj, porque era imposible saber cuál era el que lo animaba con su vida y cuál no. Al morir el primero de ellos dos, las agujas se detuvieron. El otro no volvió a subir a la torre de la iglesia, y se dedicó solo a los relojes domésticos y de pulsera, que se usaban ya por entonces de manera habitual.


            Veintiséis años después, a las tres de la tarde de un viernes, en casa del carnicero nació una niña, y su primer llanto fue acompañado de tres campanadas, sonoras y precisas.

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