domingo, 20 de mayo de 2012

EL TINTINEO DE SUS CADERAS

            Nunca había visto una bailarina como aquella. Había leído sobre ellas, sí. Pero jamás había tenido ninguna delante. Ella agitaba, serpenteando, su cuerpo semidesnudo, los senos cubiertos con un exiguo corpiño de lentejuelas, los brazos a piel viva, los lunares y dibujos de henna llenando de arabescos los alrededores de su ombligo, la melena morena y ensortijada cayendo sobre la espalda tostada. El pañuelo traslúcido, cuajado de colgantes monedas doradas, se enroscaba alrededor de aquellas caderas mágicas de las que no podía apartar los ojos. Era como una leyenda que había tomado forma, de repente, frente a él.


            El local estaba poco más iluminado que una cueva. Se servían exóticos tés, pastelillos de miel y sésamo, whisky y todo tipo de bebidas alcohólicas. El ambiente era artificialmente árabe, imitaba el interior de un palacete moro, o al menos la idea que el decorador tenía de lo que debió ser la casa de un adinerado musulmán de siglos atrás. El incienso ahumaba y perfumaba el aire, desdibujando los contornos y haciéndolo todo un poco más irreal. Entró allí atraído por la música, y se quedó al ver a la bailarina. Pasó por alto el hecho de que aquello, evidentemente, era un local de alterne.


            Bebió bastante, era la condición indispensable para que le permitiesen seguir viendo a aquella serpiente de melena oscura, para seguir escuchando y vibrando con el tintineo de sus caderas. Fue un pajarillo fácil de cazar. Pagó, borracho, la cuenta de sus bebidas, que fue convenientemente inflada por el avispado empresario, un sujeto malencarado que escondía su desvergüenza bajo una chilaba, mal disfraz de ladrón secuaz de Alí-Babá. Él pidió quedarse un rato más, le ofrecieron una “entrevista privada” con la bailarina hipnótica. Accedió.


            No era ella, y lo supo desde el primer momento, pero no dijo nada. Cerró los ojos y se dejó acariciar, soñando que sí lo era, que el ombligo que se agitaba sobre el suyo estaba rodeado de sinuosos dibujos orientales, que la melena que se movía rozándole la cara y el pecho era morena y rizada, pero su cuerpo no respondía. El olor del incienso aún le llegaba hasta las sábanas sobre las que estaba tendido, pero no. No podía, a su sueño borracho y delirante le faltaba el tintineo de sus caderas. Sin abrir los ojos, se lo pidió. Ella, silenciosa, salió de la habitación.


            La bailarina, que estaba haciendo un “servicio” en otro reservado, no tuvo problemas en prestarle a su compañera el pañuelo de monedas que empleaba para su espectáculo. Él no quiso mirar para no romper su propio engaño consciente, le bastó el sonido rítmico de las brillantes plaquitas doradas para cumplir su fantasía.


            Pagó, y pagó bien. Solo puso una objeción antes de entregar su tarjeta de crédito: quedarse con aquel velo cuajado de brillantes suspiros de metal, algo que le procurase en cualquier momento la ilusión de dejarse llevar por las caricias de la bailarina del vientre.



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