sábado, 26 de mayo de 2012

EUROFANS



            Lo confieso. Soy una eurofan, una eurofriki, una euro-loca-perdía. Me ha gustado desde que no abultaba un palmo del suelo, y lo he visto casi todos los años de mi vida, con alguna excepción de fuerza mayor. Observo, critico despiadadamente, ensalzo hasta la extenuación, califico, protesto, reniego… puedo pasar por veinte estados de ánimo distintos en cada festival, sin despeinarme. Una montaña rusa emocional sin moverme del sofá: ¿qué más se puede pedir?


            La verdad es que esto del festival de Eurovisión ha cambiado mucho desde los primeros que yo recuerdo hasta ahora, y he de reconocer que somos unos grandes especialistas en hacer el euro-ridículo con algunas de nuestras propuestas. Pero no somos los únicos. Debo admitir que antes me gustaba bastante más. Ahora importa casi todo menos la calidad de las canciones que se cantan.


            Antes, la manera de calificar era distinta, obedecía a cuestiones tirando a políticas, se suponía que el jurado más o menos entendía de música y canción y calificaba mejor a los amigos, máxime si estos cantaban bien. Ahora es “popular” y responde a cuestiones migratorias y “politiculturales”, es decir, gana el más friki, la que más pata enseña y mejores tetas tiene, el que más se parece a los ídolos del Disney Channel, y, a veces, alguna canción bonita. Antes, España apoyaba a Francia. Ahora, los doce puntos se los da a Rumanía ( y porque Ecuador no participa, que si no…) porque los que se mojan en votar son los inmigrantes, que ven en la pantalla a los de su país y se les revuelve la patria por los adentros. Así, por ese criterio, en los últimos años han ganado uno que se parecía a Zack Efron, un transexual vestido de odalisca, un grupo de monstruos del averno y algún esperpento más. Bueno, y el año pasado quedaron en lo alto de la tabla un par de gemelos vestidos de Locomía con cresta, que bailaban como si les hubiese dado algo (y hoy repiten, por Tutatis). Claro, que nosotros nos lo tomamos tan en serio como para mandar ahí al Chikilicuatre, que vamos, no sentía tanta vergüenza delante de la tele desde aquel lejano festival en que Remedios Amaya manejó descalza su barca y naufragó en el fondo de la clasificación. Las Ketchup, para un rato de bailecito pachanguero, pues bien, pero para esto… va a ser que no. Eso sí, ha habido participaciones memorables.


            Tengo el vicio de relacionar acontecimientos de mi vida con las canciones que hemos mandado a Eurovisión. Me acuerdo de lo que hice el año de Patricia Kraus, también de cuando Azúcar Moreno buscaba a su Bandido, el de Sergio Dalma con “Bailar pegados”, el de Serafín Zubiri, cuya canción he cantado hasta la saciedad dándolo todo ( todo esto es la múuuuuusicaaaa que rodea tu cuerpoooo, solo este momentooooo me llena de felicidaaaaad, huy, que me emociono enterita). Me acuerdo de cuando “Son de sol”, que me iba yo a hacer un bolo musical y hasta que no cantó España no salí al escenario por no perdérmelo (fue tirando a penosillo, la verdad), me acuerdo del euroletargo de los noventa y de la gran ilusión que pusimos en Rosa de España, que nos llevó a todos de “celebration” para acabar en “great deception”, pero bueno. Esa noche perdí mi mejor y más caro pintalabios, espachurrado contra el suelo por la simpática hija de los amigos que vinieron a cenar y a compartir europasión conmigo. Soraya lo intentó enseñando jamón, pero no coló. La chica de la edición pasada desapareció sin dejar rastro, y yo me quedé añorando los años dorados en que nos representaba la gran Paloma San Basilio, la fantástica voz de José Vélez y hasta a la mismísima Década Prodigiosa, Mocedades o Bravo, que quedaron segundos, si no recuerdo mal, con su “Lady, lady, lady”. Aún podría cantar todas esas canciones de cabo a rabo y sin equivocarme.


            Hoy me he sentado a verlo con mis hijas, por aquello de continuar las tradiciones familiares. Esta vez nos representa una grande, pero grande, grande. Ha cantado como la reina que es, me ha levantado los pelillos, me ha sacado un par de lágrimas y he terminado en pie, aplaudiendo como una loca en un concierto de Chayanne, gritándole “¡bravo, bravo!” a la pantalla de la tele. Mis niñas y el perro me miraban raro, pero me ha dado igual. Ha sido de las de no olvidar.


            Pronto empezarán las votaciones, y pasará lo de siempre. O tal vez no. Supongo que nos llevaremos los doce de Portugal, los de Andorra y quizá los de Francia, y luego migajas de aquí y de allá. Y el festival lo ganará algún país que haya cantado en inglés y necesite promocionarse de cara al mundo. No es justo, pero es así. Si me preguntaran a mí, verían. En mi Eurovisión particular, el que no sea oriundo del país que representa, no canta. El que no entone en la lengua de la madre que lo parió y del país que lo vio nacer, tampoco canta. Y los puntos, para el que mejor, con más gracia y mejor voz lo haya hecho. Y punto pelota. Nada de “a este le voto porque me compra pepinos” o “al otro le doy los doce puntos porque sus turistas llenan mis playas cada verano”, porque eso solo nos hace más pringados de lo que ya somos, teniendo en cuenta que en cuanto alguien tenga una diarrea allí arruinarán a todos los plantadores de pepinos, y que solo vienen aquí a ponerse ciegos de cerveza barata, a mear en la calle y, a ser posible, a tener sexo gratis con la que se ofrezca.


            Este año aún no sé quién ganará, pero espero que no sea España. No es que no lo merezca, que sí lo merece (del todo), sino porque está el patio como para andar organizando festivales, con la pasta que tienen que valer. Digo yo que debería ganar Alemania, que para eso se está quedando con el dinero de todo el resto de europeos traficando con la deuda. Al menos que nos dé una fiesta el año que viene, ¿no? Eso sí, pase lo que pase, para mí Pastora Soler ya ha ganado. Del uno al diez, un veintiocho.

No hay comentarios:

Publicar un comentario