miércoles, 9 de mayo de 2012

LA FAJA


            A Lola le gustaba, cuando era pequeña, curiosear en el cajón de la ropa interior de su madre. Sentía fascinación por ver aquellos sujetadores, primorosamente limpios y doblados, que gritaban su femineidad por debajo de la ropa, y es que para Lola su madre era la mujer más mujer del mundo. La más guapa, la de figura más bonita, la que ella quería ser cuando creciese.

            Un día encontró en el cajón una faja. Era horrorosa, de color carne, sin encajes, lazos ni adornos. La miró por todo los lados y al fin decidió ir a preguntarle a su madre qué diantres era aquello. “Ay, mi niña, cuando nos hacemos mayores y la carne nos empieza a colgar, todas terminamos dependiendo de la faja. Ella disimula nuestros michelines, evita que tiemblen nuestros muslos cuando caminamos, camufla la tripita y hace que las faldas nos sienten como si siguiéramos teniéndolo todo bien colocado, firme y en su sitio”. Lola no acababa de entenderlo, su madre estaba estupenda, ¿para qué iba a necesitar esa cosa horrorosa? Para darle un ejemplo gráfico del efecto de la faja, la mujer sacó un vestido del armario, se metió en el baño y salió con él puesto. Su silueta de guitarra era la de siempre. Luego volvió al aseo, y al salir llevaba el mismo vestido, pero la faja iba en su mano. Arruguitas, bultos, imperfecciones. La guitarra se había esfumado para dejar en su sitio un acordeón. A Lola se le cayó un mito. Mentalmente se prometió a sí misma que se cuidaría, que cuando llegase a mayor no tendría que usar “eso”.

            La genética fue benévola con Lola. Al crecer se fue espigando, sus formas eran las de una mujer con todas las letras, no como las modelos escuálidas que se estilan ahora: donde debía haber pecho, lo había. Donde debía haber caderas, también. Y en medio, una cintura razonable para ser estrechada. Era un bombón, un reloj de arena, una guitarra, como lo había sido su madre. Si engordaba un poquito hacía dieta y ejercicio o se compraba una tallita más de falda, ni hablar de recurrir a una faja para caber en sus vestidos de siempre. Pero se casó, tuvo hijos, fue cumpliendo años y, por más dieta y ejercicio que hacía, las cosas ya no volvían al lugar original. Con los cuarenta llegó la crisis y se sorprendió a sí misma mirando de reojo los escaparates de las corseterías buscando ayuda.

            Una tarde de compras entró en una tienda. Necesitaba algo bonito, tenía una boda y quería estar guapa. La dependienta, jovencísima, monísima y con el pecho operadísimo a juzgar por la desproporción de tamaño con el resto de su anatomía, le fue dando vestidos y trajes, pero no se veía bien con ninguno. Y aquella chavala, tratando de ayudar, le dijo: “este le quedaría ideal con una buena faja, pero así…” Pero así. Dos palabras demoledoras. Le faltó el aire y, antes que echarse a llorar en el probador, se fue a casa a toda prisa sin comprar nada.

            ¿Nunca os ha pasado que cuando os rompéis un brazo no veis más que gente con brazos escayolados por la calle? O cuando una amiga se queda embarazada, que veis embarazadas por todos lados. Pues eso le estaba pasando a Lola: ponía la televisión y salían anuncios de fajas. Pasaba por la farmacia y había fajas en el escaparate. Se encontraba con una amiga y venía de comprarse una faja. El colofón lo puso una película que vio esa misma noche, en la que Dolly Parton miraba el trasero de una conocida y comentaba: “no sé cómo se atreve a salir de casa sin enfajarse esos muslos. Míralos cuando anda, parecen dos cerditos peleándose bajo una manta”. Trasladó aquel comentario a su propio trasero y se rindió.

            Al día siguiente buscó una buena corsetería y después se fue a por aquel vestido, se lo probó y se acordó de su madre. Guapísima y con todo en su sitio, Lola salió caminando de la tienda con paso firme mientras pensaba que a veces es necesario renunciar a algunos principios para salir adelante.


No hay comentarios:

Publicar un comentario