miércoles, 16 de mayo de 2012

LA MAMÁ QUE CORRE



            La llevo mirando largo rato, oculta en la cómplice penumbra que me brindan los cristales del coche. Siempre que tengo que venir aquí y esperar, una vez por semana, a que mi hija pequeña termine su clase de trompa, me quedo dentro de mi vehículo, observando el parque. En invierno suele estar casi vacío, pero ahora bulle de actividad.


            La mamá que corre es muy guapa. Tiene la melena larga y ondulada, unas gafas de sol sobre la cabeza, unos vaqueros ajustados que a mí no me entrarían ni haciéndome una liposucción… y dos niños pequeños recién salidos del colegio. En el tiempo que llevo aquí, que andará ya cerca de una hora, la pobre no ha hecho más que correr. Ha practicado los cien metros lisos cuando uno de sus enanos se escapaba con el triciclo (carrera desigual, tres ruedas son tres ruedas), y aún no había recuperado a ese cuando el otro comenzó a pelearse con dos elementos más, con lo cual ya eran tres mamás corriendo para separarlos. Ha vuelto a salir escopetada por otra esquina del parque cuando uno de sus hijos se marchaba de excursión detrás de un perro de origen desconocido, otra vez a coger del suelo al que se había caído del tobogán, una vez más a esconderse tras unos arbustos con el que se hacía pis. Después ha corrido alternativamente detrás de los dos con las meriendas en la mano, toma un bocadito más, ven aquí, no te dejaré ir a jugar hasta que no te lo acabes (ja, ja, como no lo esposes al banco…), espera, que aún te queda zumo.


            Me da un poco de pena la mamá que corre, quizá porque aún recuerdo cuando era yo la mamá que corría, la que no podía ir al parque con un libro en la mano porque no tenía un segundo de tregua para poner el trasero en el banco, la que en lugar del mp3 para escuchar música llevaba toallitas, tiritas, pomada para las picaduras, para los golpes, crema solar, gorras, botellines de agua y un bono extra de 12 raciones de paciencia que se agotaban en cuestión de minutos. Creo que soy la madre del mundo que menos tiempo estaba en el parque con sus hijas, porque me cansaba enseguida de correr tras ellas. Prefería estar en casa, donde todos los riesgos estaban más controlados y las distancias eran más cortas. Llamadme comodona si queréis, pero igual que elegí dar teta en lugar de biberón, elegí más juegos en casa y menos parque. Y no creo que mis niñas hayan sido menos felices por ello. Los parques son un arma de doble filo, atraen irremediablemente a los enanos, pero están llenos de riesgos: piedras, plantas, arena, bichos, juegos infernales de los que caerse, columpios con los que golpearse, cáscaras de pipas de múltiples procedencias, moñigos de perros con dueños sinvergüenzas, o de gatos callejeros, fuentes que tiran el chorro directo a donde no deben, barro… qué queréis que os diga, soy una mujer de ciudad. A mí esas cosas, como que no.


            Detrás de un niño entre dos y ocho años siempre hay una mamá que corre, en mayor o menor medida. La de hoy, con su melena castaña y sus vaqueros prietos, ya hace un rato que no sonríe. Está entrando en la fase “a punto de explotar”. Me dan ganas de salir del coche y recomendarle que se vaya a casa, los duche (Dios, cómo va el pequeño de arena del parque, dan ganas de meter en la lavadora la ropa con niño y todo), les ponga un poco de música y les lea un cuento. Sin otros niños alrededor, sin carreras, sin caídas, sin mil ojos para controlarlo todo.


            Ser mamá es un trabajo agotador, todos lo sabemos. Por eso estoy cada vez más convencida de que los parques los inventó alguien que no tenía chiquillos. Y aún se debe estar riendo.

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