jueves, 10 de mayo de 2012

LA PLAYA DE MI VIDA



            La playa es un lugar que levanta pasiones. No entiendo muy bien por qué, pero hay quien la adora y quien la aborrece. Los adoradores playeros no conciben otro lugar para ir de vacaciones, otro destino turístico que uno en el que la estrella sea ella, otro sitio mejor para pasar el domingo durante el buen tiempo. En sus armarios hay un arsenal auténtico de artículos playeros: sombrillas, balsitas hinchables, paravientos, esteras, toallas, picos, palas, cubos, moldes para hacer figuras y castillos con los niños… Esas personas, algunas veces, parece que en lugar de a la playa van de mudanza. No los critico, para gustos se hicieron colores, pero me hace gracia.


            No niego que he ido a la playa. De niña lo hacía con asiduidad, cosas de no poder decidir. Realmente lo pasábamos bien, cargábamos el organismo de sol y yodo para afrontar el invierno, jugábamos y nos bañábamos a destajo. En esa época, primero fue Calpe, en Alicante, y después Es Trenc, en Mallorca. Vi otras, estuve en otras, pero ninguna como esas dos. Mis más gratos recuerdos playeros de niñez se enmarcan ahí. De los once años en adelante puedo decir que, pese a vivir en puerto de mar, las veces que he ido a la playa se pueden contar con los dedos de una mano. Tampoco soy una loca de la montaña, simplemente es que la playa, en verano, no me gusta. Me incomoda la sal, me molesta la señora que sacude la toalla cerca de mí y me llena de arena. Me fastidia frotarme la crema solar y que al primer golpe de viento los granitos dorados se me peguen y acabe pareciendo una croqueta, me pica todo, me quemo con el sol, en el agua hay algas y bichos y llegar a ella es, en ocasiones, una verdadera carrera de obstáculos en la que tratas de no pisar a nadie mientras te quemas los pies. Siempre hay cerca un enano latoso con la palita que no mira hacia dónde desplaza la arena, las medusas pican y te joroban el día, y no se puede comer nada allí sin acabar masticando la maldita arena. Cuando perdí la mirada infantil, la playa perdió también su encanto. Y no me gusta. Por lo menos en verano.


            La playa de mi vida, en términos generales, siempre estaba vacía. Era un inmenso arenal de color blanco y tostado, tan largo que en una ocasión allí hizo aterrizaje de emergencia una aeronave en apuros, e incluso se le erigió un monumento que aún debe seguir allí. Es uno de los últimos sitios a los que fuimos a pasar los domingos en familia: mis padres y los tres hermanos, antes de que las adolescencias, discotecas, amigos, novios y estudios desmembraran irremediablemente nuestros fines de semana. Allí, en invierno, no iba nadie, o casi nadie. Cuando la marea estaba baja, la extensión de arena dura y húmeda para jugar era tan grande que no había nada que no cupiera en ella. Podíamos dibujar campos de fútbol haciendo rayas con un palo y echar horas dándole a la pelota sobre él. Hicimos efímeras canchas para canicas y carreras de obstáculos al estilo mini-golf, se podía jugar a la goma, hacer puntería con la navaja suiza clavándola en el suelo después de dibujar una gran diana, hacer esculturas de arena… Bien abrigados, con la comida en una cesta y botas de agua, aquellos domingos invernales en los que caminábamos kilómetros sin darnos cuenta por aquel paraíso solitario de arena, agua y viento me han dejado una huella que, a diferencia de las mías, que desaparecían en cuanto subía la marea, no se borrará nunca.


            Recuerdo que al final de aquella playa estaba “el fabuloso tramo de los micro-mundos”, como lo llamábamos nosotros. Grandes rocas desprendidas del acantilado vecino, medio enterradas en la arena, formaban pequeñas balsas de agua cuando el mar se retiraba. Allí siempre había vida: pequeños peces, quisquillas transparentes que nos desafiábamos a encontrar porque apenas se veían, anémonas, erizos, cangrejos, lapas, caracolillos de mar, algas y algún otro bicho que no lográbamos identificar se quedaban atrapados hasta la siguiente marea, obligados a coexistir durante doce horas, con resultados imprevisibles. Nunca quisimos pescar nada, nos limitábamos a observar sin agredir. Y siempre, siempre, procuramos que la playa fuera la misma cuando nos íbamos que cuando habíamos llegado: ni un papel, ni una lata, ni una botella. A veces, incluso, si el mar había traído alguna garrafa flotando, la retirábamos para llevarla al contenedor. Era nuestro modo de agradecerle a aquel lugar fabuloso el domingo tan increíble de juegos y risas que nos había proporcionado. Luego volvíamos a casa en nuestro simca 1200 gris, dormidos como troncos en el asiento de atrás, derrengados y felices.


            He vuelto a ir, ya de mayor, a aquel lugar. En verano, imposible. Imposible aparcar, imposible estar, imposible todo. En invierno, el mismo lugar mágico, aunque ya con más visitantes. El tiempo de disfrutar de la soledad, el silencio y el Cantábrico en Oyambre se ha ido para siempre. Así es la vida.

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