lunes, 21 de mayo de 2012

LA ÚLTIMA CANCIÓN DE ROBER



            Los antiguos indios americanos, culturas fascinantes que en una época nos empeñamos en exterminar, eran seres conectados con su entorno, y tenían además una intensa vida espiritual. Habían elaborado rituales, danzas y cánticos para cada una de las situaciones que se les podían presentar a lo largo de su existencia, vivían respetando el hábitat y cazaban para comer, no por diversión. Para ellos, también los animales tenían alma, y había que honrarla convenientemente. Luego llegamos los europeos, con todas nuestras corrupciones y malos hábitos, y como casi todo lo que tocamos, echamos a perder a los indios, les quitamos sus tierras, los introdujimos en el alcohol, la guerra fácil, la rapiña y la falta de valores. Menos mal que ellos han luchado por conservar algo de lo que sus ancestros les enseñaron.


            Una vieja costumbre india dice que, cuando a uno le llega la hora de partir al encuentro con los espíritus, debe entonar su “canción de muerte” y dejarse llevar, porque el miedo a morir no es sino la desesperación que sentimos tratando de arañar unos minutos más de vida para hacer las cosas de otra manera, decir lo que no dijimos, hacer lo que no hicimos. Por eso, para no sentir ese miedo e ir en paz hacia el fin natural del ser humano, lo mejor es vivir sabiendo que hoy puede ser el día, pedir perdón en el momento, besar en el momento, saludar en el momento, ayudar en el momento. La ofensa, el abuso, el engaño hacia el otro hará que en ese instante sientas que no puedes irte dejando esas cuentas pendientes, partirás atormentado y sufriendo en lugar de entonar tranquilo esa última canción y ceder tu carne a la tierra.


            Rober conocía, es decir, conoce, esa creencia de los antiguos indios americanos. Por eso, cuando ayer creyó que había llegado su momento, en esa fracción de segundo que te otorga la vida mientras el accidente de tráfico se está produciendo, acudió a su mente la voz del chamán, y decidió cuál iba a ser su última canción, su “canto de muerte”.


            Hay personas que eligen su epitafio, lo que ha de figurar en su tumba para que las generaciones venideras lo recuerden. Rober lo que eligió fue esa canción, y cuando todo paró de dar vueltas, mientras los demás gritaban y corrían, él, atado a su asiento, rodeado de cristales rotos, cantaba bajito. Sangraba, pero no lloraba. Su voz apenas se escuchaba entre los hierros, no clamaba, no rogaba. Solamente cantaba.


            Sintió dolor. Eso quería decir que estaba vivo. La cantó otra vez, por si acaso, mientras llegaba la ambulancia; sus heridas no eran de gravedad, los espíritus estaban con él en ese momento. Un segundo más, un metro más, y el resultado habría sido distinto. Agradeció seguir vivo porque así podría seguir amando, seguir respetando, saludando, besando, ayudando, riendo, trabajando. Y agradeció saber que, cuando la ocasión vuelva a presentarse, sea cuando sea, ya se llame accidente, enfermedad o vejez, esa canción, esa en concreto, fluirá desde sus labios sin miedo y sin angustia, porque cada día seguirá haciendo lo posible para que así sea.

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