sábado, 5 de mayo de 2012

MARIFLOR



            Todo iba muy bien. Hacía una buena noche, la dolçaina y el tabal, instrumentos tradicionales del folklore valenciano, tocaban con gracia rompiendo el silencio. Los cantadores, afinados, y el versador, ocurrente, hacían su trabajo como los profesionales que son. Los organizadores de la fiesta estaban contentos, en aquella localidad castellonera no había costumbre de hacer rondas de “albaes”, y a juzgar por la cantidad de gente que seguía  al grupo, la iniciativa estaba teniendo éxito. Las homenajeadas, con sus bandas acreditativas, esperaban, nerviosas, a la puerta de sus casas.


            Ya no recuerdo si era la tercera o la cuarta parada que se hacía. Fueron cinco o seis minutos. Solo recuerdo la cara emocionada de la chica a la que le estaba cantando, su sonrisa y la chispa de sus ojos. Oí el primer golpe, pero estaba concentrada en mi trabajo. Oí el segundo. Terminé mi canción y me relevó un compañero. Entonces pude mirar qué estaba ocurriendo.


            Pocos metros por detrás de nosotros, un todo-terreno oscuro, potente e imponente, era dirigido con auténtica torpeza por MariFlor. Estaba aparcando de oído. El grupo de la fiesta tenía (teníamos) la calle cortada, y ella, prepotente a bordo de su carro de combate, maniobraba sin éxito. Se cansó de golpear antes de darse cuenta de que no cabía, así que salió del hueco e intentó pasar. Pitó. Estábamos terminando.


            Era morena, pintada como una puerta y con una flor roja de tela adornándole el recogido. En otras circunstancias, habría pasado por una chica resultona, pero su cara de chulería y desprecio la afeaba considerablemente. La gente no se apartó. Comenzó a empujar con el parachoques en las piernas a los que estaban más cerca para obligarlos a apartarse. Ella quería pasar y lo quería ya. Como todo en su vida, supongo. Algunos le pusieron las manos sobre el capó. Nos quedaban 30 segundos de canción. No paró.


            Cuando terminó de pasar, prepotente, con su todo-terreno potente, nosotros, impotentes, anotamos la matrícula. Mientras, una de las organizadoras de la fiesta se levantaba del suelo, por suerte sin ninguna fractura, aunque supongo que hoy se tocará cada moratón y se acordará de MariFlor y de todos sus muertos. Nos dirigíamos hacia la esquina de la calle, en la que la Guardia Civil, que controlaba que el acto se desarrollase normalmente, estaba ya tratando de averiguar lo que había ocurrido. En ese momento, MariFlor volvió a pasar, estaba dando vueltas para aparcar… ¡en la misma manzana en la que acababa de liarla! Mientras la policía local tomaba nota de la matrícula que yo misma les facilité (qué útiles son mis trastos de escritora, mi libreta y mi boli, que llevo siempre en el bolso) y les explicábamos con pelos y señales lo ocurrido, apareció MariFlor, camino de su casa, andando. Ya debía haber aparcado. Y como si el tema no fuera con ella, pasó de largo. Quizá pensó que no nos habíamos fijado en su cara, en su flor y en su chulería. Evidentemente, se equivocó.


            Todos la señalamos con el dedo, y ella, subida en sus caros tacones, con su floripondio en el pelo y su tremenda estupidez por bandera, fue abordada por los dos Guardias Civiles. Se quedaron hablando los tres. Los demás seguimos con nuestro trabajo unos, con su fiesta los otros, pero la magia, el buen rollo, la alegría sana y sincera que habíamos tenido, ya no se llegó a recuperar del todo. El susto, el miedo y la mala leche son difíciles de borrar de un plumazo.


            Cuando acabamos, mientras nos tomábamos un café y unos deliciosos pastelillos que habían preparado para nosotros, supimos el desenlace de aquello. 0’75 de alcohol en sangre. Yo ya lo sospechaba: nadie que haya conseguido sacar el carnet de conducir es tan torpe aparcando a no ser que vaya medio ciego, como iba MariFlor.


            Hay gente que piensa que el mundo es suyo. Sobre todo aquellos que no han tenido que hacer nada para ganarse lo que tienen. Mi querida MariFlor, puede que tu papá pague la multa, seguramente te quitarán el carnet por una buena temporada y así tu pueblo se librará durante un año de la amenaza de tu todo-terreno potente, tu actitud prepotente y ese aire de apisonadora déspota con el que circulas por la vida, y puede que, además, esto te sirva de algo. O puede que no, aunque yo espero que no hayas sido tan estúpida como para no aprender lo que la noche de anoche te quiso enseñar: que cuando uno bebe o se coloca no puede conducir, que la voluntad de uno no puede aplastar la de los demás a cualquier precio, y que hay que afrontar las consecuencias de lo que uno hace.


            No sé cómo acabará este asunto. Lo que sí sé es que MariFlor va a tener alergia a las albaes, al tabal, a la dolçaina y al folklore durante mucho tiempo.

2 comentarios:

  1. El cuento de hoy va con dedicatoria: a una preciosa y simpatiquísima Paloma que conocí anoche, a una encantadora Trini que casi se nos descalabra, a un grupo fantástico y a dos abuelitos que vinieron a saludarme porque me habían visto en la tele. Volveré, estad seguros. A pesar de MariFlor, todos vosotros me encantásteis.

    ResponderEliminar
  2. Increíble, pero cierto. Por desgracia, hay mucho prepotente estúpido por ahí, que piensa que el mundo es suyo. En fin...Me alegro que la pillaran, por lo menos, porque hay a muchos, que, encima, no los pillan. Y por supuesto me alegro que no haya herido a nadie, porque su chulería, podia haber salido muy cara.

    ResponderEliminar