sábado, 12 de mayo de 2012

ME ALEGRO DE VERTE



            “Me alegro de verte”. Solo son cuatro palabras. Nada más, pero hay que ver el juego que dan cuando no se sienten y lo que verdaderamente significan cuando salen de dentro con la sinceridad debida. “Me alegro de verte” lo puedes decir de muchas maneras, acompañarlo con muchos gestos, pero siempre estarás mintiendo cuando no pasan directamente del corazón a la boca.


            Si voy por la calle y me encuentro con mi ex – jefe, sonreiré, le daré dos besos y pronunciaré la frase, pero estará vacía, y él lo sabrá, porque su “me alegro de verte” también sonará hueco, a compromiso. Los dos sonreiremos con la boca, pero no con los ojos, y seguiremos nuestro camino deseando, a ser posible, no tener que volver a cruzarnos para no vernos obligados a guardar una cortesía falsa e inútil. Ni él se alegra de verme ni yo tampoco. Y, a pesar de pronunciar la misma frase, se nota.


            El día en que, por narices, en alguna celebración familiar, sé que voy a tener que saludar a algunos elementos cuya única finalidad en este mundo parece ser la de crear problemas, hablar mal y encizañar en algo tan sagrado como es la familia, el tono irónico del “me alegro de verte” brilla tanto como las luces giratorias de la guardia civil de tráfico, justo en el momento en que te mandan parar para hacerte soplar o extenderte una recetilla. Y en el otro tienen un efecto parecido. Después del saludo obligatorio, agradeces en el alma no tener que sentarte con ellos, y hale, hasta la próxima ocasión. Y no se te ocurra acercarte durante el baile porque ni muerta bailo contigo, por muchas clases de salón que hayas tomado.


            Una de las ocasiones en que esta frase tiene tanto sentido como contrasentido es en los entierros, cuando estás despidiendo a alguien querido. Los allegados vienen a saludarte, a algunos hace años que no les ves y realmente los aprecias, y dices “me alegro de verte” maldiciendo el hecho de tener que hacerlo en esas circunstancias. Desgraciadamente, hay personas a las que solo vemos de entierro en entierro, y eso me da mucho coraje, porque lo que a mí me gusta es reír y celebrar. Cuando lloro no quiero ni que me miren. Me pongo hecha unos zorros.


            Hoy he pronunciado de nuevo esa frase, “me alegro de verte”, y lo he hecho de corazón, con la sonrisa en los ojos, en la boca y en el alma. Recuerdo que, cuando éramos falleros, había un grupito de personas con las que siempre nos juntábamos. Gente a la que apreciamos de verdad, y que sabemos que nos aprecia. Pero como todo en esta vida, cuando nos mudamos al pueblo dejamos la falla, y en ella a toda aquella gente. No se puede estar en misa y repicando, como se suele decir. Perdimos el contacto. Siempre que me acuerdo de Javi le veo sobre un escenario, con el grupo de teatro, representando “besos”. Cuánto nos reímos aquella noche mi costillo y yo; no puedo evitar que su imagen esté siempre asociada a una gran sonrisa, y por extensión María Dolores, su otra mitad, con ese remango que la caracterizaba, me produce el mismo efecto. Personas sinceras, cariñosas, de las que te gusta tener cerca.


            Hoy, como ya habréis supuesto, me he encontrado a Javi mientras comprábamos en el híper. Y sí, me he alegrado, y mucho, de verle, aunque sea para oírle contar que sigue en paro, como yo, haciendo cursos, como yo, y sin verle el final a esto. Pero lo hace sin perder el humor y el ánimo, y eso para mí vale muchísimo.


Quisiera que, cuando nos encontremos la próxima vez, después de tu “me alegro de verte” me cuentes lo bien que te va, lo contento que estás en el trabajo que habrás encontrado, y ese día yo te aseguro que compraré una botella de cava para brindar por ti, porque las personas como vosotros no merecen que la vida les ponga las cosas cuesta arriba.


Me alegro de verte. Cuatro palabras, nada más. Y nada menos.

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