martes, 22 de mayo de 2012

METAMORFOSIS



            Todo empezó hace un año, más o menos cuando murió su abuelo. Yo me fui pitando y la dejé sola. La noticia se la dio su padre, porque cuando salí a toda prisa de casa aún no estaba confirmado. Su mundo se puso, de pronto, al revés. Quisimos que lo viera, no iba a tener otra oportunidad. Sabíamos, porque su cabeza está bien amueblada, que eso no iba a traumatizarla, sino a acercarla un poco más a las realidades inevitables. Lloró tanto que se vació toda, pero al menos después se quedó tranquila. Hubo quien nos criticó, quien nos censuró, e incluso nos abroncó por llevarla al entierro. Me supo mal, pero si fuera ahora no obraría de otra manera distinta.


            Algo cambió en ella. Comenzó a sacar algunos peluches de su cuarto para dárselos a su hermana. Al mes siguiente me dio un montón de camisetas. “Mamá, me valen, pero ya no me veo con ellas”. Le compré algunas con motivos juveniles, sin ositos, ni ratones, ni muñecos. Unas semanas después me di cuenta de que era incómodo verla caminar. “Cielo, va a haber que comprar un par de sujetadores de entrenamiento. Ya no salgas de casa sin ponerte algo bajo la camiseta, ¿de acuerdo?” Lo siguiente fueron los libros.


            Vació su estantería. Los cuentos Disney, Teo y Gerónimo Stilton cedieron su lugar a Harry Potter y Camila Lackberg. La sorprendí curioseando en mi cajón de la ropa interior. “Mamá, ¿esto es un tanga? ¿Son cómodos?” (Glups) “Sí a lo primero, no a lo segundo. Lo compré por equivocación”. “¿Puedo cambiar el medidor de patitos que hay en mi habitación por un póster de Justin Biever?” Agradecí el giro de la conversación, pero antes de quitar el adorno de madera con las marcas de sus aumentos de estatura, quise medirla por última vez. Ya no había rayas para ella. Casi era tan alta como yo. El mozalbete cantante ese me mira desde la pared cuando entro a dejar la ropa planchada y limpia sobre su cama.


            Lo siguiente fueron las gafas. Temíamos la llegada de la miopía, ya se sabe, de padres gatos, hijos mininos. “No veo bien la pizarra en el colegio, mamá”. Su cara dejó de ser el rostro regordete de la niña que yo crié para convertirse en el semblante gafosillo de una estudiante de secundaria. Los granos vinieron a aderezar el conjunto. Lo que faltaba.


            La primera contestación torcida me cayó como una bofetada. Le costó un castigo, me miró desafiante. Jamás lo había hecho. A los diez minutos me pidió perdón, pero yo ya tenía la certeza de que mi niña, mi dulce pequeña, la de la risa contagiosa, la que se cantaba en la cuna cuando estaba sola, la obediente y preciosa criatura que yo tenía se había ido para siempre.


            Un año. En cuatro días hará un año que murió su abuelo. Hoy ha encendido el equipo de música, ha elegido uno de mis discos de Bustamante y le ha dado a su hermana pequeña el de los Pitufos, el de los Lunnis, Eurojunior y algunos más. En un año ha experimentado la mayor metamorfosis imaginable. Ya tengo una adolescente en casa. Que Dios me ayude.

2 comentarios:

  1. No hay que asustarse: todo se resuelve con paciencia y buen juicio.

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  2. las metamorfosis son un tanto dolorosas a veces pero hacen de nosotros, lo que algún día seremos... hermosa entrada

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