jueves, 17 de mayo de 2012

PENSAMIENTOS DE NIÑO



            El niño azul pensó, y creyó, que en su armario vivía un monstruo nocturno, y la novia de éste habitaba bajo su cama. Por eso jamás se acostaba sin comprobar que su guardarropa estaba cerrado con llave, y dormía sin sacar un pie, ni un brazo, fuera de los límites del colchón: así evitaría que la monstrua, harta de esperar a que su amor fuera liberado de su encierro ropero, le mordiera y le arrancase algún trozo.


            Con ocho años uno aún no sabe distinguir claramente la ficción de la realidad, y los pensamientos del niño azul, lo que nacía de su mente, se convertía en una verdad para él, palpable y absoluta. Si cogía moras, pensaba que podía hacer helado; las ponía en un vaso, añadía agua y lo colocaba en el congelador. Y al día siguiente se merendaba el bloque de hielo insípido con los frutos prisioneros, pensando que quizá había equivocado las proporciones de moras y agua, y que quizá le faltó una pizca de azúcar, pero era helado. ¿O no lo era?


            Sus padres pudieron hacer con él lo que hacían sus vecinos, los padres del niño verde, con su hijo: si tenía miedo del monstruo del armario, le ponían una lamparilla para que no afrontase a la oscuridad. Si metía moras con agua en el congelador, compraban helado de frutos del bosque y le daban el cambiazo. Mantenían su ilusión de niño, olvidando que los Reyes Magos no vienen todos los días, sino solamente una vez al año. Por eso el niño verde siempre sonreía: no tenía preocupaciones, nada le salía mal.


            El niño azul pensaba que solamente leyendo se podían aprender las cosas. Con el primer suspenso perdió privilegios, y se vio solo y frustrado, sin televisión, ante su libro. Leyó, y volvió a leer. Memorizó, razonó. Entendió. El niño verde, cuando vio su primer suspenso en la cartilla, se hundió en el desánimo. A él no podían salirle las cosas mal. Sus padres le pusieron un tutor particular que cogía el pez espinoso de sus matemáticas, lo hervía, le quitaba las escamas, las espinas y todo lo que molestaba, y le daba los trocitos de carne prácticamente masticados para que a él le quedase tiempo de jugar a los marcianitos su hora y media indispensable diaria.


            Crecer fue un proceso lúdico y festivo para el niño verde; tenía una paga semanal, podía comprar chucherías con que estropearse los dientes, cromos, psicodélicas peonzas. El niño azul apenas se compraba caramelos porque para recibir su paga debía hacer su cama, mantener su cuarto en orden, poner la mesa a diario, ayudar en la limpieza semanal, acompañar a su madre a la compra para colaborar trayendo bolsas y guardando las provisiones. Le costaba esfuerzo cada euro que le daban, y prefería atesorarlo casi todo. Seguramente encontraría una buena manera de gastarlo a su debido tiempo.


            Al llegar a la mayoría de edad legal, el niño verde no tenía más objetivo que el de seguir siendo el niño verde. El muchacho azul, sin embargo, pensó en lo que podía hacer con su vida. Quizá pudiese cambiar el mundo, hacerlo más sano, más habitable, más humano. Quizá pudiese dedicarse a defender las verdades, apoyar a los que no mentían, señalar con el dedo a los que sí lo hacían. Quizá llegase a poder aliviar a los que sufrían. Jugó sus cartas y eligió su camino.


            El niño verde de veinte años se miró a sí mismo y pensó que, si caminaba hacia atrás en lugar de hacia delante, y si convencía a mucha gente de que hiciese lo mismo que él, conseguirían entre todos parar el mundo y hacer que el globo terráqueo rodase hacia atrás, en lugar de hacia delante. Así podría volver al tiempo en que vivir era un juego cómodo y placentero, y todos los problemas se acabarían.


            El hombre azul construye el futuro todos los días. El niño verde continúa caminando, desesperado, hacia atrás.

1 comentario:

  1. El hombre azul construye el futuro todos los días. El niño verde continúa caminando, desesperado, hacia atrás... hermosa entrada

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