viernes, 4 de mayo de 2012

REPRESENTANTES SINDICALES



            Ayer le hice a mi gordita rellena pequeña su reportaje vestida de Primera Comunión. El fotógrafo propuso hacerlo en la calle, en lugar de recurrir a los archi-artificiales decorados de los estudios, que es lo que hace todo el mundo. De hecho, el de mi hija mayor es de esos, y es muy bonito, pero por aquello de cambiar, dijimos que sí, que a la calle.


            Aprovecho para decir que Valencia es una ciudad con un magnífico centro histórico, digno de ver, fotografiar y patear. Y a ello nos pusimos. Fueron tres horas largas de poses, flashes, sonrisas, coloca pelo, coloca lazo, quita guantes, pon flor, quita flor… Pero bueno, confío plenamente en el trabajo de mis fotógrafos, que son estupendos. Todo se desarrolló más o menos según lo previsto, hubo espontáneos, gente que se metía en la foto, otros que esperaban con paciencia a que termináramos el plano para cruzar la calle, muchas personas  que le dijeron “guapa” cuando la vieron pasar (mi hija mayor llevaba la cuenta, cosas de niños), y al final, viento, frío y cansancio. Y algo más.


            La plaza de la Virgen es uno de los lugares con más carisma de la ciudad. Allí elegimos terminar el reportaje. Un lugar muy hermoso, con la basílica de la patrona de Valencia, la Catedral, la fuente dedicada al padre Turia con todas las acequias que alimentan la huerta valenciana, sus palomas revoloteando… ideal para las últimas fotos. Quisimos hacer algunas con la niña corriendo y levantando en vuelo a las palomas, muy típico, pero simpático, simbólico y alegórico. Y esdrújulo.


            Al terminar, mientras los fotógrafos recogían su equipo, oí una vocecilla que me llamaba desde el suelo. Era una paloma de las que habían participado en las fotos. “Buenas tardes, señora. Gracias por contar con nosotras, las palomas figurantes de la Plaza de la Virgen, para su reportaje fotográfico. Según lo acordado por el Sindicato, habida cuenta de que ha tenido catorce ejemplares participando en sus fotos durante diez minutos más o menos, nuestros honorarios ascienden a un cuarto de kilo de alimento, que se hará efectivo en el momento de la actuación. O sea, ahora mismo”. Me dejó de piedra. De pasta de boniato.


            Una vez repuesta del susto, me agaché para conversar con la representante sindical de las palomas. “Disculpe, pero no sabía que había que pagar por sus servicios”. Se echó a reír con un cloqueo raro y burlón. “¿Será posible? Pagan al fotógrafo, pagan el traje, lo pagan todo, y a quienes trabajan para hacer sus fotos más bonitas no quieren pagarle. ¿Usted trabajaría gratis? A que no, ¿verdad? Pues nosotras tampoco. Vaya aflojando la mosca, señorita”. Rebusqué en mi bolso tratando de localizar el monedero, resignada a no quedar como una tacaña con aquel pájaro. “¿Qué coméis?” le pregunté, irónica. “¿Palomitas?” La muy pelleja me dio un picotazo en el pie. “¿Come usted humanitos? Pues comemos mijo, alpiste o maíz seco. Y ahórrese las coñas, que no estoy de humor, y aún me quedan dos bolos hoy: viene una boda que se está celebrando ahora mismo en la basílica, y otra de la catedral. Así que pague y despeje, que no tengo todo el día”. Resignada, me acerqué a una abuelilla que vendía paquetes de alpiste, avispada ella. Seguramente trabajaba a comisión con las palomas, pero tampoco se le puede reprochar con lo que cobran de pensión las mujeres de su edad. Le tendí la bolsa a la representante sindical, que, molesta, me preguntó: “¿Tengo manos? No. ¿Queda elegante que me líe a picotazos para romper la bolsa y extraer su contenido? Tampoco. ¿Sería usted tan amable de hacerlo por mí? Graciaaaaaaaaas”. Habitualmente no soporto tanto recochineo junto, pero tenía ganas de acabar con aquello, rompí el plástico y desparramé su contenido por el suelo. Y me largué con viento fresco.


            Los tiempos avanzan, y lo que hace años era impensable, ahora ocurre. Las palomas de la plaza cobran una tarifa por salir en las fotos, así que, si vais por allí, estad prevenidos. Mejor si lleváis alpiste de casa, evitaréis problemas. El pájaro de la paz cobra por sus servicios. A partir de aquí, cualquier cosa ya me parece posible.

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