lunes, 4 de junio de 2012

A CARA DESCUBIERTA



            El aire olía a verano cuando todo comenzó. La resina de los pinos centenarios goteaba hacia el suelo, transparente, fragante y pegajosa. La tierra, alfombrada de pinocha seca, evaporaba la poca humedad que le quedaba de las últimas lluvias al sol del mediodía. Las chicharras amodorraban con su canto a las nubes que, perezosas y avarientas, se quedaban a dormir sobre el bosque sin soltar ni una gota de su pesada carga para refrescar los árboles. Algún coche despistado levantaba, de tanto en tanto, una escandalosa polvareda transitando la pista forestal. Los pájaros se refugiaban del calor en las ramas de las verdes coníferas, y si algún insecto aventurero les podía servir de almuerzo, no dudaban en echárselo al pico.


            Todos se dieron cuenta de que alguien llegaba: el ruido de los neumáticos sobre la tierra del camino, la nube de polvo, el olor del combustible y el ruido del motor alteraron por un momento la calma del bosque. Las aguas del vecino pantano cabrilleaban por el ligero viento de poniente que acariciaba su superficie. Nadie les avisó de lo que iba a ocurrir. A nadie se le ocurrió imaginar semejante maldad.


            El hombre, con la cara descubierta, miró a su alrededor. Se creía solo, y sonrió satisfecho. Aspiró profundamente la fragancia de los pinos, recogió un puñado de pinocha marrón del suelo y la arrojó al aire para verificar la dirección del viento. Después, con total tranquilidad, orinó contra el tronco de uno de los árboles y se encendió un cigarrillo. Todos los ojos invisibles que le habían visto llegar adquirieron un brillo inquieto.


            Admiró el paisaje una vez más: el bosque de pinos, el embalse al fondo, el monte al otro lado. Una riqueza de incalculable valor para todos. Después, sin alterarse lo más mínimo, sacó un bidón de gasolina que había traído en el maletero de su coche. Una vez hubo esparcido convenientemente el veneno que contenía la garrafa, se alejó unos pasos, sonrió y arrojó la colilla de su cigarro. Y empezó el infierno para todos mientras él experimentaba una violenta erección, la primera en muchos meses. Se montó en el coche y, dando un fuerte acelerón, se alejó del lugar de su crimen.


            Algunos pudieron huir, pero no todos. Por aire, por tierra o de árbol en árbol, cuantos estaban allí trataron de escapar con desigual suerte. Las ardillas, ligeras y pequeñas, salieron como flechas en dirección contraria al viento. Su instinto les gritaba hacia dónde tenían que ir. Unos cuantos jabalíes consiguieron zafarse. Los erizos, más lentos, vieron cómo algunos de los suyos eran alcanzados por el fuego. Zorros y ginetas corrían y ayudaban a los conejos a escapar; no era momento de pensar en cazar, no había depredadores ni caza, no había herbívoros ni carnívoros, sino solamente víctimas tratando de huir del fuego verdugo que devoraba los árboles. Muchos pájaros vieron, desde el aire, arder sus nidos con todos los pollos dentro. La Naturaleza entera gritaba de dolor.


            El asesino detuvo su coche en el monte de enfrente, al otro lado del pantano, para contemplar su obra. Aún no habían comenzado a llegar los efectivos anti-incendios y ya las llamas galopaban por una enorme extensión de pinar. Él no oía los gritos de las vidas que se apagaban, ni el pánico, ni la angustia de los pinos. Estaba muy ocupado amándose a sí mismo aprovechando la oleada de adrenalina que le provocaba ver su hazaña.


            Setecientas hectáreas. Hará falta medio siglo, quizá más, para que se recupere todo lo que una de esas alimañas humanas ha quemado estos días entre Tuéjar, Chelva y Benagéber. No hay cárcel suficientemente dura para castigar a los asesinos. Lugares como este, en el que yo vivo a ratos, o maravillas como las Fragas de Eume, claman para que se haga justicia. Si yo fuera juez, esos sujetos dejarían el resto de sus miserables existencias reforestando montes de lunes a domingo, con pico y pala, verano e invierno, hasta que cayeran reventados sobre la tierra que pide su cabeza. Malditos, una y mil veces. Malditos.

2 comentarios:

  1. Sin comentarios. Que los encierren de por vida, no merecen si quiera volver a disfrutar bajo la luz del sol, oliendo a naturaleza. A un agujero con ellos, en el que no puedan quemar nada, salvo el resto de su triste existencia.

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