martes, 26 de junio de 2012

DISCOS



            El otro día fui testigo de una pequeña diferencia de opiniones entre dos amigos. Lo llamo así porque donde consta que hay cariño no caben discusiones, sino simplemente expresión de disparidad de criterios. El tema iba sobre discos. Ya sabéis, discos, esos objetos redondos, planos y brillantes que vienen en caja de plástico, que antaño fueron grandes, negros y de vinilo, y que contienen el trabajo de los músicos y cantantes de todas las épocas.


            Os pongo en situación: el ponente A, escritor, erudito de la musicología popular y folklórica, compositor e intérprete, defendía que las descargas de internet suponen la muerte de la industria musical. Que comprar un disco no es solo comprar música, sino adquirir una historia, un proceso de creación ilustrado en el librillo que viene dentro de la caja del CD o en la contraportada del vinilo. Que para escuchar como se debe un trabajo musical es necesario poder desplegar la información adjunta para que la música nos entre por los ojos a la par que por los oídos, y que la libertad de poder descargar contenidos musicales de forma gratuita o pirata con facilidad hará que los que se dejan la sangre para que su trabajo salga a la venta abandonen su actividad. El ponente B, también músico e intérprete, pero además científico e investigador, se oponía a ese razonamiento, y decía que la música que no pulule por la red a la velocidad del rayo no tendrá ya cabida en el mundo. Que las tiendas de discos deben desaparecer por obsoletas, que lo que no esté al alcance de un “click” será como si no existiera. Que el formato “disco” está muerto, cosa que el ponente A se negaba a admitir de ninguna de las maneras.


            Muchas veces, estas diferencias de opinión entre amigos son como un círculo vicioso: ninguno da su brazo a torcer, pero tampoco quiere herir al otro con afirmaciones categóricas ni tajantes, y el tema se alarga innecesariamente sin alcanzar ninguna conclusión. Yo, como testigo mudo del intercambio de puntos de vista, y siendo poco dada a intervenir en conversaciones ajenas, no quise interrumpir, pero sí hice lo posible por distraer la atención hacia otros caminos (en eso soy una maestra, básicamente porque prefiero las convergencias a las divergencias, sobre todo si estoy de fiesta). Y ahí quedó todo. Pero después, durante la noche, me quedé pensando en aquello, y me di cuenta de que ambos tenían razón, y que los dos estaban equivocados. Sus puntos de vista no son excluyentes, sino absolutamente complementarios.


            Hace unos años, cuando la red de redes era algo perteneciente a la ciencia-ficción, no era sencillo encontrar según qué discos. Había intérpretes de los que localizar un LP o un CD era casi como llegar a la luna haciendo auto-stop: imposible. Sobre todo si eran grupos o cantantes minoritarios. Yo tengo ejemplares de mis músicos favoritos que tardé meses en poder comprar, que me enviaron de ultramar, o incluso tuve que viajar para poder adquirirlos. He recorrido tienducas, puestitos, tenderetes, grandes almacenes, rastrillos y todo tipo de locales buscando algunas joyas que anhelaba tener y no lograba, y tengo que decir que, cuando llega el momento en que lo consigues, en que abres la bolsita en la soledad de tu casa, desprecintas el disco, lo metes en el reproductor y comienza a sonar mientras tú hojeas el librillo, ves las fotos, saboreas la información y te empapas de ese trabajo, se siente algo muy especial. Internet me evita la búsqueda, me da inmediatez. Quiero un tema, lo tecleo en el buscador, y de inmediato lo puedo escuchar, y hasta ver el vídeo. Pero precisamente esa facilidad, y ese “estar ahí” de la música, en ninguna parte, suspendida en el ciberespacio, es lo que me roba “ese” momento.


            A veces me gusta sentarme a mirar la estantería donde guardo mis discos. Los tengo de todos los estilos y épocas, en castellano, en inglés, en latín, en francés, en italiano. Mis favoritos andan siempre todos juntos, en la parte más accesible. Mis grandes tesoros, los firmados, están bajo llave. Jamás dejaría que nadie me los arrebatase. Los miro, y veo en ellos mi vida: el que me regaló mi novio en el primer aniversario, el que contiene mi primer baile lento en la discoteca con quince años, el que alberga las canciones que coreábamos en la playa, guitarra en mano, con el sabor de la sal y la amistad en la boca. También está el de mi baile de bodas, el que me enseñó a cantar dulces arrorrós canarios a mis hijas, el que me habla de concierto y lágrimas de emoción, el que… Todas esas cosas jamás me las podría decir una lista de reproducción de internet. Todas esas cosas solo las puede contar un disco completo, con su olor a plástico, sus fotos, las letras, los detalles, las manos y el corazón de quienes lo hicieron posible.


La red juega con la ventaja de ser un pozo sin fondo en el que cabe todo. Me ayuda a encontrar, a conocer, a descubrir, a decidir si quiero o no quiero, pero si me gusta, y realmente quiero TENERLO y DISFRUTARLO, y no convertirlo en artículo de usar y tirar, paso de “Aitunes” y de “Espotifais”, y voy a buscarlo enterito, nuevecito, aunque se esconda en el último rincón del mundo. Internet, sí. Discos también. Por favor.

1 comentario:

  1. Pues eso, lo has dicho todo. Internet of course. DISCOS SIEMPRE Y LIBROS TAMBIÉN. Eso de los Ebooks, será un adelanto, pero que quieres que te diga, el olor de un libro...eso no se compara a nada, no???

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